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La felicidad de no tener

La felicidad de no tener
1 Marzo, 2017 3:02 am por Eduardo Martínez Rodríguez

El Cerro, La Habana, Emaro (PD) Otro aspecto característico de la
idiosincrasia del cubano es precisamente la tranquilidad de no poseer
nada, una felicidad para algunos.

Esta característica de la existencia, si no se ha experimentado, como el
amor, entonces es muy difícil de atrapar su esencia, pues tienen que
existir condiciones objetivas necesarias. La subjetividad influye, pero
no es importante.

En parte del planeta, tal vez en un tercio de éste, se han desarrollado
desde los albores de la humanidad y a lo largo de más de 7 000 años,
corrientes filosóficas que han tratado de entender la psiquis humana y
explicar con lo que tenían a mano, todos los procesos del comportamiento
de las personas, y por supuesto, también todo lo que les rodeaba.

En Asia surgieron doctrinas como el Budismo, desprendimiento del
Hinduismo, el Taoísmo, Confucianismo, etc. Inicialmente estas no tenían
nada que ver con dioses únicos y todopoderosos, sino con simples
mortales, quienes se fueron mitificando, como Gautama Siddhartha, Buda
(el Iluminado), nacido en Lumbiní, Kapilavasta, en el actual Nepal.

Estas iniciales doctrinas filosóficas fueron derivando hacia religiones
multiteístas para beneficio de las clases que las manipulaban. No hay en
ellas un ente omnisciente que todo lo sabe y casi nada resuelve, se
acercan más a personas quienes demostraron en algún momento, o durante
todas sus vidas, una inteligencia extraordinaria y un actuar
consecuente. Después, con el paso de las generaciones, se fueron
mitificando, como sucede comúnmente durante el traspaso de conocimientos
por tradición oral.

Llega el momento cuando estos ahora muy remotos individuos, despojados
ya de sus miserias cotidianas y convertidos en almas casi perfectas, son
adorados por sus seguidores a quienes solo han llegado las buenas
historias, y quienes han sido cautivados por uno u otro sistema de ideas
y conceptos que necesitamos para estructurar nuestras existencias,
organizarlas para poder llegar hasta donde lo hemos hecho en la
actualidad. De lo contrario seguiríamos tan felices como los hombres de
las cavernas, quien realmente tenían muy poco de qué preocuparse.

Los millonarios más encumbrados laboran dieciséis horas al día siete
días a la semana. Se tornan ermitaños y antisociales mientras se aíslan
en sus cómodas conchas. Al final, viven aterrorizados de perder sus
fortunas. No obstante, todos queremos llegar allí, a ese demandante
infierno de los muy ricos.

Los religiosos llevan más de 2 000 años enfatizando que el Cielo es
perfecto, pero casi nadie quiere morirse. Incomprensible ser humano.

En nuestro país hemos llegado al ascetismo hindú. Somos budistas,
confucianistas y taoístas, sin percatarnos de que esto es religión para
más de un tercio de la población del planeta. Sin siquiera saber que lo
somos…
Vivimos muy austeramente y en paz con nosotros mismos, aunque no sepamos
quienes fueron esos muchachos, cuyos descendientes han llegado hasta los
actuales monjes tibetanos, quienes solo visten una sencilla túnica color
naranja sin costuras, se rapan la cabeza como los Skinheads, y predican
la no violencia, aunque la policía china la aplica sobre ellos cuando
reclaman una autonomía que habían conservado por más de quinientos años.
Su estilo teocrático medieval les parece bien, así como poseer la menor
cantidad de bienes terrenales posibles. Su Dalai Lama, o jefe máximo,
viste igual que todos ellos y vive en las mismas condiciones, más o menos.

Ya vemos como estas personas especiales no poseen objetos de alto valor
monetario, no portan dinero. Algunos grupos no trabajan, viven de
limosnas o de lo que se puede rapiñar, pero se dedican a tiempo completo
a la meditación y al cultivo del espíritu. Estas son algunas de las
normas fundamentales de vida para estas creencias filosóficas asiáticas.

En Cuba no tenemos que ver con ellas, sin embargo vivimos como sus
mejores seguidores. Un ejemplo clarísimo de taoísta era Fidel Castro,
quien aunque tenía aspecto de talibán debido a su eterna barba y la ropa
holgada que vestía durante su vida privada, siempre alegaba que no
ostentaba posesiones terrenales, y que sus necesidades eran muy pocas.
Asimismo rechazaba o regalaba más adelante los objetos de gran valor que
de una forma u otra le llegaban. No necesitaba dinero, vivía de limosnas
internacionales, aunque sí trabajaba endemoniadamente por preservar su
sistema ya moribundo.

La mayoría de los cubanos de a pie bien conocemos lo que es una comida
frugal al día, vivir casi sin dinero y sin posesiones terrenales de
valor alguno, muchas veces sin ni siquiera una casa donde vivir. Muchos
tampoco trabajamos.

Somos budistas, taoístas o confucianistas aunque nunca hayamos puesto un
pie en un templo asiático y solo conozcamos de los chinos los ómnibus
Yutong y que tienen los ojos rasgados.

A este estado de cosas actuales nos ha llevado el Confucionismo (lea
bien esta palabra) de los últimos casi sesenta años cuando Confucio,
perdón, Fidel Castro, y luego su hermano, nos llevaron forzosamente por
senderos de teorías foráneas mal aplicadas para nuestro entorno, las
cuales han conducido a este rebaño de conejillos de Indias de fracaso en
fracaso, hasta el desastre total donde nos encontramos. Avanzamos a toda
velocidad hacia el abismo, aun cuando ya vemos el borde y comprobamos
que no tenemos frenos. No conocemos la altura o qué hay debajo.

Los cubanos vivimos así, como una vez lo hizo el Confucio de verdad,
tratando de perfeccionar nuestro Karma; sacrificándonos para que cuando
llegue nuestra próxima encarnación, vengamos como seres superiores
“iluminados.” Así tal vez nos toque un puesto en el gobierno donde no
pasemos hambre y las dádivas sean verdaderamente grandes.

Por eso no tenemos dinero, ni posesiones de valor, aunque algunos
laboramos como burros todas nuestras vidas, en tanto otra gran parte de
la población se ha afiliado fanáticamente al Quietismo Asiático y no
hacen absolutamente nada… para poder dedicarse a los placeres
espirituales de la vida.

A pesar de todo, deseamos ser buenos, nos sacrificamos hasta el
fanatismo por nuestras ideas, e increíblemente muchos aún sienten amor
por nuestro Dalai Lama tropical caribeño, mientras no conocemos que
podríamos raparnos la cabeza al cero, vestirnos la túnica naranja sin
costuras, para predicar en los templos cederistas nuestra buena
voluntad, mientras luchamos denodadamente por el perfeccionamiento de
nuestro karma comunista, predicamos la no violencia y organizamos
enormes conciertos por la paz e intentamos redimir nuestro accionar
guerrero en medio planeta durante tres décadas del siglo XX.

Los cubanos hemos hecho un gran aporte a la filosofía universal creando
el Confucionismo al mejor estilo asiático, sin saber exactamente a dónde
vamos, o cómo llegar al huidizo hombre nuevo con karma revolucionario
perfecto y los atributos necesarios.

El cambio de la “a” por la “o” no es accidental, pues confusión y no
Confucio es lo que ha sobrado enormemente en los últimos casi sesenta
años con nuestros Dalai Lamas talibanes al frente de las tropas.

Entendemos entonces por qué terminamos felices aquí, sin poseer nada,
sin responsabilidades, sin trabajo, sin apenas comida, sin zapatos o
ropa adecuada, sin transporte, sin dinero, sin servicios y hasta sin
vergüenza.

Llegamos entonces a la comprensión de un estado de quietud espiritual
donde no poseemos nada, pero tampoco nos preocupamos por nada.
Aprendimos que el trance permanente de la no responsabilidad es a fin de
cuentas agradable, y así llegamos al estatus supremo donde no nos
importa nada, o “iluminados”, como le llaman los hindúes.

La juventud y los viejos se sientan en sus respectivas esquinas templos,
nunca mezclados, para meditar en contra del gobierno, o para hablar
sobre sus pequeñas miserias personales, como si estuvieran en una
reunión de Alcohólicos Anónimos, donde todos escuchan benévolos.

El problema de esta tranquilidad de no tener nada hasta donde hemos
progresado los cubanos, este supremo desarrollo espiritual que nos
acerca a la realización perfecta, nos ha llevado hasta el ritmo de
natalidad más bajo del planeta y a una velocidad de envejecimiento
apabullante.

A este ritmo y con una emigración permanente de unos 100 000 cubanos al
año, no quedará a quien visitar dentro de poco.

Vamos pasando todos a un más allá donde nos quedamos y no atinamos a
regresar. Cualquier más allá, da igual. Espiritualidad, Cielo, o Paraíso
Terrenal, que parece estar tan bueno que nadie retorna para contarlo. O
retornan, pero cargados de trivialidades materiales que oficialmente no
nos interesan.

Consumistas aquellos quienes no conocen la felicidad de no tener nada.
eduardom57@nauta.cu; Eduardo Maro

Source: La felicidad de no tener | Primavera Digital –
primaveradigital.org/cubaprimaveradigital/la-felicidad-de-no-tener/

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