Transport in Cuba
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El almendrón amarillo

El almendrón amarillo
29 Marzo, 2017 3:53 am por Jorge Prieto Varona

El Cerro, La Habana, Jorge Prieto, (PD) Tengo un almendrón. No es un
automóvil, es un engendro. Un Chevrolet pisicorre amarillo de la década
del 50, que lo mismo carburaba petróleo que luz brillante a proporción.
Para nada justificaba el precio que pedía el dueño.

Si pasara como auto clásico, quizá se pagaría por sí mismo, con los
“Yumas”, que siguen arribando a raudales.

Con las reformas que el gobierno estaba implementando había escasas
alternativas de inversión para los cubanos. El régimen se había limitado
a autorizar oficios que furtivamente se venían desempeñando de siempre.

¡Dinero! ¡Dinero! No había sitio seguro donde colocarlo para ganar
dinero. Los enormes nichos terciarios de la rentabilidad que dejaba el
turismo (alojamiento, transportación, ron, tabaco y placeres mundanos),
los seguía controlando el Estado socialista con mano férrea, que ahora
compartiría, aún más, con los foráneos, mediante la nueva ley de la
inversión extranjera, que excluía, ¡ni mencionaba siquiera!, a los
cubanos del patio, por lo que no había muchas alternativas de bisnes.

El dinero para el automóvil que pensábamos comprar había sido de una
sola tajada. Uno de mis tíos, que había enviudado, y que se había mudado
conmigo, y que no sabía de sus hijos desde la crisis inmobiliaria
estadounidense de 2008, decidió con la nueva liberación inmobiliaria
nacional, vender su casa para lanzarnos de free lance. Pero cuando
salimos a proponer el apartamento, ante la sospecha de revocación de la
política de “pies secos, pies mojados”, media Cuba estaba vendiendo el suyo.

Nos fuimos a aconsejar con un primo versado en asuntos de
transportación. Le apodaban “rápido y furioso”. Después de escucharnos
atentamente en su oficina, con una frase definió la transacción: “Parece
un negocio ideado por unos desequilibrados en un salón de un manicomio.
¿20 000 dólares por una chatarra?”

Y parecía realmente un asunto de chiflados. Del modelo original quedaba
muy poco, solo los parabrisas, la carrocería y los relojes biselados de
la pizarra. Lo demás, ni hablar. Vibraba como reactor por el motor
diesel montado sobre chasis y rodamientos de transporte terrestre
soviético de cuando la Guerra Fría, y butacas dinámicas de guaguas
interprovinciales (Colmillo Blanco).

Eso sí: dirección asistida de Mustang, suspensión trasmisión y llantas
de procedencia indeterminada, pero a prueba de dienteperro, como cada
día exigen las desvencijadas calles de La Habana.

Terminamos cambiando el apartamento de lujo pelo a pelo por el submarino
amarillo.

Mi tío le echó la última mirada a lo que fuera su nido de amor, cerró la
puerta tras de sí, y quedaron dentro todos los recuerdos afectivos.

El automóvil y el apartamento habían sido casualmente construidos el
mismo año, 1952. Aún, solo en Cuba, sacuden las fibras donde moran
recónditas emociones.

Mi primo “rápido y furioso”, devoto al cálculo automotor, nos había
realizado un balance anual hipotético: “Si comienzas a explotar el carro
como taxi rutero y el azar te fuera en contra, el costo variable te
pondría las cuentas en números rojos. Como por ejemplo, con una subida
de precio del combustible, o si simplemente cayeras en un gran bache en
la vía”.

Terminó el primo alertando: “¡Y tienes grandes probabilidades! Yo, en
ocasiones, transitando en algunas barriadas de La Habana me asalta la
sensación de que me han transbordado con carro y todo a una calle de
Damasco después de un estallido islamista”.

Desde luego, sus cuentas se basaban en el combustible al precio que el
monopolio estatal Cupet le vende a los privados, probablemente el
combustible más caro del mundo (a un cuc el litro de diesel).

El socialismo se dice que es poco viable, pero privado y público
coexistiendo a la vez, otro gallo cantaría.

Somos una familia numerosa e integrada (muy comunistas), muchos son
empleados del Estado. Mi tío y yo movimos las conexiones. Teníamos un
primo pistero estatal que garantizaría el combustible; las partes y
piezas correrían por mi otro primo, “Roscaizquierda”, el mecánico
estatal, y para concluir el paquete de los precios preferenciales, mi
padrino Vladimir el director, tendría el antídoto para los baches en la
vía, su empresa estatal Neumáticos Habana, que complementaría su hermana
Valentina, jefa de inspectores, que correría con las evasiones fiscales,
digo, con los impuestos.

Por la ley de los vasos comunicantes, este socialismo cubano, denso y
castizo, fluiría a su nueva versión criolla, el neoliberalismo tropical.

Finalmente, mi familia y yo estamos happy, no pasamos necesidad…Mis
ingresos netos están súper balanceados. El Estado y yo coexistimos en
relativa armonía, al punto, que en ocasiones pienso nos imbricamos para
echar a andar cada mañana a las casi dos millones de personas, que en
esta ciudad salen en busca de un destino, lo que sin nuestros
almendrones y nuestra complicidad, resultaría un anhelo casi inalcanzable.
jorgeprieto19@yahoo.es; Jorge Prieto

Source: El almendrón amarillo | Primavera Digital –
primaveradigital.org/cubaprimaveradigital/el-almendron-amarillo/

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