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Conflictos de una comunidad rural ‘trasplantada’ a la fuerza

Conflictos de una comunidad rural ‘trasplantada’ a la fuerza
OSMEL RAMÍREZ ÁLVAREZ | Holguín | 30 de Marzo de 2017 – 10:57 CEST.

La presa Mayarí ha sido descrita como la segunda obra en importancia
estratégica y costo — después del megapuerto de Mariel— emprendida por
el Gobierno de Raúl Castro en su plan para alcanzar lo que llama un
“socialismo próspero y sostenible”.

Las aguas del río homónimo han colmado el embalse, pero miles de
campesinos que estaban asentados en el ahora el sumergido margen han
visto cambiar sus vidas drásticamente.

En terreno que hoy ocupa el agua, tenían sus sembrados, sus animales,
sus relaciones interpersonales. No hubo nada que negociar, solo acatar
el traslado.

Es el caso del pueblito rural Arroyo Seco, que quedó casi en su
totalidad bajo el agua y se reconstruyó en un sitio cercano. Otros dos
asentamientos se levantaron para reubicar a campesinos afectados. Uno de
ellos en el barrio de Seboruco, a siete kilómetros de la ciudad de
Mayarí y a solo tres kilómetros del dique que soporta toda la masa
acuífera que desplazó a los pobladores de sus terruños.

Sin que los afectados pudiesen influir en nada, las autoridades
embargaron sus tierras. A los que tenían edad de retiro les asignaron
una pensión equivalente a unos 10 dólares al mes. Los más jóvenes solo
tuvieron derecho a optar, con preferencias, por tierras del Estado en el
valle de Mayarí, pero en calidad de usufructo.

Con las viviendas sucedió algo similar: las que abandonaban los
habitantes de la zona, aunque humildes, no fueron tasadas ni pagadas;
sin embargo las nuevas que les asignaron tienen su precio, que están
abonando a plazos.

Los desplazados no tuvieron derecho a reclamación. La inconformidad
generó quejas, pero solo recibieron “oídos sordos”.

Como la obra fue muy promocionada por la televisión nacional, una
afectada, Ester Pupo Estupiñán, aprovechó la presencia de las cámaras
para hacer denuncias; luego la vimos en el noticiero pero su voz no se
escuchaba, solo la del periodista alabando la atención “excelente”
brindada por el Estado a los pobladores. Finalmente, nadie logró nada.

En comunidad de Seboruco, con más de 200 viviendas, son visibles las
consecuencias de la mudanza brusca. Por ejemplo, los campesinos
acostumbran a tener muchos perros, que en las fincas alimentaban con
viandas. El apego no les permitió dejarlos, pero con los alimentos tan
caros en los mercados se volvió muy difícil mantenerlos. Al poco tiempo,
algunos animales estaban famélicos y enfermos. Muchos terminaron en las
calles, sarnosos y peligrosos.

Los criadores de chivos de la localidad tuvieron muchas pérdidas pues
las jaurías de perros degollaban crías de vez en vez. Ante las quejas,
las autoridades regaron trozos de carne con estricnina y liquidaron a
los perros.

A los asentamientos los campesinos trasladaron otras costumbres: los
gallos de pelea son amarrados en las aceras, para que tomen el sol por
las mañanas, y luego son guardarlos en jaulas que cuelgan en los
balcones. No pocos conservan cerdos y caballos y, para evitar el robo,
construyeron jaulas de metal detrás de los edificios.

En los montes, la moral y las conductas sexuales estaban condicionadas
por el aislamiento. Al cambiar el escenario surgieron graves problemas
de convivencia. En menos de dos años se disolvieron muchos matrimonios y
los índices de alcoholismo e indisciplinas sociales subieron.

Cada cual pone música alta como si todavía estuvieran en sus fincas. Los
campesinos ahora también son asiduos a las fiestas populares que se
celebran los fines de semana. Conservan de los montes la peligrosa
costumbre de andar con armas blancas que antes eran sus instrumentos de
trabajo. Con ellas y el alcohol a veces se ven envueltos en pleitos que
terminan con heridos graves.

Los campesinos de la zona también se quejan porque el robo se ha
incrementado desde que llegaron los nuevos moradores. Los desplazados
estaban acostumbrados a tener a su alcance los frutos de la tierra y
animales comestibles; ahora deben comprarlos en los lejanos mercados de
Mayarí, a precios exorbitantes. El cambio ha quebrado valores.

En su nueva realidad, quienes tuvieron que dejar sus tierras han
enfrentado otros problemas como el transporte insuficiente, la
inestabilidad del abasto de agua y las casas mal construidas debido al
robo de materiales por parte de los propios constructores para compensar
el salario insuficiente.

Un ómnibus fue asignado al poblado, pero no cubre las necesidades y en
horarios pico abordarlo es un calvario. Para más desgracia, trabaja muy
poco desde que el año pasado el Gobierno redujo a la mitad el suministro
de combustible debido a la crisis venezolana.

El sector privado ha tratado de llenar ese vacío con lo que tiene: los
coches. Como el tramo es largo, el precio es alto. El gobierno
municipal, ante las quejas, impuso una rebaja del 40%, pero solo ha
conseguido diezmar el servicio al convertirlo en una actividad no rentable.

Aún están por resolverse la mayoría de las vicisitudes de esta
comunidad, implantada en un entorno ajeno a sus costumbres, a su
identidad. Fue una migración forzosa, brusca. Más allá de la necesaria
adaptación, todos estos elementos, sumados a los avatares comunes del
cubano, hacen que el proceso sea traumático.

Source: Conflictos de una comunidad rural ‘trasplantada’ a la fuerza |
Diario de Cuba – www.diariodecuba.com/cuba/1490713184_29976.html

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