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La crisis interminable

La crisis interminable
JORGE OLIVERA CASTILLO | La Habana | 14 de Febrero de 2017 – 06:56 CET.

Es muy probable que las actuales tensiones sociales a causa del tope de
precios a los transportistas no estatales, termine con un final más o
menos feliz, obviamente para la burocracia que conoce al dedillo las
señas del poder central.

Al final se impondrán las reglas de convivencia entre los mandamases y
sus vasallos, en este caso, la mayoría del pueblo que se ha acostumbrado
a sobrevivir en los nichos de la ilegalidad, creados y reproducidos por
las atrabiliarias circunstancias, y dándole rienda suelta a las
reverencias, discretas o aparatosas a los performances que el Partido
Comunista organiza para reafirmar su ortodoxia, cada vez que se le ocurre.

Frente a este nuevo capítulo de irracionalidad, el difícil que el asunto
desemboque en una protesta masiva de los choferes ni de los eventuales
pasajeros ante la imposibilidad de desplazarse de un lugar a otro un
tanto más cómodos que en los destartalados ómnibus estatales, con sus
habituales retrasos y abarrotamientos.

Es lícito pensar así, porque la voluntad represiva del Gobierno continúa
siendo de cinco estrellas, y por otro lado, la miseria se ha llegado a
asumir como algo natural y hasta folclórico y por tanto soportable. Como
bien alegan cretinos y cínicos, en la Isla nadie se muere de hambre,
como en el África subsahariana.

Ciertamente, las bajas de este orden impuesto se cuentan en las legiones
de alcohólicos, suicidas, desquiciados mentales y también en las peleas
a muerte entre vecinos por cualquier controversia, a menudo
intrascendente, pero que actúan como medio para canalizar las
frustraciones y las carencias existenciales.

Para ilustrarlo mejor, el cubano promedio prefiere liarse a trompadas
con el que intenta usurparle el puesto en una cola que denunciar a viva
voz a los causantes del desastre nacional. Y ni hablar de integrarse a
la lucha pacífica por una transición a la democracia.

La máxima en los casi seis decenios de totalitarismo ha sido callar,
ahogar las penas en alcohol, e ingeniárselas para sacarle mayor provecho
al mercado negro sin abandonar la idea de la fugarse del país sin
detenerse en las recientes talanqueras migratorias. Nunca ha importado
el destino. El propósito es salirse del círculo vicioso de los
fingimientos y las resignaciones.

Por todos esos detalles que reflejan la magnitud del daño antropológico
es que dudo en la articulación de un movimiento que exija la existencia
de un mercado mayorista donde adquirir las piezas de repuesto a precios
módicos y otros productos que permitan el cobro de menores tarifas.

Nadie establece un negocio para perder dinero. Los llamados “boteros”
tiene sobradas razones para airarse y cesar sus labores.

Vamos a ver cómo reaccionan el ministro de Transporte, sus secuaces y
quienes desde arriba firman los decretos.

A pesar de la determinación de una parte de los afectados de enarbolar
en público su rechazo, me temo que no pasará nada, más allá de alborotos
aislados, que suelen acompañarse con la afirmación de que el disgusto
nada tiene que ver con actividades “contrarrevolucionarias”.

Es de esperar que el arreglo sobrevenga, a golpe de sutiles
aleccionamientos o simplemente con el ejercicio de la fuerza bruta.

En el hipotético caso de que los choferes ganen el pulso y la medida sea
eliminada, los más apasionados en denunciar la injusticia corren el
riesgo de recibir algún castigo, bien directa o indirectamente.

Lo peor de todo es que cualquier hecho de tal naturaleza terminará
difuminándose en los impenitentes muros de la impunidad y el silencio
del mundo.

Source: La crisis interminable | Diario de Cuba –
www.diariodecuba.com/cuba/1487050553_28930.html

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