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Miami, poesía y frijoles negros

Miami, poesía y frijoles negros
FRANCISCO ALMAGRO DOMÍNGUEZ | Miami | 2 de Julio de 2016 – 06:09 CEST.

Un colega y amigo al que mucho respeto me acaba de contar una historia
que, a quien no conozca Miami, le puede resultar, en el mejor de los
casos, delirante. Recibe el encargo de buscar unos frijoles negros para
completar la cena de casa. Su oficina queda muy cerca un restaurante de
comida cubana llamado “El Pinero”, donde cocinan para llevar. Una chica
le indica: “Comida para llevar es al fondo… Siga por ese pasillo, abra
una puerta de cristal y allí diga que quiere frijoles negros para llevar”.

Mi amigo atraviesa un pasillo largo, lleno de estantes, neveras, sacos,
y baños. Al final está la puerta de vidrio que se abre con un
empujoncito y, en vez dar con una cocina abierta, con sus olores y
vapores, lo que vio fue un grupo de personas bien vestidas, la mayoría
entrada en años, sentados frente a una mesa donde una mujer leía poemas.
Dice que creyó identificar a la poetisa como Lina de Feria. Y a otro
como el poeta, ex preso político, Manuel Vázquez Portal, y más allá, el
polifacético escritor José Lorenzo Fuentes. Mi amigo supo que se reúnen
los jueves de cada mes en ese sitio bajo el nombre de Tertulia Literaria
de Escritores Cubanos. Y como hombre culto y lector voraz, cayó en una
especie de trance, y olvidó los frijoles negros por un buen rato.

La anécdota viene a colación porque una publicación norteamericana acaba
de anunciar que la ciudad de Miami es la peor de EEUU en una larga lista
de pueblos para vivir. Sin entrar en muchos detalles, el artículo
menciona que el tráfico es fastidioso; las rentas y las hipotecas son de
las más caras del país mientras los salarios son de los más bajos; que
el crimen de “cuello blanco”, o sea, el fraude, está a la orden del día
y también el de cuello “sucio”, que se ha incrementado en los últimos
años. Hay más lindezas de este tipo pero si alguien tiene interés en
irse de Miami o no vivir aquí, puede buscar el referido artículo.

Casi nada de lo reseñado es mentira. Pero no está toda la verdad. Miami
tuvo, tiene y es posible que tenga mala prensa. Se habla mal de Miami en
los periódicos, en la radio, en la televisión y hasta en el cine, donde
Caracortada de Al Pacino y Miami Vice sellaron su mala reputación para
siempre. Se habla muy mal de Miami por los propios norteamericanos —no
faltaba más, por ser del mismo palo—, y en el extranjero, sobre todo en
América Latina, y si es en países castrocéntricos se sabe lo malo de
Miami antes de que se entere la misma ciudad.

Todo ese odio-amor puede tener muchísimas explicaciones que no cabrían
en estas páginas. Es entendible que el régimen cubano y el llamado
bolivariano dediquen tiempo y neuronas a calumniar del lugar hacia donde
se ha fugado una buena cantidad de sus enemigos; la ciudad donde,
después de salir de las cárceles, escapar de la miseria y la
mediocridad, huir de las humillaciones y la proscripción, han rehecho
sus vidas cubanos y venezolanos. Pero ellos no lo son los únicos. Los
colombianos han encontrado aquí refugio a medio siglo de guerra. Los
centroamericanos también escaparon de las guerras y las pandillas. En
fin, Miami puede haber sido para América Latina lo que fue Nueva York
hace un siglo y tanto; el lugar donde además de salvar la vida y la
honra, se podía empezar de nuevo.

Como sucedió en la Gran Manzana, la ciudad tiene un diseño original. En
Manhattan se pudo crecer hacia arriba; en Miami, debido a los humedales,
puede desarrollarse mayormente hacia los lados —excepto junto al
litoral. Como toda ciudad que se expande rápido, las rentas y las
hipotecas van encareciéndose a medida que los urbanistas priorizan la
ganancia por encima de las necesidades sociales. Porque no estaba
concebida para casi tres millones de habitantes, el transporte público
casi no existe, los automóviles son casi la única opción, de los cuales
hay más de un millón rodando a diario.

Y cual Nueva York del XXI, siguen llegando a Miami latinos de todos los
rincones de las Américas pues hablar español y tener costumbres hispanas
es un incentivo adicional para cualquier emigrante. Miami se va llenando
de todo tipo de personas, buenas, regulares y malas. Cada una trae
consigo sus virtudes y también sus muchas cicatrices y torceduras.
Paradójicamente, fueron esos emigrantes primeros, sobre todo cubanos,
los que con sus capacidades y del mismo modo vicios, prepararon el
terreno para que hoy esta ciudad acoja a miles de nuevos miembros cada
semana.

Lo más curioso de todo es que Miami va creando una idiosincrasia propia
que puede o no gustarnos, como su excesivo calor, insufrible tráfico o
poca urbanidad, pero donde es posible, como en el realismo mágico,
encontrarse todo tipo de alucinantes y contradictorias experiencias,
como la sucedida a mi amigo. Se dice que Miami es una ciudad sin
cultura, pero el Festival de Cine tiene fama internacional; la Feria
del Libro es tal vez la mayor de los EEUU y de América; el Art Basel es
la mayor feria plástica del mundo. La gente, es verdad, lee poco, casi
no va al cine, no compran objetos de arte sino muñequitos de yeso y
reproducciones baratas en Walmart.

En este momento es probable que haya más artistas, poetas, plásticos,
músicos, ensayistas y científicos cubanos por kilómetro cuadrado que en
La Habana o en toda Cuba. Y muchos de ellos, conocidos, están fregando
platos o detrás del timón de un 18 ruedas. En Miami hay restaurantes de
excelencia mundial, y comida de todos los países del orbe. Pero el
cubano —y el latino— sigue prefiriendo El Palacio de los Jugos, La
Carreta, Islas Canarias o el Versalles.

La ópera, el ballet y la música sinfónica tienen sus espacios, y por
Miami ha desfilado todo lo que vale y brilla de esas exquisitas
manifestaciones musicales. Pero el ciudadano de Miami se gasta lo que
sea por ver de nuevo a Roberto Carlos, Julio Iglesias y Marc Anthony. Y
no hablamos de obreros o campesinos pues esos no tienen para eso, sino
de abogados, ingenieros, médicos y políticos que disfrutarían La
Traviata, y al mismo tiempo echarían un pie con un guaguancó de Los
Muñequitos de Matanzas.

Luego, comprender por qué Miami es difícil para vivir solo puede hacerse
viviendo por acá. Probablemente, el articulista de marras concibió su
trabajo sepultado por una bola de nieve en pleno verano, lo cual sería
una sentencia de muerte para un “miamero”. Del mismo modo, para el
periodista pudiera ser un ataque al corazón oír a una de las mejores
poetisas cubanas recitar su obra junto a un expendio de frijoles negros.
De frijoles negros… mágicos.

Source: Miami, poesía y frijoles negros | Diario de Cuba –
www.diariodecuba.com/cultura/1467378763_23528.html

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