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República liberal – Revolución socialista

República liberal/ Revolución socialista
MIGUEL SALES | Málaga | 31 Mayo 2016 – 9:11 am.

El 20 de mayo se cumplió el 114 aniversario de la fundación de la
República de Cuba. La fecha, que pasó inadvertida para casi todo el
mundo, tiene importancia por sí misma, porque marca el momento en que la
última provincia americana de España se separó de la Corona y se
constituyó en Estado soberano, y porque señala el punto del calendario
en el que la república liberal, nacida de las luchas independentistas
del siglo XIX, y la república socialista, resultado de las querellas
políticas del siglo XX, alcanzaron exactamente la misma edad: 57 años.

Conviene aclarar que se trata aquí de precisión histórica, es decir, de
equivalencia entre dos periodos y no de exactitud matemática. Es posible
deducir del cómputo los tres años de la segunda intervención
estadounidense (1906-1909) en los que la República estuvo en suspenso,
como también sería válido descontar los dos primeros años (1959-1960)
que constituyeron la transición o prólogo semiliberal a lo que luego
sería el régimen totalitario de los hermanos Castro. Pero esos ajustes
no alterarían lo esencial: ambas etapas son ahora perfectamente
homologables entre sí y, de hecho, comparables también con la fase
insurreccional que precedió a la República, que se prolongó de 1847 a 1898.

No obstante, para que una comparación entre la etapa liberal y la etapa
socialista de la República tenga algún sentido, es preciso situar ambos
periodos en sus contextos respectivos. Existe la tendencia a hablar de
“Cuba” o del “pueblo cubano” como entidades ahistóricas, como sujetos
que, una vez constituidos en el primer tercio del siglo XIX, hubieran
atravesado, invariables e idénticos a sí mismos, los casi 200 años que
separan al régimen de las facultades omnímodas del momento presente.
Pero esa ilusión de trascendencia soslaya el hecho obvio de que tanto la
población de la Isla como las ideas y creencias vigentes, la situación
política, las condiciones socioeconómicas y el contexto internacional,
fueron muy diferentes en cada una de esas etapas.

Es imposible llegar a entender lo que era Cuba en 1959 si no se tiene en
cuenta el punto de partida de 1899. Al concluir la segunda guerra de
independencia, la Isla se hallaba devastada por un conflicto que había
resultado particularmente mortífero para la población civil y había
quebrantado gravemente sus pilares económicos. La estrategia de
“reconcentración” del general español Valeriano Weyler y la estrategia
de la “tea incendiaria” del general cubano-dominicano Máximo Gómez
acabaron respectivamente con el 20% de la población y con la mitad de la
riqueza agroindustrial. La producción de azúcar, tabaco, ganado y otros
productos había mermado considerablemente en comparación con 1895. No
había comunicación terrestre directa entre La Habana y Santiago, las
epidemias de cólera y fiebre amarilla eran todavía frecuentes, y sin
duda más de la mitad de la población era analfabeta.

En el medio siglo siguiente, la producción de azúcar se multiplicó por
ocho enteros, la esperanza de vida se duplicó con creces, pasando de
menos de 30 a más de 65 años, el número de viviendas con agua corriente
se triplicó y el analfabetismo se redujo a menos de la mitad.

Pero las estadísticas solo reflejan parcialmente el grado de
modernización y desarrollo que la Isla conoció durante la república
liberal. En esos 57 años se introdujeron en la Isla el cine, la radio,
los automóviles, el ferrocarril central, la aviación y, a partir de
1949, la televisión. Se erradicaron las pandemias más dañinas, se
construyeron y dotaron decenas de escuelas y hospitales. Mientras se
lograba todo esto, Cuba acogió y dio trabajo a más de un millón y medio
de inmigrantes, muchos de los cuales enviaban remesas periódicas a sus
familias en España, Jamaica, México y otros países.

Esta transformación ocurrió en un contexto internacional no siempre
favorable, en el que acontecieron dos guerras mundiales, la gran
depresión de 1929, la fiebre nacionalista que tanto afectó al comercio
entre los países y la revolución de 1930 contra el general Machado,
cuyas consecuencias repercutirían en la Isla hasta mediados del decenio
siguiente. Era un mundo en el que prácticamente no había organismos de
cooperación internacional ni existía el concepto de ayuda al desarrollo.
Y todo eso en un país que, según la interpretación marxista de la
historia, era víctima de los monopolios yanquis, la codicia de los
empresarios capitalistas y el saqueo de sus gobernantes venales.

Cuando en 1959 la insurrección acaudillada por Fidel Castro derrocó al
Gobierno de Fulgencio Batista, Cuba era uno de los países más
desarrollados de América Latina y mostraba índices socioeconómicos
superiores a los de muchas regiones del centro de EEUU o del sur de
Europa. Pero los cubanos no solían compararse con los granjeros de
Oklahoma ni con los aparceros del Algarve, y mucho menos con sus
homólogos de Honduras o Colombia. La referencia obligada era
París-Londres-Nueva York y, cuando el orgullo aflojaba, Madrid.

Según las promesas de sus dirigentes, la Revolución venía a restaurar el
régimen democrático bajo los auspicios de la Constitución de 1940 y a
continuar, con algunas correcciones, el esfuerzo desarrollista del
periodo anterior. Pero en realidad los hermanos Castro y su círculo
íntimo traían un plan diferente y secreto, que empezaron a aplicar en
cuanto ocuparon los principales centros de mando.

Ese proyecto, que tan claramente han explicado escritores y testigos
como Rufo López Fresquet, Manuel Urrutia, Elena Mederos, Tad Szulc y
otros, estaba basado en la vulgata marxista-leninista: en un país del
Tercer Mundo la verdadera independencia nacional y el desarrollo
económico acelerado solo podían alcanzarse mediante la implantación de
una “dictadura del proletariado”, que estatizara la economía, aplastara
a la “burguesía cipaya” y quebrara la subordinación a las potencias
imperialistas.

En el caso de Cuba, la aplicación de esa fórmula entrañó la confiscación
del capital nacional y extranjero, la creación de un enorme aparato
represivo (paredones de fusilamiento, comités de delatores, cárceles y
campos de trabajo forzado) y la ruptura con EEUU, en el marco de una
estrategia que solo fue posible gracias a la protección militar,
diplomática y económica de la URSS. Tras un bienio de intensa
resistencia a la implantación del régimen comunista, el Gobierno de
partido único y comandante único se consolidó en 1962.

Durante los 54 años siguientes, el régimen castrista ha dispuesto de
todos los recursos del país y de un enorme volumen de subsidios —primero
de la URSS, luego de Venezuela— para potenciar el desarrollo de una
sociedad que ya en 1959 generaba una riqueza considerable. Además, ha
realizado su tarea en una era de relativa paz y grandes avances
tecnológicos, en un contexto internacional muy favorable al desarrollo
económico, con ayuda de organismos multilaterales, manteniendo
relaciones comerciales con el mundo entero —salvo con EEUU— y sin
tener que preocuparse de huelgas, manifestaciones estudiantiles,
reivindicaciones minoritarias, críticas de los medios de comunicación ni
otras presiones sociales. La prensa, las centrales sindicales, las
iglesias, las agrupaciones estudiantiles y todas las demás entidades de
la sociedad civil han cumplido siempre con las orientaciones del Partido
Comunista (PCC).

Lo que el castrismo ha logrado en condiciones tan ventajosas salta hoy a
la vista: una crisis demográfica de difícil solución, una economía
quebrada, un endeudamiento colosal (que ahora le van perdonando sus
acreedores, casi avergonzados de haber exigido alguna vez lo que les
debían), ciudades que se caen a pedazos y condiciones de vida miserables
para la mayoría de la población. Cuando se consideran las carencias de
agua corriente, electricidad, transporte, vivienda, ropa y alimentos que
los cubanos han padecido en el último medio siglo, resultan casi
irrisorios los logros que pregona la propaganda gubernamental, al
ensalzar a la santísima trinidad que forman la educación, la sanidad y
el deporte.

No es preciso evaluar los contenidos de la enseñanza, la calidad de la
atención médica y el costo de las medallas olímpicas para concluir que
el balance es desolador. Porque a esos flacos resultados, poco más se
puede añadir: el ballet, algunas películas costumbristas, un sector de
biotecnología no homologado internacionalmente y un negocio turístico
que apenas empieza a recuperar el pulso que tuvo en la década de 1950.
(El volumen del turismo mundial se ha multiplicado por 40 desde esa
época. En 1957, Cuba ya recibía más de 300.000 visitantes al año,
principalmente de EEUU y Canadá. Si el Gobierno actual hubiera aplicado
otra política, en lugar de celebrar hoy los tres millones que acoge,
estaría llegando a los 12 millones.)

Pero, evidentemente, cuando se dispone del diario Granma y del monopolio
absoluto de la radio, la televisión, el cine, la prensa plana y el
sistema educativo, no resulta difícil convertir el revés en victoria,
todos los días del año, si es preciso.

Por deficientes que sean los resultados materiales de medio siglo de
socialismo, las consecuencias morales son mucho peores. Tres
generaciones de cubanos se han acostumbrado a vivir en la mentira, sin
derechos y sin decoro. Un millón y medio han huido al extranjero, en
busca de un horizonte de libertad y prosperidad que el régimen les ha
negado. En la Isla, cientos de miles de jóvenes siguen viendo en la
emigración la única perspectiva de progreso para ellos y sus familias.

¿Cómo pudimos caer tan bajo?, se preguntan todavía muchos cubanos que
tienen edad y memoria suficientes para recordar cómo era el país antes
de 1959.

La explicación de las corrientes profundas que hicieron posible este
fracaso colectivo exigiría otro texto, al menos tan extenso como este.
Baste decir, por ahora, que el excelente desempeño socioeconómico de la
República no estuvo acompañado de una evolución similar en la esfera
política nacional. La clase política fracasó y, al naufragar, arrastró
consigo todo lo demás: Estado, economía, cultura y desarrollo social.

En estos años, millones de cubanos han sacrificado su libertad y sus
derechos, al dejarlos en manos de un caudillo iluminado y verborreico,
que pretendía saberlo todo y tomar decisiones infalibles, y que, para
más inri, ha pretendido establecer una dinastía de estilo norcoreano.

La regeneración que ahora empieza a vislumbrarse va a ser muy
complicada. Y en el contexto actual, no queda otro camino que asumir
íntegramente el pasado, con sus luces y sus sombras, y tratar de
recuperar el rumbo que se perdió en 1959. Sin optimismo pueril, sin
certeza alguna de final feliz, pero con la esperanza de que con
esfuerzo, inteligencia y buena voluntad quizá se logre alcanzar un nuevo
20 de mayo. Para que Cuba llegue a ser, por fin, la República que
soñaron sus próceres, con todos y para el bien de todos.

Source: República liberal/ Revolución socialista | Diario de Cuba –
www.diariodecuba.com/cuba/1464617705_22732.html

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