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Un día en la vida de Iván con su Moskovich

Un día en la vida de Iván con su Moskovich
BORIS GONZÁLEZ ARENAS | La Habana | 26 Ene 2016 – 9:49 am.

Mi amigo Iván nació en 1986, tiene 29 años, y vive en Centro Habana. Es
el resultado de la última ola de matrimonios cubano-soviéticos. En la
década siguiente a la del nacimiento de Iván, no solo los cubanos y
cubanas ampliaron el diapasón de sus relaciones matrimoniales allende
las fronteras socialistas, sino que la Unión Soviética y el socialismo
patrocinado por ella pasaron a mejor vida. Y digo mejor porque después
de 70 años de revolución rusa, las cotas de “lo peor” fueron llevadas a
niveles aún más difíciles de emular.

En una entrevista concedida al cineasta ruso Aleksandr Sokurov,
Aleksandr Solzhenitsyn, el autor de la novela Un día en la vida de Iván
Denísovich, el título que inspira el de este artículo, comenta al
cineasta ruso que a su abuelo lo desapareció la GPU. GPU, Cheka, NKVD,
KGB, todas fueron organizaciones creadas precisamente para anchar “lo
peor” hasta niveles que hubieran horrorizado incluso a sus creadores, si
estos hubieran sobrevivido el proceso de purgas que ellos mismos inspiraron.

El fin del socialismo soviético es una gran interrogante para quienes no
pueden entender —como podemos hacerlo los que vivimos en sus émulos
tardíos—, que los sistemas de su naturaleza son organismos que viven de
un perpetuo comerse a sí mismos, de un devorar las sobras de las sobras
que naturalmente termina por desaparecerlos.

Al doblar de la casa de Iván, en la calle Belascoaín, hay una casa de
puntal alto que perdió el techo años atrás y hoy acoge una vivienda de
tres pisos que aprovecha las columnas antiguas para mantenerse erguida.
La altura de cada vivienda, como es lógico, no permite a una persona
mayor de uno ochenta metros mantenerse derecho. Iván mide 1.83, y allí
vive su novia.

El Moskovich de Iván se lo dieron a su padre, que es ingeniero
hidráulico, en el año 85. Para Iván es algo que le ha acompañado toda la
vida, porque el automóvil ya tenía un año con sus padres cuando él nació.

Pocos años después llegó el Período Especial y el padre de Iván, que ya
para entonces se había separado de la ucraniana con la que concibió a mi
amigo, debió sembrar el Moskovich en el garaje de la casa de su padre,
en el barrio de Santos Suárez. De allí salía en fechas festivas los
primeros años, hasta que terminó por no salir del todo, pues a la falta
de combustible se le anexó la ausencia de gomas, el óxido de la
carrocería y la destrucción de los estribos. Lo único que no sufrió fue
el tapizado, porque al dormir en un garaje por tantos años, la sombra lo
protegió.

Hoy Iván botea en el Moskovich por toda La Habana, un carro en el que lo
único propio es la carrocería y el tapizado protegido por el garaje de
sus abuelos.

El Moskovich de Iván tiene motor de petróleo de Hyundai, caja de cinco
velocidades de Lada, faroles delanteros de Toyota y traseros de
Volkswagen, bomba de freno de Peugeot y cloche criollo. Criollas son
también las ballestas, y todo el sistema de juntas y zapatillas, además
del calzo del motor. Criollo es el adjetivo que anuncia que la pieza fue
hecha en algún patio de Cuba por alguien hábil y desempleado que se
busca la vida confeccionando, de manera artesanal, lo que ya Ford
construía en serie por los años veinte del siglo pasado.

La reproductora de música del carro de Iván es Samsung y las bocinas son
Sony. Hubo una época en que mi amigo quería que le hicieran una
calcomanía que dijera Soviet Proud, para ponerla en el parabrisas
trasero, pero su carro ya tiene muy poco de soviético como para ostentar
dicho eslogan.

En un día cualquiera de su vida, Iván gana 60 dólares, pero puede llegar
a 100 y 150, con los que ayuda a su padre para que siga yendo a la
oficina donde calcula la cantidad de agua que en La Habana se va por
salideros y que ronda el 50% de la que se destina a la ciudad. Iván
ayuda a su mamá, que nació cuando Ucrania no se había recuperado aún de
la Segunda Guerra Mundial, y hoy vive en medio de una inmundicia que le
debe traer recuerdos de su infancia, a juzgar por la naturalidad con que
la sobrelleva. Además, Iván ayuda a su novia a terminar su cuartico,
cuya altura a él no le preocupa mucho porque la mayor parte del tiempo
se la pasa acostado.

Iván y yo vivimos en un mundo en el que no se le da vuelta a la página
sin halar algo de la anterior. En este mundo, todo lo que existe está
construido por las huellas de otros que se fueron a medias, a los que se
les escatimó cualquier cosa que pudiera servir, a los que se les dejaron
las piernas fuera del sepulcro para poder sacarles los zapatos. Un mundo
en el que lo que no sirve para hoy, es superfluo, y en el que amor, la
belleza y el beneficio inmediato, son incapaces de vivir por separado.

Source: Un día en la vida de Iván con su Moskovich | Diario de Cuba –
www.diariodecuba.com/cuba/1453798161_19738.html

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