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La identidad nacional como pretexto

La identidad nacional como pretexto
REGINA COYULA, La Habana | Enero 30, 2016

La opinión de que el cambio de política de Estados Unidos hacia Cuba
encierra el peligro de una pérdida de independencia y de valores de
identidad nacional me produce una sonrisa irónica. Al contrario de los
preocupados, diría que los cubanos somos inmunes a la pérdida
identitaria que tanto desvelo propicia en algunos. No sucedió durante la
República, donde tuvimos gobiernos mediatizados, ni sucedió cuando la
influencia soviética era tal que se “crearon” tradiciones, cosas de las
que casi nadie se acuerda ya, como aquello de llevar las flores de la
recién casada al busto de un mártir, o la sustitución del “¡Viva!” por
el “¡Hurra!” y otras a las que no pretendo pasar lista. En cambio,
festividades tradicionales alrededor de la navidad, el año nuevo y la
pascua quedaron derogadas, junto con otras a las que tampoco pasaré lista.

Nos hemos acostumbrado a escuchar términos militares para definir la
relación bilateral Cuba-EE UU: penetración cultural, batalla ideológica,
dominación, hegemonía. La vida nacional giró todos estos años alrededor
del conflicto con “el enemigo del norte que acecha”. En la Casa Blanca
casi una docena de presidentes suavizaron o endurecieron las medidas
contra su alebrestado vecino. Las condiciones se han modificado con el
paso del tiempo y, desaparecido el campo socialista, otras prioridades
dejaron a nuestro país como un rescoldo de la Guerra Fría.

Para el mismo Gobierno “gobernado” por un pequeño grupo de octogenarios
que vienen desde la lucha contra Batista en la Sierra Maestra, la
situación apenas ha cambiado. Llegaron jovencísimos al poder,
dinamitaron las estructuras, alentaron a la burguesía y con ella a las
“clases vivas” (la sociedad civil de entonces) a abandonar el país y
crearon su modo de hacer las cosas. Por eso nunca renunciaron al
lenguaje de barricada ni han dejado de hablar de la Revolución cubana
como un hecho germinal y vivo, cuando al menos institucionalmente puede
fijarse su fin en 1976. Aunque darle carácter institucional al Gobierno
de facto de 1959 formalmente obligaba a ciertos encamisamientos, el
indiscutible liderazgo de Fidel Castro supo saltarse el inconveniente y
gobernar según su parecer.

Con el paso de los años, el discurso antiimperialista ha perdido
velocidad entre la población, porque según lo visto, el imperio no es
tan fiero como lo pintan: la mitad de la familia vive allá, manda
remesas, paga nuestras visitas o viene cargada con regalos para todos.
Ahora mismo, el Gobierno norteamericano flexibiliza y flexibiliza y el
Gobierno cubano lo interpreta como victoria merecida, nada de quid pro
quo, y todavía nadie entiende qué tiene que ver la crisis de los
productos agrícolas con el “bloqueo”.

En los medios de comunicación y en los textos académicos (bajo el
control estatal), se ha anatematizado a la sociedad de consumo y sus
valores (o la falta de ellos); eso no ha evitado que los patrones
culturales sean un Frankenstein entre lo peor de cada sistema. El gusto
por la música basura, el cine basura, la literatura basura y la moda
basura no solo no pudo evitarse sino que marca el canon de lo
popularmente aceptado. En cruel paradoja, la cultura ha sido lo más
asequible de que ha podido disponer el ciudadano para su tiempo libre.

El patriotismo no sé con qué se mide. Hace muchos años no se venden
banderas, al menos en moneda nacional. La bandera cubana ondea –y no
siempre– en los edificios públicos y en un ya mermado número en los
barrios y viviendas por el aniversario de la Revolución o del asalto al
Cuartel Moncada. Se ve también en los atuendos que la multinacional
Adidas confecciona para nuestros deportistas y que muchos que no son
deportistas también usan, entre los extranjeros que asumen la
solidaridad paseando por La Habana con boina, camiseta del Che y
bandolera con nuestra enseña nacional.

En contraste con ese muestrario cuasi institucional, veo banderas
americanas en los almendrones, en los carros “cómicos”, en los
bicitaxis, en gorras, camisetas, pañuelos, hasta en unas lycras que han
llenado las calles de barras y estrellas con celulitis. La Yuma (el
país) y los yumas (sus habitantes) son ahora mismo el paradigma de una
sociedad que no cambia el puerco asado por una McDonald’s y se considera
antiimperialista de corazón. Raro, pero cierto.

No hay que ser economista ni sociólogo para percibir el agotamiento en
las perspectivas individuales, no digamos ya las colectivas. Si décadas
atrás ver emigrar a los hijos era una tragedia, hoy se ha convertido en
una esperanza. El Estado no tuvo solución para la discordancia entre
salario y precio, para el agobio del transporte y de la vivienda y ahora
que ha abandonado el papel de padre protector con el que tan a gusto se
sintiera Fidel Castro, cada quien debe encarar la solución de sus
necesidades, que no por ser moralmente correcto resuelve la situación de
dos generaciones formadas bajo el Estado proveedor de todo, desde la
canastilla hasta el féretro.

El verdadero y no confesado miedo de los adalides de la identidad
nacional no es a esa influencia cultural que existe desde mucho antes
del 17 de diciembre del 2014 y que no cambiará la esencia de los
cubanos, sino al libre flujo de la información, que cualquier ciudadano
pueda asomarse a ese otro lado del espejo que permite la información
plena y contrastada.

Source: La identidad nacional como pretexto –
www.14ymedio.com/opinion/identidad-nacional-pretexto_0_1934806515.html

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