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De la playa con tremendo vuele para los carnavales

‘De la playa con tremendo vuele para los carnavales’
MARÍA MATIENZO PUERTO | La Habana | 17 Ago 2015 – 9:20 am.

Playa y carnavales, dos de las opciones populares del verano habanero,
están plagadas de violencia y marginalidad.

El mar azul y la arena repleta de botellas de cerveza, nylons de
galletas, hojas de maíz, latas de refresco, cabos de cigarros y gente.
Las vacaciones y el calor impulsan a los habaneros que no pueden pagarse
unas vacaciones en hoteles, a coger cualquiera de las rutas que llevan a
Guanabo, Boca Ciega, Santa María, El Mégano o Bacuranao.

Ana, doctora del Policlínico Docente Betancourt Neninger cuenta cómo en
una noche ha tenido hasta tres muertos. “Un ahogado y dos muertes por
apuñalamiento y todo consecuencia de lo mismo.” El alcohol y la
marginalidad. Ella hace catarsis mientras atiende a un paciente que ha
llegado de urgencia: “Pero lo peor son los acompañantes. Si hubo una
pelea tenemos que aguantar que vengan los amigos del herido y sus
atacantes”.

El Neninger es el policlínico más cercano a la playa Bacuranao a donde
van a parar los bañistas de Guanabacoa y Alamar. La doctora asegura que
“de 6 a 8 pm es el primer horario pico. Después hay un impasse y regresa
la cosa cuando se acaba la novela, de 10 pm en adelante”.

“Aquí no hay policías”, comenta una enfermera. “La patrulla pasa de vez
en cuando y si ocurre algo llamamos y vienen lo más rápido posible. Aquí
suturamos y mandamos, si es muy grave, para el Naval.”

Las historias se cuentan a cientos. Pero no hay estadísticas oficiales.
La violencia en Cuba es un tema del que se evita hablar porque colinda
con lo anecdótico y porque, como dice una maestra primaria retirada, “no
es conveniente reconocer que ha fallado todo. La educación
principalmente. Es muy duro admitir que el hombre nuevo que creamos es
violento y mal educado”.

Los vecinos de La Facute, localidad del Cotorro, acostumbran a alquilar
un camión para ir a Santa María.

“Siempre es una historia distinta. Esta vez tiraron a un hombre del
camión en marcha”, cuenta Nayra, “pero no te asustes que no le pasó
nada. Regresó con su borrachera para la playa y le dieron más golpes por
allá. Al final, durmió una noche en el calabozo”.

Un desconocido cuenta a un botero cómo a su sobrino, en el CUPET de
Guanabo, por andar entretenido le desfiguraron el rostro. “Se formó una
fajazón, tiraron una botella al aire y le dio a él, sin beberla ni comerla.”

El botero asiente porque sabe “lo caliente que se pone eso por allá”. Y
aporta a la conversación: “Yo no tiro para allá porque la gente se pone
muy mal. Se suben llenos de arena o mojados, se fajan dentro del carro.
Y no estoy para eso. Además la policía también de pone de madre”.

Y cuenta cómo en un fin de semana quitaron 75 licencias. Otros boteros
hablan de la misma cifra. “No importa que anden en moto o en bicicleta”,
dicen de los policías. “Se ponen del carajo y como algunos son
nuevecitos, se hacen los incorruptibles.”

Los boteros que sobreviven al asedio policial suben los precios hasta 3
CUC el viaje sin importar hasta dónde llegues. El pasaje habitualmente
se cobra a 1 CUC por persona.

El transporte urbano no escapa a la violencia.

“Un pasito atrás, caballero, que esa guagua está vacía”, se escucha
decir constantemente al inspector de transporte de la Villa
Panamericana, que agrega: “Aunque hayan puesto refuerzo, las 400 llegan
aquí repletas, lo que pasa es que yo digo eso para poder montar aunque
sea dos pasajeros más”.

La realidad es que cada ómnibus sobrepasa con creces su capacidad y
aunque ya es difícil ver las puertas abiertas con gente colgando, desde
afuera nunca se logra entender cómo se acomoda la gente.

“Van cantando. Percutiendo como si todos fuéramos amiguitos. Pero esa es
la mejor versión de un viaje a la playa”, dice Alicia quien un día no
tuvo más remedio que coger la ruta 400. “Me rompieron las gafas y de
paso me toquetearon toda.”

“Oye y tienen tremenda energía”, dice un guagüero de la 400 de los
pasajeros, “porque los escuchas planificando irse ese mismo día, con
tremendo vuele, para los carnavales”.

En los carnavales

Algunos vecinos de Malecón recuerdan el paso de las carrozas frente a
sus casas y otros se alegran de que se lo hayan llevado bien lejos para
allá, para 23.

Los carnavales durarán solo dos fines de semana “y si nos portamos
bien”, ironiza Ricardo, “lo extienden por lo que queda de verano”.

“Pero ojalá que no”, protesta Ángela. “Si cada vez que anuncian
carnavales yo me erizo. Mi nieto ya tiene 15 años, está a la moda y le
gusta divertirse, y quién le dice que no vaya a los carnavales.
Entonces, lo que nos queda es rezar…”

A las 6 pm del sábado ya estaban bajando por la Rampa las guaguas llenas
de policías. Aproximadamente 70 vestidos del Ministerio del Interior y
cuatro o cinco de azul, para cubrir la entrada al carnaval por el parque
Maceo.

A las 6 pm en las calles perpendiculares a Malecón estaban parqueadas
ambulancias, camiones y ya la cerveza a granel empezaba a venderse.

“Todavía hace mucho sol”, comenta una policía mujer que controla el
tráfico por donde entran las guaguas, “pero ahorita, a eso de las 9, la
cosa se pone caliente. Yo recomiendo a quien quiera venir y no buscarse
problemas que mire bien al lado de quién se pone a bailar”.

¿A quién exactamente se referirá la policía?

“Aquí no”, y señala la zona de Malecón que coincide con la Fuente de la
Juventud, la heladería Bim Bom y el final de la Rampa. “Aquí no, porque
aquí hay hasta maricones.”

El sábado por la noche los gays, trans y travestis que bailaban en la
carroza de Regla se dedicaron a mojar con lo que tuvieran a mano, agua
y escupidas fundamentalmente, a los policías que custodiaban la zona.

“Y los policías no podían hacer nada porque todo parecía un juego”,
cuenta Dagmara quien fue testigo del suceso. “Aunque se veía que había
mucha venganza en lo que hacían.”

Sin embargo, la mujer policía que se mostró recelosa a la tercera
pregunta sobre la violencia en la fiesta pública, contó cómo el viernes
en la misma esquina, ocurría “una piña tras otra”.

“Nosotras fuimos a la WiFi”, cuentan tres muchachos que prefieren
llamarse a sí mismos en femenino y que acostumbran a conectarse a
internet en el área de la Rampa, “pero qué va, cuando vimos cómo estaba
la cosa, decidimos regresarnos. Así que no podemos decir si es verdad o
no lo que cuentan que pasó allá abajo”.

Eduardo cuenta por qué él también decidió renunciar a un sábado de
diversión: “Era una marea negra lo que bajaba y perdóname, pero negros y
maricones nunca han ligado”.

El tono racista y homofóbico de Eduardo se repite en uno y otro
comentario que hace la gente. Pero pocos se preguntan por qué es
mayoritariamente la población negra la que acude a los carnavales. Todos
hacen muecas, dejan frases inconclusas y rematan lo que piensan con un
“imagínate tú…”, para evitar hacer comentarios racistas o para reafirmar
sus prejuicios raciales.

La policía cachea a todos, pero se ensaña en los jóvenes negros y
mulatos. Julio es trigueño, parece extranjero y apenas lo miraron.

“La pobreza es un círculo vicioso del que no se puede salir tan fácil
como la gente piensa por ahí”, comenta Julio, “y una cosa lleva a la
otra. De la pobreza a la marginalidad y a la violencia cuando crees que
el resto del mundo es tu enemigo, no va nada. A eso le agregas que hay
mucha gente joven que no sabe qué hacer con su vida y viene aquí, como a
practicar un deporte extremo”.

Boris, médico del Hospital Ameijeiras coincide con otros: “Es que es la
única opción para muchos. Y qué quieres que se hagan, ¿qué se esfumen?”

Y continúa: “La Rampa cambia de color de la mañana a la noche. Fíjate
bien. Por la mañana es una masa mayoritariamente blanca revisando
internet y por la noche, ya sabes…”

“El año pasado me regalaron unas invitaciones para los palcos y no
vuelvo más”, cuenta Manuel. “Me quedé con una sensación rarísima. Pensé
que hay que tener problemas para querer participar de algo tan feo.”

Source: ‘De la playa con tremendo vuele para los carnavales’ | Diario de
Cuba – http://www.diariodecuba.com/cuba/1439765453_16367.html

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