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Ojos sobre Cuba

Ojos sobre Cuba
Después de tanto silencio, las relaciones con Estados Unidos alegran,
pero a la vez espantan. Semejante estampida de ojos puestos en Cuba me
traslada al término de la guerra de Secesión en EE.UU. cuando los
yanquis triunfantes se lanzaron en pandilla sobre los arruinados
territorios del sur
jueves, enero 22, 2015 | Rafael Alcides

LA HABANA, Cuba. — Sé de un corredor de permutas que con vista a los
meses que vienen en Cuba, anda haciendo un censo de casas y locales
apropiados para oficinas, almacenes, bancos, tiendas, salones de
exposición, tintorerías, gimnasios, compañías de seguros, publicitarias,
etcétera. De los cuatro mil que se le han encargado, las dos terceras
partes en La Habana, y el resto en provincias.

Y sé de un cubano residente en La Habana, médico para más señas, con
familia adinerada en Miami, que asegura estar en tratos con la Sherwin
Wiliams para representarla en Cuba. En una isla donde en general las
casas no se han pintado en cincuenta años, este médico habría dado con
la llavecita de los millones.

Por lo que he me ha llegado a través de un español muy amigo de la
familia de este médico de la pintura, son muchos los cubanos, de Adentro
y de Afuera, que hoy gestionan en Estados Unidos y en Europa
representaciones de productos industriales. Largovidentes a los cuales
deberá sumársele la tropa de los extranjeros.

Éste mismo español, que en los años en que a los nativos residentes en
la Isla les estaba prohibido alojarse en los hoteles, debió para hacer
el amor alquilar en casas particulares, ya tiene elegidas tres
ubicaciones posibles para el inicio de la cadena motelera que se propuso
en aquellos años. Fue entonces cuando lo conocí. Como de costumbre,
viajaba con su señora, y sus encuentros con la joven médico con la cual
venía noviando hacía unos años, ocurrían de día mientras su mujer,
dándolo en reuniones de negocios con el gobierno, lo esperaba jugando
brisca con unas primas cubanas de la emigración de cuando la guerra
civil. Y ahora aquí estaba el hombre, esta vez, para su mayor
comodidad, hospedado con su novia médico en el mismo hotel donde se
hospedaba con su señora.

En cambio, el galán de a pie, el que no podría pagar la millonada de
los hoteles, ése tiene que seguir alquilando por horas en casas
particulares donde a veces no podrá concentrarse oyendo a la familia de
la casa discutir ahí detrás de la puerta mientras almuerzan o juegan
dominó, como tan a menudo le sucediera a él, al español. Los ciento y
tantos hotelitos galantes para parejas con prisa, o posadas, que
existían en La Habana antes del ´59, cuando la población capitalina
era la mitad de la actual, fueron convertidos en viviendas. El éxito,
pues, de nuestro largovidente español, fomentador de futuros moteles,
está asegurado.

Por lo que cabe suponer, pronto también estarán aquí haciendo estudios,
si no lo están ya, los que se ocuparán de los ómnibus del transporte
urbano, y quién sabe si hasta del Metro. En un país desabastecido,
carente de todo, el permutero profesional de nuestro cuento no exagera.
Por muchos locales que consiga, nunca serán suficientes para alojar a
las importadoras o productoras de cuanto artículo necesitará el país al
salir de su modorra.

La mayor parte de los comercios de los viejos tiempos fueron convertidos
en viviendas cuando las casas de quienes abandonaban el país huyendo del
socialismo se acabaron, lo cual permitiría suponer que el gobierno nunca
creyó en la sociedad de la abundancia que anunciaba, y ahora, para
remediarlo, deberán fabricarse complejos de tiendas y supermercados.
También en eso piensa invertir un poderoso amigo del español de las
posadas.

Después de tanto silencio, todas estas noticias alegran, pero a la vez
espantan. Semejante estampida de ojos puestos en Cuba me traslada a los
años siguientes al término de la guerra de Secesión en EE.UU. cuando los
yanquis triunfantes se lanzaron en pandilla sobre los arruinados
territorios del sur copando propiedades rústicas y urbanas. Con razón
escribiría Margaret Mitchell, al evocar esos días en Lo que el viento
se llevó, que existen dos modos de enriquecerse a la carrera, uno
destruyendo una civilización, y el otro reconstruyéndola.

Por supuesto, los cubanos tenemos con la Mitchell una diferencia de
escenario. En aquel sur vencido, quienes todo lo perdieran fueron los
que todo lo habían tenido; y en nuestro caso, por nada tener hoy, ni
nunca haber tenido nada, con esta arribazón de empresarios que llegarán
con Internet y con todo lo demás a meternos en el siglo XXI, sólo
podríamos ganar. Para empezar, ganar decenas de miles de plazas de
trabajo en el comercio y en la industria de la construcción, pues a los
residentes de los locales censados por el permutero habría que empezar
por dotarlos de nuevas viviendas.

Acorde con la rapidez con que se presuponen los cambios, el censo de La
Habana, por lo que me dicen, está en sus finales.

Source: Ojos sobre Cuba | Cubanet –

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