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Capitalismo enseguida, o método chino primero?

¿Capitalismo enseguida, o método chino primero?
En la cola de la farmacia unas treinta personas ?los más? festejan los
acuerdos de Raúl y Obama. Hay once viejos en la fila, y tres están en
contra.
Rafael Alcides
enero 27, 2015

Es el 17 de diciembre. Los más, y somos en ese momento en la cola de la
farmacia unas treinta personas, festejan los acuerdos de Raúl y Obama, y
de tener cohetes los hubiesen tirado. Bueno, envolviéndonos a todos con
un dedo, una mujer con un niño de la mano decía con voz entrecortada por
la emoción: “¡Esto lo ha hecho San Lázaro!”.

Los más, decía, porque entre los viejos (once conmigo, que no soy del
barrio, que estoy en esa cola porque en mi farmacia no tenían mi
medicina), hay tres en contra: uno que dice que sin la mediación de la
disidencia, ese acuerdo constituye una traición de Obama, una traición
que la historia registrará con letras de luto; le replican que si en
eso, en su parte en el reparto del pastel es en lo que en esta hora tan
soñada piensan los de los Derechos Humanos, y el hombre, un gordito,
abogado al parecer, no viendo allí quorum, y sí muy malas caras, se
marcha sin dejarle a nadie su turno en la cola.

El otro es un dentista, por lo que luego me dirán, que no es de los
Derechos Humanos pero que mientras sus contemporáneos debaten el
porvenir del socialismo cubano, se las pasará diciendo que sin la
supresión del Bloqueo por delante, los acuerdos de Raúl y Obama han sido
un disparate, que se ve que Raúl no es Fidel.

Y el otro viejo en contra es un hombre con espejuelos oscuros, muy
respetado en el grupo, que de plano rechaza los acuerdos. Por eso, para
poder debatir la cosa a fondo, y por viejos, siguiendo a los viejos de
José Martí en “Los zapaticos de rosa”, nos hemos apartado, mientras
allá, a la puerta de la farmacia, siguen los más, con la devota de San
Lázaro ahora de líder, creyéndose que ya están en el capitalismo.

–No señor, yo como antiguo militar ?le asegura un bizco al hombre de los
espejuelos oscuros– puedo decirle que el general de Ejército no le ha
hecho entrega de las llaves de la ciudad al enemigo. Usted tiene razón
cuando dice que Fidel mismo ha dicho hoy una cosa y mañana todo lo
contrario, pero ésa es la política. Es el ajedrez de la política. Con
cada nueva movida cambia el escenario. No puede ser de otra manera.

–Por eso mismo –insiste el hombre de los espejuelos oscuros—no puedo
creerle a Raúl cuando dice que esto se ha hecho sin renunciar a nuestros
principios; y mañana mismo voy a entregar mi carné del Partido. No
quiero tenerlo encima cuando se bajen del avión el empresario que se
hará cargo de la recogida de la basura, y el que se ocupará del asunto
del transporte, y el que ya está sacando la cuenta para construir
doscientas mil casas en seis meses, para empezar, y no sigo porque lo
demás se entiende solo.

–Pero abandona esa pose de oráculo nacional –lo conmina el militar, ya
de mal talante. Y de peor talante aún le responde el hombre de los
espejuelos oscuros:

–Aquí el oráculo sigue siendo Fidel, y en su defecto Raúl. Yo me atengo
a las leyes de la física. Si en una represa quitas un ladrillito, uno
solo, estás determinando el fin de la represa. Mira a los chinos, mira a
los vietnamitas. Montones de chinos millonarios hoy. Montones, miles. Y
dirigiendo en el Partido. Ya sólo les falta eso que los burgueses y los
lacayos del imperialismo llaman “democracia”.

–En todo caso –dice un viejo vestido con bermuda y gorra de los
Industriales– ¿eso es bueno o es malo? Porque yo lo que quiero es tener
guaguas que me lleven, camiones que me recojan la basura, que mi familia
no tenga que vivir en barbacoas.

–Pero no por esa vía, porque eso sería el fin del socialismo– objeta el
militar, coincidiendo con el hombre de los espejuelos oscuros.

–Pero qué es lo importante: ¿La vía o los resultados?

Esto lo ha dicho uno de los viejos que no había hablado, al parecer
gente con autoridad en el grupo y que trataba al bizco, al militar, de
“mi hermano”. Emplazamiento que ha sorprendido al de los espejuelos oscuros:

–Luego entonces, para ti los principios no cuentan. Muy extraño con toda
tu historia. Un tipo como tú.

–Yo confío en Raúl –dice el histórico–. Tú hablabas de los chinos, pero
aquí no somos chinos. Y si hay que ser chino, nos metemos a chinos. Y si
hay que hacer lo que todavía les falta por hacer a los chinos, también
lo hacemos. El socialismo no ha servido para nada en ningún lugar del
mundo, y Raúl, que está al tanto de la marcha del mundo, lo ha visto.
Por eso ha hecho esto, y prepárate para lo que viene.

Como el histórico parecía saber mucho de lo que venía, el grupo calló,
dispuesto a escuchar. El más callado fue el hombre de los espejuelos
oscuros; pero de pronto, como volviendo en sí, y más interesado en su
presente que en el porvenir, preguntó de sopetón:

–¿Y yo, qué? Tú me conoces, las sesenta y cuatro condecoraciones,
sellitos y medallas que tengo en casa dicen algo; un hijo mío murió en
una guerra internacionalista, y todo lo demás que tú conoces. Yo podría
vivir allá afuera como un jerarca. Explícate, ¿Puede, quien lo ha dado
todo verse de pronto, al final de su vida, con que volvemos a estar
donde estábamos cuando empezamos en esto?

Menos el hombre de los espejuelos oscuros, los demás estuvieron con el
hombre de la bermuda y la gorrita. Rectificar es de sabios, decía él. No
hubo acuerdo, en cambio, en si Raúl daría los pasos para el desmontaje
del sistema, los que fueran, sin herir, haciendo la cosa sin que lo
pareciera, un paso aquí, otro allá pero con tiempo.

–Pero ¿y yo qué?

–Raúl no tiene tiempo para hacer eso con tiempo. –estaba diciendo un
médico frágil pero enérgico para su edad que ya había i intervenido dos
veces.

— “¿Y yo qué?”

Nadie hacía caso del de los espejuelos oscuros, él seguía repitiendo su
y yo qué, pero la gente no le hacía caso. Estaban atentos a la disputa
del médico y el militar.

–El general de Ejército tiene todo el tiempo del mundo –insistió airado
el militar. El de la bermuda y la gorrita lo apoyó:

–Esta gente dura mil años. El Gallego Fernández ya tiene cien y míralo
ahí, más paradito que un poste de la luz.

–No señor, el Gallego todavía no tiene cien años –precisó el histórico.

El médico se explicó, apelando al sentido común.

–Digo que Raúl no tiene tiempo para tomarse tiempo haciendo los cambios
pasito a pasito, no en las condiciones de quiebra en que se halla el
país; lo que él vaya a hacer tiene que hacerlo rapidito, ha abierto las
murallas y eso es muy delicado, ya no tiene la excusa del enemigo
exterior que le permitía mantener en su lugar a los inconformes de acá
adentro y que ahora se envalentonarán. Sin detenerse a pensar si hiere a
uno o a un millón, tiene que hacerlo como Fidel cuando de repente en un
entierro dijo que donde dije digo era diego, y nos volvió socialistas en
el acto. Por cierto, un día 16 también. Así, como se quita un
esparadrapo. Ése es el tiempo que él no tiene.

El Histórico, no veía la objeción. Habló para todos.

–Para todo hay métodos, Y en el que les digo Raúl se evitaría dar la
cara y quedar como el que le enmendó la plana a Fidel. Partimos de que
se trata de Cuba, no de la vanagloria de nadie. ¿Se acuerdan de las
relaciones últimas del Padrino con su hijo Mike Corleone? Imagínense a
Díaz Canel haciendo que habla, y detrás a Raúl, que ha renunciado
alegando que estaba muy muy enfermo pero que en realidad está mejor que
ustedes y que yo, hablando por el compañero Díaz Canel. Estamos, como
decía mi compadre y vecino –y señala para el hombre de los espejuelos
oscuros—justo en el momento en que los chinos, luego de treinta años
perdidos haciendo acero en el patio de la casa ahí en un caldero con
fuego de leña así como si estuvieran friendo chicharrones, entran en la
historia. Hablen con los chinos de esos años perdidos, De igual manera,
quienes hoy aquí se sintieran engañados, aplaudirán después.

No era un debate terminado. Todavía por poco hay sangre. Alguien decía
que a lo mejor venía un método chino sin participación del capital
cubano, recordaba la filosofía económica del bonsái expuesta por
Murillo, y el dentista por su parte seguía repitiendo como un obseso que
sin la supresión del Bloqueo los acuerdos de Obama y Raúl eran un
disparate, mucho más cuando Raúl no hacía tanto había proclamado que
podíamos resistir el Bloqueo cincuenta y cinco años más.

Y entonces el médico, tal vez harto de las lamentaciones de aquel
hombre, alzando la voz y encarándolo, dijo que el plural del “podíamos”
ése de Raúl era exagerado, que Raúl no había conocido ni un segundo del
Bloqueo, que Raúl durante cincuenta y cinco años se había levantado con
aire acondicionado, había entrado en su automóvil con aire
acondicionado, se había metido en su despacho con aire acondicionado, se
había acostado con aire acondicionado, y que solo había sudado la camisa
cuando salía a revisar alguna unidad militar y de paso coger sol para
sintetizar sus vitaminas, o cuando salió a cazar.

Ahí fue cuando se formó. El militar le exigió retractarse de sus
palabras; audaz, el médico se negó; y mientras aquel par de viejos eran
reducidos por el grupo, oí a una señora que había permanecido limpiando
su dentadura superior con una lima de uñas diciéndole a un viejo que
acaba de llegar, a tiempo que, enérgica, y dispuesta a intervenir, se
encajaba su dentadura:

–Si por algo yo quisiera que en estos cambios que vienen se haga lo que
todavía los chinos no han hecho, es para que aquí la gente pueda decir
lo que piensa sin que pasen estas cosas.

Publicado originalmente el el blog Malaletra el 10 / 01 /2015)

Source: ¿Capitalismo enseguida, o método chino primero? –
http://www.martinoticias.com/content/cuba-eeuu-acercamiento-reacciones/85254.html

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