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Nuevas dinámicas para los disidentes en Cuba

Nuevas dinámicas para los disidentes en Cuba
Por EL COMITÉ EDITORIALDEC. 27, 2014

Las palabras fueron escritas en grafiti en la calle donde vivía el
disidente cubano Oswaldo Payá, unos pocos años antes de su misteriosa
muerte en 2012. “En una plaza sitiada, la disidencia es traición”.

A lo largo de décadas, el autoritario Gobierno cubano ha usado ese
conveniente argumento para ejercer un fuerte control sobre la vida de
sus ciudadanos e impedir que los movimientos de oposición lleguen a
representar una amenaza para el Estado. El mensaje era perfectamente
claro: mientras Estados Unidos insistiera en derrocar a los líderes de
la isla y entrometerse en los asuntos internos del país, los cubanos,
por cuestión de soberanía nacional, tendrían que permanecer unidos. La
era que comenzó este mes cuando el Presidente Obama y el Presidente de
Cuba, Raúl Castro, anunciaron el fin de más de medio siglo de enemistad
entre sus gobiernos, es un momento clave para quienes forman parte del
diverso y valiente movimiento de oposición en Cuba.

Bajo el mando del Partido Comunista, los cubanos han sido sometidos a la
austeridad, producto de una anémica economía centralmente planificada.
Su acceso al Internet es severamente limitado y censurado. La prensa
oficial de la isla está completamente subyugada a los intereses del
Estado. Fuera de los rígidos mecanismos del Partido Comunista, los
cubanos tienen pocas vías para enfrentar a sus líderes.

En 1998, durante el fin de una década de hambre y privación, propiciada
por el colapso de la Unión Soviética, la cual sirvió como patrón de Cuba
por muchos años, Payá dio inicio a una misión corajuda. Bajo una ley
cubana que en teoría permitía que grupos de 10,000 o más votantes
sugirieran nuevas leyes, Payá obtuvo, según algunos cálculos, más de
25,000 firmas de cubanos partidarios de reformar la Constitución de
manera drástica para autorizar elecciones libres, derecho de asamblea,
prensa libre y una economía menos regulada.

En 2002, la Asamblea Nacional de Cuba respondió a la iniciativa de Payá,
conocida como el Proyecto Varela, enmendando la Constitución para
establecer que el sistema unipartidista socialista de la isla era
“irrevocable”. El siguiente año, las autoridades en Cuba encarcelaron a
decenas de disidentes y periodistas independientes durante un período de
intensa represión conocido como la primavera negra. Muchas de las
personas detenidas durante ese periodo, el cual pasó relativamente
desapercibido en el ámbito internacional por coincidir con el principio
de la guerra en Irak, pertenecían al movimiento de Payá.

En 2010, el Gobierno cubano accedió a poner en libertad a varios de los
presos políticos, mediante un acuerdo negociado con la Iglesia Católica,
con la condición de que debían emigrar a España. En 2012, Payá falleció
en un accidente vehicular en Cuba que, según sospechan muchos
activistas, fue orquestado por agentes de seguridad.

Algunos de los presos que fueron puestos en libertad, entre ellos José
Daniel Ferrer, un aliado de Payá conocido por ser de carácter fuerte,
rehusaron abandonar la isla. Ferrer es el líder de la Unión Patriótica
de Cuba, el grupo de oposición más visible y activo. En una reciente
entrevista en La Habana, Ferrer dijo que los ocho años que pasó en
prisión representaron una oportunidad para considerar por qué no
triunfaron los movimientos de disidencia en el pasado y cuál podría ser
la fórmula exitosa en el futuro. Históricamente, dijo, los activistas
han sido percibidos por sus compatriotas como víctimas indefensas de un
Estado opresivo. “Esa gente lo que inspira es lástima, no deseo de
seguirle”, dijo. “Tratamos de evitar que a la gente le lleguen discursos
de perdedores”.

Ferrer dijo que su objetivo no es propiciar el tipo de cambio de régimen
repentino y dramático por el cual han luchado varios exiliados. Lo que
busca es que el movimiento de oposición llegue a ser lo suficientemente
empoderado para tener voz y voto en el ámbito político. “Hay que ser
suficientemente grande para obligar al régimen a negociar”, dijo. “Nadie
quiere apostarle al caballo que va a perder la carrera”.

A pesar de décadas de privación económica y represión estatal, la gran
mayoría de cubanos no han estado dispuestos a unirse a movimientos de
oposición o apoyarlos abiertamente. Es fácil comprender por qué. El
audaz servicio de inteligencia de la isla ha logrado penetrar los
movimientos de oposición a través de los años, lo cual ha dificultado
que formen alianzas. También ha logrado tildar a los disidentes como
codiciosos agentes de iniciativas de gobiernos occidentales, una
estrategia efectiva en un país nacionalista que históricamente ha sido
objeto de complots estadounidenses.

Aunque las tácticas empleadas en contra de los disidentes en la
actualidad no son tan extremas como lo fueron hace una década, siguen
siendo insidiosas. Los líderes de la oposición son atacados
constantemente por los medios nacionales. Con frecuencia, las
autoridades detienen temporalmente a los activistas para impedir que
asistan a reuniones, y para que ellos —y sus vecinos— recuerden que
están siendo vigilados. Quienes viven en Cuba asumen que el espionaje
interno es tan amplio que los diplomáticos suben el volumen de la música
cuando quieren hablar sobre temas delicados. Los cubanos frecuentemente
retiran la batería de su teléfono celular cuando quieren tener una
conversación privada, por temor a que el enorme equipo de seguridad de
la isla tenga la capacidad de escuchar las conversaciones de
prácticamente todos los ciudadanos, a cualquier hora.

En un nivel básico, dijo Elizardo Sánchez, quien es conocido como el
decano de los defensores de los derechos humanos en Cuba, muchos cubanos
no tienen la energía que requiere el activismo político.

“La vida es tan dura que la gente no tiene tiempo de pensar en términos
políticos”, dijo. “Conseguir alimentos, transporte, medicina, toma mucho
tiempo”.

Después del anuncio de un acercamiento entre Washington y La Habana este
mes, un grupo de prominentes activistas y miembros de la sociedad civil
emitieron un comunicado con cuatro demandas razonables. Piden la
liberación incondicional de presos políticos. Cuba se comprometió a
liberar a 53 presos políticos como parte del acuerdo que negoció con
Washington. Los activistas también exigen que Cuba acate los principios
de la Declaración Universal de Derechos Humanos, un acuerdo que La
Habana ratificó. El comunicado, firmado por Ferrer y la popular bloguera
Yoani Sánchez, entre otras personas, también pide que el gobierno
reconozca a líderes de la sociedad civil que no están vinculados al
Estado. Por último, exigen que el gobierno esté dispuesto a contemplar
reformas constitucionales que pudieran llevar finalmente a elecciones
libres y democráticas.

Si el movimiento de oposición en Cuba se fortalece a raíz de la mejora
de relaciones con Washington, o si el acercamiento hace que la represión
se intensifique, dependerá en buena medida del apoyo que obtengan los
activistas de la comunidad internacional. A medida que Cuba sea más
accesible para los estadounidenses, particularmente quienes además
tienen ciudadanía cubana, es posible que el gobierno en La Habana,
sintiéndose vulnerable frente a una oleada de inversión, turismo y mayor
flujo de información, aumente sus esfuerzos por reprimir la disidencia.

Durante décadas, los gobiernos latinoamericanos han protegido, o por lo
menos tolerado, al régimen de los Castro porque confrontarlo hubiera
sido interpretado como un respaldo de la política severa de Washington.
Ahora que Obama puso fin a ese dilema, los líderes de países
democráticos tienen la posibilidad de defender los principios por los
que abogan activistas cubanos. Los líderes de las más grandes economías
de América Latina, en particular, podrían convertirse en los principales
protectores de los líderes de la oposición cubana durante la Cumbre de
las Américas en Panamá, en abril.

Aunque históricamente, los países de América Latina han rehusado
intervenir en asuntos internos de sus vecinos, el Presidente Enrique
Peña Nieto de México y la Presidenta Dilma Rousseff de Brasil, deberían
hablar enfáticamente en defensa de los principios democráticos acatados
por la mayoría de naciones en las Américas. Rousseff, quien fue presa
política antes de convertirse en una de las más destacadas líderes de
izquierda, y cuyo país es uno de los principales aliados comerciales de
Cuba, podría tener una influencia singular.

Si los líderes de movimientos de oposición y de la sociedad civil cubana
son invitados a la cumbre, como lo ha pedido Washington, Rousseff podría
estar hablando en presencia de los líderes de una Cuba democrática.

Source: Nuevas dinámicas para los disidentes en Cuba – NYTimes.com –
http://www.nytimes.com/2014/12/28/opinion/nuevas-dinmicas-para-los-disidentes-en-cuba.html

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