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La ciudad sin futuro

La ciudad sin futuro
VERÓNICA VEGA | La Habana | 14 Jun 2014 – 4:03 pm

Presentada en su momento como solución a los problemas habitacionales
del país, Alamar es hoy un ciudad que agoniza.

Alamar, ciudad al este de La Habana que nació en los 70 como solución al
grave problema de la vivienda en Cuba, fue llamada la “ciudad del futuro”.

Visitada personalmente por Fidel Castro, quien acogió el proyecto con
particular entusiasmo, prometía desplazar en importancia a repartos de
más solera.

Cuatro décadas después, un paseo por sus calles nos muestra, más que ese
natural deterioro de las villas cercanas al mar, algo mucho más ríspido
que cualquier nostalgia.

El cine cuyo enorme lobby lo colocaba entre los más atractivos del país,
zozobra sin que ninguna iniciativa oficial le conceda un milímetro de
esperanza. La maldición se completa con el cine particular en 3D
levantado en un local estatal destinado a salvar a una juventud
condenada al hastío. Abortado en plena gestación por un violento cambio
en la política del cuentapropismo, hoy corre el mismo destino que su
homólogo analógico.

A lo largo de la costa, lo que prometió ser un complejo de albercas se
redujo a una sola piscina y a un segundo intento abandonado. La Piscina
Gigante, que en los 90 libraba a niños, jóvenes y adultos de la eterna
tribulación del transporte hacia las playas del este, sucumbe hoy bajo
la corrosión del salitre y el tiempo.

La Casa de la Cultura, inmueble de gran longitud y condiciones que no
tienen muchas sedes homólogas en La Habana, produce igual sensación de
estancamiento. Hasta el taller literario por el que pasaron nombres
reconocidos de la literatura nacional, se disolvió cuando el último
asesor, muy entusiasta, era “sólo un poeta” sin título universitario.

La galería Fayad Jamís, centro de ebullición creativa en plena crisis de
los 90, cumple a empujones su programa anual con exposiciones cada vez
menos exigentes que incluyen artistas sin madurez conceptual o académica.

Alrededor, calles que alimentan huecos, residuos de lluvia y aguas
albañales, animales que sufren y ostentan las secuelas del abandono.

Pero la visión más recurrente, el indicio más palpable de la caída en
desgracia de esta ciudad, son los archipiélagos de basura que arruinan
el paisaje natural, única contrapartida estética de una de las peores
soluciones arquitectónicas que dejó tras de sí la experiencia socialista.

Se hostiga a la población con fumigaciones, pero se ignoran las
extensiones de desperdicios donde bolsas de nailon y otros objetos
acumulan agua suficiente para perpetuar focos de mosquitos. Cadáveres en
descomposición (de perros atropellados o animales sacrificados como
ofrenda religiosa), orines, heces, contaminan el otrora aire puro, un
privilegio de antaño.

El poeta Ángel Escobar, que vivió en uno de estos edificios “feos como
decretos”, escribió: “Alamar es el sitio”, y tuvo razón. Pese a ser
calificada de ciudad dormitorio y despreciada por su ubicación
periférica, entre su población heterogénea hay obreros necesitados de
vivienda, gente que se creyó el mito de su glorioso porvenir y emigró
desde otros puntos de la ciudad, técnicos extranjeros (la mayoría
soviéticos), refugiados políticos latinoamericanos, etc.

Ahora, en la ciudad crece la contracultura, un desesperado intento por
dotar a este bodrio urbano de cierta identidad.

A Alamar se le recuerda aún como “la ciudad del rap”, porque fue en su
tierra pedregosa donde germinó el festival alternativo sembrado en el
colindante reparto Antonio Guiteras. Fue un evento intervenido y
disuelto por la Asociación Hermanos Saíz cuando ya había atraído la
atención de celebridades como el músico Quincy Jones y los actores Harry
Belafonte y Danny Glover.

Tentados también por la ilusión de que la creación autónoma era posible,
germinaron aquí los proyectos El Quijote, Arte Nativa, la popular peña
La Bicicleta, Criterio Alternativo y OmniZonfranca.

Hoy todos han desaparecido, excepto Omni, que trasladó el festival
Poesía sin Fin (también desarticulado en pleno esplendor) a casas
particulares porque a sus miembros no se les permite usar los muchos
espacios públicos disponibles.

Sin embargo, con su bello barranco cayendo sobre el río Cojímar —también
repleto de desechos humanos—, su vegetación exuberante y maltratada,
Alamar trata de sobrevivir.

De repente surgen performances inesperados del censurado OmniZonafranca,
conciertos en garajes (que también fueron prohibidos so riesgo de ser
confiscado los locales), proyectos audiovisuales independientes,
productoras que enfrentan carencias y vigilancia.

Luchando contra trabas institucionales, en el anfiteatro que colmaba el
público de rap, el proyecto Misceláneo organiza un concierto-homenaje a
un joven músico alternativo. Nace una revista de arte independiente.
Aparece un cubano emigrado que propone buscar fondos para restituir la
belleza de la galería Fayad Jamís. Artistas proponen hacer recogidas
masivas de basura, por medios propios, hacer reaccionar la desidia
ciudadana, la inercia institucional.

Hoy, Alamar, la ciudad que ya no recibe caravanas de visitas oficiales,
a la que se le arrebató el futuro prometido, exige su derecho a un presente.

Source: La ciudad sin futuro | Diario de Cuba –
http://www.diariodecuba.com/cuba/1402754639_9050.html

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