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Diálogo con un ‘empresario’ cubano

Diálogo con un ‘empresario’ cubano
MIRIAM CELAYA, La Habana | Junio 10, 2014

Desde el inicio de las reformas raulistas, pocos “negocios” se han
mantenido funcionando con tanta regularidad como el de los vendedores
ambulantes de productos del agro, popularmente conocidos como
“carretilleros”.

No es que la tengan fácil. A lo largo del último mes, por ejemplo, los
carretilleros de Centro Habana, en particular los del Consejo Popular
Pueblo Nuevo –que abarca la zona que se extiende entre las calles Zanja,
Infanta, Belascoaín y Manglar– han sufrido el acoso permanente de los
inspectores y varios operativos, en los que usualmente intervienen,
junto al enjambre de inspectores, la policía uniformada y también
enmascarada de civil, todos con sus armas al cinto, creando en el barrio
un ambiente tenso de ciudad sitiada.

Comúnmente, en estos episodios se produce el decomiso de alguna
carretilla y de la mercancía, además de la fuerte multa que se impone al
presunto trasgresor. Los motivos varían desde la violación real o
supuesta de las reglamentaciones para ese tipo de comercio hasta otras
“figuras” como desacato a la autoridad, cuando el infractor (o
sospechoso de ello) se resiste al decomiso o discute con las
autoridades. En todos los casos el drama se produce en medio de la vía
pública, produciendo aglomeraciones y alteraciones del orden.

Entre la impunidad de unos y la indefensión de otros

Yosiel es un veinteañero que optó por la modalidad de “carretillero”
desde el año 2011, cuando se comenzaron a entregar las licencias para
ello. Años atrás se graduó como técnico medio, pero nunca trabajó para
el Estado. Es despierto e inteligente y tiene eso que llaman “don de
gente”, así que pronto se hizo de una clientela bastante numerosa. Los
proveedores particulares (intermediarios) le traían todos los productos
desde el campo hasta la puerta de su casa, cuando aún no existía mercado
mayorista. “Al principio ellos me fiaban, pero ya puedo pagarles al
cash”, me dice. Aunque, aclara, ahora es ilegal comprarles a estos
particulares: hay que acudir al mercado mayorista, en las afueras de la
ciudad y guardar cola en las madrugadas hasta que llegan los camiones
con la mercancía que los carretilleros deberán transportar por sus
propios medios. “Lo que se supone ahorraríamos con la apertura de un
mercado mayorista, lo gastamos en el transporte. Sin contar con el
tiempo que se pierde en la gestión. No hay manera de ganar con esta gente”.

Las trabas oficiales rayan en el delirio. Un par de años atrás las
autoridades trataron de estandarizar las carretillas e impusieron que se
las compraran al Estado. El pretexto oficial se basó en cuestiones de
estética, puesto que los comerciantes echaban mano a cualquier artefacto
rodante, muchas veces un tosco amasijo de cabillas oxidadas con un
precario entarimado de tablas sucias, que –en efecto– afeaban la ciudad.

Sin embargo, las “carretillas de Raúl”, como las bautizó el gracejo
popular, además de ser excesivamente caras (800 pesos CUP), solo medían
1 metro cuadrado –un espacio muy limitado y poco práctico para la
exposición y venta de los productos–, eran de mala calidad, por lo que
se rompían fácilmente por el peso que debían soportar y se desarmaban al
tropezar con los habituales baches de las calles. El experimento
fracasó, y cada carretillero continuó agenciándose su propio armatoste.

El reglamento oficial establece un cúmulo tal de normas absurdas, que
resulta imposible librarse de multas. Por ejemplo, los carretilleros son
considerados “vendedores ambulantes”, por lo que no pueden permanecer
estáticos, so pretexto de que no pagan impuestos por el uso de la vía
pública. Tampoco pueden estacionarse a menos de 50 metros de
instituciones estatales, lo cual es irracional, al menos en una zona
como centro Habana, donde casi en cada cuadra existe alguna de ellas.
“Prueba a empujar por todo el barrio una carretilla cargada de
viandas… aunque tenga las mejores ruedas”, me desafía Yosiel.

El subterfugio ideado por los carretilleros para burlar esta regla es
suspender la venta y cubrir con una lona la carretilla en cuanto tienen
conocimiento de que los inspectores andan cerca. “Nadie me puede decir
que estoy violando lo establecido si no me cogen vendiendo. Pero no
siempre libras tan fácil así. Hay inspectores que saben que tú radicas
en ese punto, y de todas maneras te extorsionan, así que uno opta por
darles dinero. Siempre es mejor soltarles 500 pesos a ellos que pagar
una multa de 1500. Ya uno los conoce y sabe a cuál puede sobornar y a
cuál no. Aunque la mayoría cae mansito cuando ve el billete. Al final,
ellos saben que uno viola el reglamento, pero también que les llevamos a
ellos la puya de corruptos”, cuenta Yosiel. En teoría existen
regulaciones que establecen el monto de las multas, pero éstas se
aplican arbitrariamente.

El impuesto a pagar cuando Yosiel obtuvo su licencia era de 70 pesos
mensuales, más el 10% sobre las ventas. No existe mecanismo alguno que
permita establecer el monto de éstas, de modo que la cifra a pagar queda
sujeta a la inicua consideración de las autoridades de la Oficina
Nacional de Administración Tributaria (ONAT), y éstas –por supuesto–
prefieren pecar por exceso a la hora de hacer su “estimado”. A partir de
2013 –sin explicación alguna– se elevó el impuesto a 200 pesos mensuales
(un 185% de incremento sobre el tributo original) y también se han
establecido nuevas regulaciones que aumentan la presión sobre los
comerciantes. La indefensión del sector es tan abrumadora como la
impunidad de las autoridades.

Para provocar a Yosiel le señalo que los precios de los productos de las
carretillas están muy elevados. “Es verdad, pero también compramos caro,
y las cooperativas que han abierto tienen aproximadamente los mismos
precios que nosotros. Hay más gente vendiendo, pero la producción en el
campo no ha aumentado, así que los precios van a seguir altos. El que se
beneficia es el Estado, porque hay más cuentapropistas pagando
impuestos. La gente a veces protesta, pero no sacan la cuenta de que
nosotros somos los que invertimos, los que corremos los riesgos de
perderlo todo si nos decomisan, los que pagamos sobornos y también
impuestos. A ver, ¿por qué la gente no se queja por los precios que hay
en la shopping?”.

Le pregunto por los decomisos, y contesta que ocurren cuando hay
“operativos”, como el que hubo hace pocos días y que él pudo fotografiar
con disimulo, utilizando su móvil y procurando no ser detectado por las
autoridades. Fue en la calle Árbol Seco, entre Carlos III y Estrella,
justo al costado del mercado en CUC. “La policía montó la carretilla y
la mercancía en la cama de un camión y arrancaron con todo hasta la
estación de policía de Zanja. Casi todos los policías estaban de civil,
aunque no escondían las pistolas, que las llevaban al cinto, aquí
atrás”, se señala la espalda, sobre los riñones. “Les gusta intimidar y
cometen muchos abusos, pero sin pistolas no son nada. Son unos pencos”.

El decomiso fue por comerciar junto a un mercado estatal. Se supone que
lo decomisado en operativos, carretillas y productos, no se devuelve,
pero Yosiel dice que para eso están los mecanismos de la corruptela
policial: si “untas” al eslabón correcto, tendrás de vuelta tu
carretilla. La mercancía no, esa es “perecedera”, y hace un gesto con la
mano hacia la boca abierta, dejando claro lo ocurrido con los productos
decomisados. “¡Tú sabes el hambre que pasa la policía en La Habana!”.

Sin embargo, entre los cuentapropistas que han devuelto sus licencias no
se encuentran los carretilleros. Los que no la tienen ya es porque se
las han retirado “por violaciones reiteradas del reglamento”. En la
relativa estabilidad del sector incide la naturaleza misma de la
actividad: la inversión inicial es menor, y tampoco es lo mismo vender
productos del agro que artículos de otro uso, como ropas o zapatos, por
ejemplo. “Ningún inspector puede probar que el racimo de plátanos que
vendes es mercancía ilegal. Y no vendemos cosas de importación, ni
artesanales ni de la shopping. Para lo mío no hay que viajar fuera de
Cuba, pagar mulas ni pasar por la Aduana. Además, la gente necesita
comer diariamente. Compras más comida que ropa o cualquier otra cosa,
así que al final todo el mundo ‘viene a morir’ a la carretilla, y yo
siempre vendo”.

Yosiel hace una valoración de los tres años que lleva como “empresario”
y habla con total sinceridad sobre sus aspiraciones. “La verdad es que
no he podido levantar cabeza como esperaba. No se puede prosperar con
tantas trabas, y cada vez la ponen más difícil. Yo estoy pensando en
otras opciones adicionales, porque en todo este tiempo me he matado
luchando para salir adelante y, aunque tengo ganancias, no he logrado
ahorrar lo suficiente para cumplir mi meta. Cualquier día puede aparecer
un inspector ‘hp’ o un operativo de esos y me parte las patas. ¿Cuál es
esa meta?, la misma de casi todos los jóvenes que conozco: emigrar. Y lo
voy a hacer, de seguro, a como dé lugar. Cada día me convenzo más de que
este país me queda corto. A mí me gusta trabajar y ganar dinero, allá sé
que saldré adelante. Yo apuesto por mí”.

Source: Diálogo con un ‘empresario’ cubano –
http://www.14ymedio.com/reportajes/carretilleros-empresarios-cuba-comercio-venta_0_1575442449.html

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