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El precio

El precio
Autor y Ciudad:
Rafael Alcides, La Habana

Viendo en la TV el pasado noviembre el sepelio de Carmen Nordelo, se
comprende el precio que por amarlos le ha venido haciendo pagar a Fidel
y Raúl Castro la prensa cubana en los últimos cincuenta años.

Fúnebre, pero satisfecho, casi con entusiasmo, decía el locutor "asistió
el general Raúl Castro, presidente de los Consejos de Ministro y Estado,
a la ceremonia de inhumación de los restos mortales de Carmen Nordelo,
madre de Gerardo Hernández Nordelo".

Esto es, al locutor le complacía hacer saber que el sepelio de la señora
Nordelo había sido importante no por ser ella la madre de Gerardo
Hernández Nordelo, uno de los "cinco héroes prisioneros del Imperio",
nombres que les dio la prensa al bautizarlos y que enseguida pegó. Fue
importante porque a ese adiós asistió el general Raúl Castro.

Pasaría esta emocionada muestra de cariño de los periodistas y
comunicadores del patio por sus líderes máximos si fuera la excepción,
pero no lo es.

La apertura de la serie nacional de pelota, la llegada de un ciclón, los
destrozos causados por el mar al sobrepasar el malecón, en fin, cuanto
evento climático o social ocurra o haya ocurrido en el país, ayer en los
tiempos de Fidel u hoy en los de Raúl, dejó de ser sujeto de
significación para convertirse en predicado si los hermanos Castro se
personaron en la zona del desastre, acudieron al Observatorio a
interesarse en la trayectoria del huracán o asistieron a presenciar el
comienzo de la Serie.

Pero es en los entierros, sobre todo en los entierros donde más ha
debido hacerles sufrir a Fidel y Raúl la veneración mediática que viene
persiguiéndolos sin compasión. Porque hasta de ser amado se cansa uno. Y
sin embargo, ¿cómo hacerles saber a esos entusiastas devotos que en un
entierro el importante es el muerto, que ese día al menos el muerto es
el protagonista? Es una pregunta que muriéndose de vergüenza han debido
hacerse hasta durmiendo ambos jefes, sin hallar respuesta. Porque no la
hallarán. No podrían hallarla.

Antes, cuando Cuba no influía en los asuntos del planeta (y no es que
ahora lo haga demasiado), cuando todavía no era el oráculo del mundo de
los pobres que sueñan con la liberación, los periodistas eran unos
cuantos, un grupito alojado en dos asociacioncitas o cenaculitos
intrascendentes; pero hoy, dueña la nación de seis poderosos canales de
televisión, catorce telecentros, decenas de emisoras de radio a la largo
de Isla y cien o más publicaciones, medios que a diario, por onda larga
y corta, por la prensa plana y por Internet, difunden las victorias
obtenidas a diario en la agricultura, en la medicina, en la educación,
en los deportes, en la cultura, en la solidaridad de exportación, en el
fortalecimiento de los ideales patrios y en la lucha de las masas por la
liberación de Los Cinco, hoy, los periodistas cubanos son un ejército
cuya cola se pierde en el horizonte, aunque insuficiente todavía para
las grandes campañas que esperan al país.

Luego entonces, imposible llamar a los periodistas uno por uno para
decirles con el mayor afecto, con mucho tacto, con la mayor delicadeza,
que moderen sus desesperadas muestras de amor más allá de la muerte,
porque, de llamarlos, ambos líderes no tendrían tiempo para gobernar.

Y uno a uno tendrían que ser llamados, y discutir con algunos de ellos
días enteros, aprovechando la ventaja de ser dos contra uno, porque de
reunirlos a todos, sacarían menos. Los periodistas estarían en mayoría,
y amén del millonario gasto que una reunión así originaría en
transporte, alojamiento, comidas, etcétera, en los ocho o diez meses que
habría de durar, no sacarían nada. Nada.

Nunca faltaría el emocionado que al final, cuando ya parecía haberse
llegado a un tormentoso acuerdo, se aparecería, moción en mano y muchas
lágrimas, exigiendo volver a someterlo a votación, esta vez a mano
alzada, en cuyo caso ambos líderes irremisiblemente perderían, serían
derrotados por primera vez en una asamblea, precedente que en materia de
política si mencionarlo es malo, admitirlo sería peor, porque puede
crear hábito.

Por otro lado, ¿quién en los meses que duraría el franco, sincero y
apasionado diálogo de los dos ídolos con sus principales adoradores
informaría al pueblo de las victorias de la clase obrera cubana en su
avance hacia la consolidación del Socialismo, quién le orientaría en el
combate con el enemigo en este momento decisivo de la Batalla de Ideas?

¿Prohibir la veneración al Líder por decreto? La prensa cubana se
sentiría censurada. Y el enemigo, siempre en busca de caldos a medio
encender, a soplar la llamita con eso. De modo que, quieran o no, en
aras de la unidad, y del sagrado respeto a la libertad de palabra,
lentamente tendrán Raúl y Fidel que seguir muriéndose de vergüenza. Es
el precio.

El precio | DIARIODECUBA (4 February 2010)
http://www.ddcuba.com/cultura/articulos/2010/el-precio

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