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Botellón en La Habana

Botellón en La Habana

Cientos de jóvenes se reúnen el fin de semana en una calle de la capital
cubana, casi como en cualquier país | La calle G se anima a partir de
las nueve y hasta altas horas, en rigurosa división por edades y
tendencias | La policía multa a los chicos ¡por pisar el césped! y
vigila que el alcohol y las pastillas no hagan estragos

FERNANDO GARCÍA | La Habana. Corresponsal | 22/06/2009 | Actualizada a
las 03:31h | Internacional

Rockeros, góticos, emos, reguetoneros… Unos se dicen freakies sin
pasar de adeptos al rock. Otros se tienen por punkies, aunque su talante
es modosito. Algunos van de "vampiros", pero pronto se delatan como
ligones. Los menos se confiesan mickies, término equivalente a pijo y al
parecer derivado de Micky Mouse, ("ese muñequito estúpido", según los
anti-mickies). Unos pocos buscan jaleo, no importa de qué tribu sean
aunque la fama en eso la llevan los repas (reparteros, de reparto o
barrio). Y la mayoría parecen muy despistados: como los adolescentes de
cualquier otro país, sólo que con un plus de candidez.

Son los jóvenes de la calle G, el punto de reunión de cada fin de semana
en el habanero barrio del Vedado: lo más parecido al botellón pero con
las singularidades de Cuba, una isla peculiar pero cada día menos
aislada y resistente al invasor de la moda. El botellón cubano dura de
viernes a domingo. La animación empieza sobre las nueve de la noche y se
estira hasta el amanecer. Botellón, lo que se dice botellón, no es. Aquí
no hay litrona de cerveza, sino lata o botellín. Y se estila más el ron
con Tukola, la cola local, a veces en explosiva combinación con
pastillas o fármacos cuidadosamente seleccionados: en Cuba todo el mundo
parece llevar un médico dentro.

Los chavales deambulan por el bulevar, se sientan en un banco o en el
suelo, charlan (mucho), cantan y escuchan música: la que hacen ellos, la
que sale de un coche o la del mp3 de un privilegiado de la pandilla. Los
jóvenes habaneros van a G porque no tienen otro sitio donde ir. En la
capital faltan bares y discotecas: la revolución cerró la mayoría por
alguna razón, y los pocos que quedan resultan prohibitivos: con la
entrada y un par cervezas se va medio sueldo. El origen es parecido al
del botellón español, pero desde condiciones más difíciles.

"La calle es gratis", nos resume Jennifer Hernández. Ella es la teclista
del grupo rockero Escape y en su cuadrilla de esta noche están el
técnico de sonido y el productor del grupo, más una médico y una bióloga
amigas suyas. Todos tienen entre 25 y 26 años. Son "los viejos" del
lugar, que pueblan la parte alta de una avenida perfectamente
estratificada por edades y tendencias: arriba, los veteranos que
fundaron la zona hace unos diez años, muchos de ellos músicos; abajo, a
partir del cruce con la calle 23, "todos los demás, que fueron viviendo
al ver que nuestra idea no era tan mala", dice Jennifer con orgullo.

En las dos noches de nuestra fascinante incursión en G, la paz es casi
absoluta. Hay un murmullo general de volumen tolerable salteado por
ocasionales serenatas de calidad variable. Grupitos de policías
uniformados piden papeles y, a veces, ponen multas a los chicos ¡por
pisar el césped! "Es que hay una flores tan lindas", ironiza una chica
señalando un insulso seto mientras con el índice se da golpecitos en la
sien.

También rondan el paseo algunos polis de paisano, nos sopla otra chica
en bajito. Ellos y algún que otro pastor baptista o evangelista que
vienen a captar almas descarriadas son los verdaderos freakies de G; los
únicos no integrados en una comunidad de tribus casi siempre pacíficas
aunque no siempre tolerantes entre si; sobre todo cuando el alcohol y
las pastillas hacen horas extra.

Los emos, muchos de ellos imberbes y caracterizados por su vestir
ceñido, sus zapatillas de marca Converse y por el cabello aplastado, son
el mayor blanco de críticas, insultos y algún guantazo de la
competencia. Su deliberada tendencia a la depresión y sus prácticas
autolesivas (les da por hacerse cortes en los brazos) no les han
granjeado grandes simpatías. "Marginamos a los emos por su falta de
conciencia; no saben de dónde vienen ni a dónde van", explica sin rubor
Jorge Álvarez, cantante de rock. Otro de su ramo, Dionicio, va más
lejos: "Yo les atacaría. Son gente superplástica y sin criterio".

Pero las disputas en G no suelen llegar a mayores y –según nos aseguran–
se han reducido: en parte por la presión de los vecinos y de sus cartas
en Granma, y en parte por la reciente y estratégica decisión de iluminar
a tope la calle. Ahora, esta orientación (eufemismo revolucionario de
orden o resolución) choca con las medidas de ahorro en el país, y la
autoridad busca para G un término medio entre la oscuridad cómplice y la
claridad delatora.

La venta de alcohol está prohibida en los garitos del paseo a partir de
las ocho: una medida entre inútil y absurda cuando en algunas cercanas
bocacalles se compra bebida sin problema. Además, muchos chavales se
traen las botellas de la tienda. Y no faltan vendedores clandestinos de
casi todo, incluso de vino que transportan en mochilas. La policía lo
sabe y lo persigue, pero su objetivo principal es que nadie se pase de
la raya: que no se repita el escándalo de la aparición de jeringuillas
en la zona, que hace algún tiempo disparó las alarmas.

¿A quién no le suena todo esto? Cuba también es la calle G. La Cuba que
va cambiando. La que cada vez es menos diferente.

Reivindicarse a sí mismos

Lo importante de la calle G es que existe y sobrevive, nos dice un
sociólogo cubano que ha estudiado el tema. Bajo estrecha vigilancia, sí,
pero ahí están las tribus de La Habana joven: toda una isla en un
sistema que siempre ocupó institucionalmente los espacios públicos.
Otras zonas de La Habana como la del hotel Capri, la heladería Coppelia
o Malecón a la altura de 23 –ésta última ahora tomada por los gays-
fueron en su día objeto de desalojos periódicos; incluso en G hubo
tentativas de limpieza. Pero hoy "se vislumbra un cambio de estrategia",
nos explican. Al fin y al cabo, los chicos de G no se muestran
especialmente reivindicativos ni parece que vayan a cuestionar
estructura alguna. Más bien se reivindican a si mismos; el derecho de
ser y de estar aquí juntos, escuchando música y tomándose algo. ¿Hablan
de problemas sociales? Seguro, pero "no mucho", dicen Jennifer Hernández
y sus colegas. "Aquí nos olvidamos de todo. No nos ponemos bravos.
Bastante tenemos con preocuparnos a cada rato de la comida, el
transporte, el dinero… De la vida. Aquí tratas de divertirte. Pensar en
sublevarse no tiene sentido. Además, nadie en su país está del todo
contento, ¿no?", preguntan. La respuesta corta es obvia. La respuesta
larga no cabe.

Botellón en La Habana (22 June 2009)
http://www
.lavanguardia.es/internacional/noticias/20090622/53729261288/botellon-en-la-habana.html

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