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La terrible catástrofe del pueblo cubano

Publicado el sábado 13 de diciembre del 2008
La terrible catástrofe del pueblo cubano
CARLOS ALBERTO MONTANER
Especial para El Nuevo Herald

"¿Cómo vamos a decir: ésta es nuestra patria, si de la patria no tenemos
nada? Mi patria, pero mi patria no me da nada, mi patria no me sostiene,
en mi patria me muero de hambre. ¡Eso no es patria! Será patria para
unos cuantos, pero no será patria para el pueblo (APLAUSOS). Patria no
sólo quiere decir un lugar donde uno pueda gritar, hablar y caminar sin
que lo maten; patria es un lugar donde se puede vivir, patria es un
lugar donde se puede trabajar y ganar el sustento honradamente y,
además, ganar lo que es justo que se gane por su trabajo (APLAUSOS).
Patria es el lugar donde no se explota al ciudadano, porque si explotan
al ciudadano, si le quitan lo que le pertenece, si le roban lo que
tiene, no es patria. Precisamente la tragedia de nuestro pueblo ha sido
no tener patria. Y la mejor prueba, la mejor prueba de que no tenemos
patria es que decenas de miles y miles de hijos de esta tierra se van de
Cuba para otro país, para poder vivir, pero no tienen patria. Y no se
van todos los que quieren, sino los pocos que pueden. Y eso es verdad y
ustedes lo saben (EXCLAMACIONES). Luego, hay que arreglar la República.
¿Aquí algo anda mal o todo anda mal? (EXCLAMACIONES DE: Todo)."

Fidel Castro Ruz. Camagüey, 4 de enero de 1959

Hace cincuenta años, el 1ro. de enero de 1959, Cuba, una no tan pequeña
isla del Caribe de 114,000 kilómetros cuadrados (mayor que Bélgica,
Holanda y Dinamarca combinadas), que entonces tenía unos seis millones
de habitantes y hoy tiene 11, apareció en la primera página de todos los
diarios importantes del mundo de una manera muy esperanzadora: el
dictador Fulgencio Batista, militar de mano dura con fama de corrupto
que ocupaba el poder desde 1952 como consecuencia de un golpe de Estado,
había huido del país.

Aquello fue una fiesta. El dictador había sido derrotado por un
movimiento guerrillero encabezado por un joven abogado llamado Fidel
Castro y una pintoresca tropa de improvisados combatientes barbudos que
aportaban a los medios de comunicación y a la imaginación popular los
dos elementos más apreciados por cualquier periodista: unas imágenes muy
poderosas y un elemental relato de buenos contra malos. En ese país,
pensó todo el mundo, incluida la inmensa mayoría de los cubanos, la
justicia se había abierto paso a base de heroísmo y sacrificio.

De entonces a hoy ha pasado medio siglo, y aquel gobierno revolucionario
de 1959 continúa en el poder bajo la autoridad, esencialmente, de las
mismas personas que organizaron la insurrección contra Batista y luego
crearon una dictadura comunista. Este es un hecho insólito en la
historia política contemporánea. Las dos terceras partes de las personas
que pueblan el planeta han nacido después de que los hermanos Fidel y
Raúl Castro ocuparan el gobierno cubano. Sólo por la Casa Blanca han
pasado 10 presidentes norteamericanos y el undécimo, Barack Obama, ya ha
sido elegido. Es verdad que en América Latina ha habido dictaduras muy
largas, pero ninguna ha durado tanto tiempo. El paraguayo Alfredo
Stroessner estuvo 35 años en el poder, el dominicano Rafael Leonidas
Trujillo 31, y el venezolano Juan Vicente Gómez 27. Ninguno, ni
remotamente, se ha acercado a las cinco décadas: eso quiere decir que
tres generaciones consecutivas de cubanos no han conocido otra cosa que
el gobierno comunista.

Me propongo responder velozmente a seis preguntas clave que hoy se hace
cualquier persona interesada en explicarse este largo proceso histórico
conocido como "la revolución cubana'':

* ¿Por qué y cómo fue derrotado Batista por un puñado de jóvenes
rebeldes que carecían de adiestramiento?

* ¿Por qué Fidel Castro, su hermano Raúl, el Che Guevara y otros pocos
revolucionarios convirtieron a Cuba en una nación comunista?

* ¿Cómo fue la transformación de ese país a lo largo de este período?

* ¿Cuáles han sido las consecuencias reales de esos cambios para el
pueblo cubano?

* ¿Por qué el comunismo cubano no desapareció tras el colapso de la URSS
y sus satélites europeos a partir del derribo del Muro de Berlín en el 1989?

* ¿Qué sucederá cuando la dictadura cubana, como todas, llegue a su final?

De alguna manera, en las respuestas a esas seis preguntas hay un balance
completo de lo que fue, ha sido, y tal vez será lo que pomposamente
llaman "el proceso revolucionario cubano''.

El triunfo de la revolución
La caída y fuga de Batista en enero de 1959 fue un suceso raro, pero no
único en la violenta historia de Cuba. En agosto de 1933, 26 años antes,
otro dictador militar, el general Gerardo Machado, también había huido
del país tras una cruenta revolución armada impulsada por los
estudiantes y las clases medias, secundada en la fase final por el ejército.

Incluso, fue al calor de esos hechos y en la cresta de aquella
revolución que surgió Fulgencio Batista como un meteoro: de joven y
humilde sargento taquígrafo, pobre y mestizo, había pasado primero a
coronel, y luego a general y "hombre fuerte'' de la república,
presentándose como un líder de izquierda, muy cercano en su momento a
los comunistas, aunque capaz de entenderse muy bien con los
norteamericanos y de reorganizar el desorden institucional
posrevolucionario que existía en el país, operación que duró
aproximadamente siete años: desde 1933 hasta 1940. En ese año, en 1940,
se aprobó una constitución democrática que no permitía la reelección, y
Batista fue elegido presidente legítimo por los próximos cuatro años.

Sin embargo, el grueso de la sociedad, a tenor de los esquemas
revolucionarios de la época, comenzó a acercarse a un movimiento de
masas de corte socialdemócrata, llamado Partido Revolucionario Cubano
(Auténtico), que manejaba una retórica antiamericana y anticapitalista,
dirigido por un médico llamado Ramón Grau San Martín. En 1944 y 1948, en
dos elecciones consecutivas, ese partido "Auténtico'' gano limpiamente
los comicios, y parecía que una democracia de centroizquierda o
socialdemocracia se había estabilizado en el país. Precisamente, fue el
segundo de estos dos gobiernos auténticos, legítimamente presidido por
el doctor Carlos Prío Socarrás, quien fue derrocado por Batista.

El 10 de marzo de 1952, poco antes de las elecciones pautadas para ese
año y en las que –según las encuestas de la época– hubiera ganado el
Partido Ortodoxo (un desprendimiento de los auténticos), Batista dio un
golpe militar, el segundo de su vida, e interrumpió el curso democrático
del país.

Poco después comenzó la insurrección para desalojarlo del poder, más o
menos como había ocurrido contra Machado un cuarto de siglo antes:
atentados terroristas, ataques a cuarteles, asesinatos de militares,
conspiraciones políticas, y una severa crítica al gobierno en los medios
de comunicación. A todo esto respondió la dictadura de Batist
a con
asesinatos selectivos, torturas a los detenidos y censura esporádica y
persecución a los periodistas y políticos críticos.

Fue dentro de ese clima de crispación donde surgió Fidel Castro como uno
de los cabecillas de la insurrección, primero atacando sin éxito el
cuartel Moncada el 26 de julio de 1953 y, luego de pasar casi dos años
en la cárcel y un breve exilio en México, desembarcando en la isla.

¿Quién era Fidel Castro? Era un abogado joven, violento y carismático,
acusado a fines de los años 40 de crímenes políticos e intentos de
asesinato en la etapa democrática de Cuba, aunque nunca lo condenaron en
los tribunales. Se sabía que era confusamente radical y audaz, que
poseía una gran capacidad de intimidación frente a partidarios y
adversarios, de manera que impuso su liderazgo y se convirtió en la
cabeza más visible de una oposición dividida en varios grupos y dos
estrategias: los electoralistas, que deseaban salir de Batista por la
vía política, y los insurreccionalistas, que pretendían sacarlo a tiros
del poder. Fidel acabó imponiendo la línea dura: la lucha armada como
única estrategia válida y patriótica.

No obstante, el golpe definitivo contra Batista –como le había ocurrido
a Machado en 1933– fue la pérdida del apoyo de Estados Unidos. En abril
de 1958, el gobierno republicano de Ike Eisenhower, presionado por una
hábil campaña de los exiliados cubanos, decretó un embargo de armas al
gobierno de Batista para obligarlo a buscar una solución política a la
guerra desatada en el país.

Pero las consecuencias de ese embargo norteamericano de armas fueron
otras: en lugar de precipitar una salida pacífica al conflicto,
Washington provocó o aceleró el triunfo de los insurrectos. Los jefes de
las Fuerzas Armadas interpretaron, correctamente, que Batista había
perdido el favor de "los americanos'' y dieron por sentado que era un
régimen condenado a muerte, así que surgieron conspiraciones y
comenzaron a establecer relaciones secretas con Fidel Castro. Batista lo
supo y, convencido de que estaba rodeado de traidores, decidió escapar
de Cuba exactamente como había hecho el general Machado en 1933 y por
más o menos las mismas razones. Cuando huyó del país, el 90 por ciento
de las fuerzas armadas y el 95 por ciento del territorio teóricamente
seguían bajo su control. Pero él y su gobierno estaban profunda e
irremediablemente desmoralizados. Por eso perdieron el poder.

Rumbo al comunismo
Una vez ocupada la casa de gobierno, el verdadero Fidel Castro comenzó a
mostrarse a los cubanos y al mundo. Supuestamente, la revolución se
había llevado a cabo para restaurar la democracia y las libertades
individuales garantizadas en la Constitución de 1940 y conculcadas por
Batista. Pero el hombre que había asegurado varias veces que no era
comunista, muy rápidamente, en apenas dos años, comenzó a confiscar las
empresas privadas nacionales y extranjeras, se acercó a los soviéticos,
atacó a Estados Unidos con gran vehemencia, nacionalizó sin compensación
las propiedades de las compañías nacionales y extranjeras, muchas de
ellas pertenecientes a norteamericanos y españoles, se apoderó de los
medios de comunicación y estableció un gobierno de partido único.

¿Por qué lo hizo? Fundamentalmente, porque desde sus años universitarios
Fidel Castro había desarrollado simpatías por las ideas comunistas y un
odio sin límites contra Estados Unidos. Esa tendencia se había reforzado
a partir de su contacto en México en 1956 con el argentino Ernesto
Guevara, conocido como el Che, también de convicciones comunistas,
doctrinariamente mejor formado que Fidel en el marxismo, y los dos,
además, recibían el aliento de Raúl Castro, hermano menor de Fidel,
afiliado a las juventudes comunistas cubanas desde 1953, aunque sin
demasiado interés en las cuestiones teóricas del marxismo.

¿Cómo Fidel Castro y un puñado de seguidores fanáticos pudieron llevar a
los cubanos a una dictadura marxista-leninista y colocar al país en la
órbita soviética, si los comunistas apenas tenían simpatías en la
sociedad y jamás alcanzaron el cinco por ciento de apoyo electoral? Eso
pudo ocurrir porque los cubanos, en general, aunque distaban mucho de
tener simpatías por los comunistas, tampoco sentían mucho respeto por
las instituciones republicanas, tal vez porque la clase política
tradicional, a su vez, había dado muestras de muy poco respeto por el
imperio de la ley. Los cubanos, en suma, se llamaban revolucionarios con
un tinte de orgullo, y esperaban ansiosamente a que un líder bien
intencionado, rodeado de otros como él, estableciera en el país el reino
de la justicia y la equidad. Ese Mesías era Fidel Castro y sus apóstoles
eran los barbudos que lo obedecían, de manera que una buena parte de la
sociedad se entregó en sus manos sin medir las consecuencias de ese acto
de fe ciega en el caudillo venerado.

Naturalmente, en los primeros años hubo una gran resistencia popular a
la entronización del comunismo en Cuba, con alzamientos campesinos
generalmente protagonizados por guerrilleros que habían luchado contra
Batista, y una invasión de exiliados en abril de 1961 auspiciada por el
gobierno norteamericano (unos 1,500 hombres que desembarcaron por Bahía
de Cochinos y fueron derrotados en 48 horas), pero Fidel Castro, a base
de mano dura, leyes draconianas, numerosos fusilamientos, una gran
determinación y mucho armamento soviético, logró sortear todos esos
obstáculos iniciales, se apoderó del aparato productivo, encarceló o
puso en fuga a la mayor parte de sus adversarios, consiguió liquidar a
la oposición y consolidó la dictadura. A mediados de la década de los
setenta, casi veinte años después del triunfo revolucionario, todavía
había en la cárcel unos 40,000 presos políticos, se habían llevado a
cabo unos 7,000 fusilamientos y más de un millón de personas se habían
exiliado.

Por supuesto, nada de esto hubiera sido posible sin la ayuda soviética.
Moscú vio en la revolución cubana una oportunidad de conseguir un aliado
situado a pocos kilómetros de Estados Unidos, lo que le daba una gran
fuerza dentro de los esquemas de la guerra fría, así que, además de
armar y adiestrar a las Fuerzas Armadas cubanas, a partir de mediados de
1961 comenzó a desplegar en la isla unos 40,000 soldados y oficiales
soviéticos, mientras colocaba sigilosamente misiles atómicos capaces de
destruir en pocos minutos las principales ciudades norteamericanas.

Descubiertos estos cohetes en octubre de 1962 por la inteligencia
norteamericana, el gobierno de John F. Kennedy decretó el bloqueo
marítimo de Cuba y le exigió a Moscú la retirada de ese armamento, cosa
a la que se avino Nikita Kruschev, entonces Primer Ministro de la URSS.
Sin embargo, como parte de la negociación que puso fin a esta peligrosa
crisis, la Casa Blanca aceptó no invadir a Cuba directamente, ni
permitir que otra nación latinoamericana l
o hiciera.

Si la fallida invasión de Bahía de Cochinos de abril de 1961 había
provocado el fin de la resistencia armada cubana contra el comunismo, el
acuerdo Kennedy-Kruschev de octubre de 1962 tuvo el efecto de garantizar
que Estados Unidos no intentaría liquidar violentamente al gobierno de
Castro, compromiso que resultó reforzado un año más tarde, tras el
asesinato en Dallas de John F. Kennedy. El gobierno cubano desde
entonces tuvo vía libre para crear una sociedad comunista prácticamente
sin oposición.

La creación de una sociedad comunista
En octubre de 1960 se produjo la confiscación y estatización de todas
las empresas medianas y grandes del país. A partir de ese momento
comenzó a marcha forzada la construcción de un Estado comunista en el
que el gobierno controlaba la mayor parte del aparato productivo.

Casi toda la propiedad agraria fue a parar a manos del gobierno,
entonces dispuesto a convertir a Cuba en un emporio azucarero aún mayor
de lo que entonces era.

En el orden comercial e industrial sucedió lo mismo. En 1959, en Cuba se
fabricaban unos 10,000 productos y existía un denso tejido comercial en
manos privadas. El Estado confiscó todas esas empresas y decretó la
industrialización forzosa del país. Cuba saltaría sobre las previsiones
de Marx y construiría el comunismo sin pasar por la etapa del
capitalismo desarrollado. ¿Cómo? Lo haría bajo la dirección de Fidel
Castro y el Che Guevara, con el ímpetu revolucionario del hombre nuevo,
movido por resortes emocionales y no por recompensas económicas.

La consecuencia de aquellos planes improvisados, casi todos basados en
la afiebrada imaginación de Fidel Castro, fue la quiebra financiera del
país, una reducción sustancial de la capacidad de consumo de los
cubanos, y el fracaso de lo que se llamó el ''idealismo
revolucionario'', inaugurándose a partir de 1970 una total sovietización
del modelo administrativo cubano, mediante el calco, a partir de ese
momento, de cuanto se hacía en Moscú. Lo que entonces se dijo era que
terminaba la etapa del "gobierno carismático unipersonal'' y se pasaba a
la era del "pragmatismo institucional'' guiado por el Partido, algo que,
en realidad, nunca sucedió porque Fidel mantuvo totalmente las riendas
del poder en sus manos.

Paradójicamente, el desastre económico provocado por la revolución no
impidió que una de las principales funciones del gobierno fuera tratar
de crear en todas partes regímenes similares al forjado en Cuba. En
América Latina, prácticamente todos los países, con la excepción de
México, ya fueran dictaduras o democracias, sufrieron las intervenciones
militares cubanas, directa o indirectamente, y Cuba se convirtió en el
santuario de guerrilleros y subversivos de todas partes del mundo,
incluidos los terroristas vascos de ETA, los tupamaros uruguayos, los
montoneros argentinos, los macheteros puertorriqueños, los miricos
chilenos, el FMLN de El Salvador, los sandinistas nicaragüenses o los
narcoterroristas de las FARC colombianas. Dentro de esa atmósfera de
aventurerismo y violencia fue que en 1967 el Che Guevara perdió la vida
en Bolivia tras haber intentado crear guerrillas en el Congo pocos años
antes.

Las consecuencias del comunismo
En el terreno económico, las consecuencias del establecimiento del
comunismo desataron también una terrible catástrofe. Paulatinamente,
Cuba dejó de ser una de las naciones más prósperas de América Latina
para convertirse en una de las más pobres e improductivas, pese a haber
contado durante treinta años con el masivo subsidio de los soviéticos,
calculado en algo más de $100,000 millones. Ello ha provocado una
disminución notable de la calidad de vida de los cubanos y un visible
deterioro de sus condiciones de vida en los cinco renglones básicos de
cualquier sociedad moderna: alimentación, vivienda, agua potable,
comunicaciones y transporte.

El comunismo pudo, incluso, diezmar la industria azucarera, provocando
que a principios del siglo XXI el país produjera la misma cantidad de
azúcar que a fines del siglo XIX, cuando no existían la electricidad o
los tractores y el país tenía la décima parte de la población con que
hoy cuenta.

La educación masiva universitaria ha generado un número importante de
graduados, unos 800,000, entre los que hay 65,000 médicos y millares de
ingenieros, convirtiendo a Cuba en el país latinoamericano con mayor
capital humano con arreglo a la población. Sin embargo, ese alto nivel
educativo aumenta la frustración de la población, en la medida en que
las personas comprueban que la educación y el esfuerzo individual no
traen aparejado un mejor nivel de vida, dado que el salario promedio de
los cubanos graduados en las universidades no excede los veinticinco
dólares mensuales.

Pese a la penuria general en la que viven los cubanos, sometidos al
racionamiento y a las mayores carencias, el país posee un extendido
sistema de salud, atendido, en general, por médicos competentes, dato
que se confirma en los buenos índices sanitarios en materia de criaturas
nacidas vivas, longevidad y morbilidad. Lamentablemente, junto a esta
estructura médica, hay una casi total carencia de medicinas, equipos y
material, al extremo de que los pacientes muchas veces tienen que llevar
sus propias sábanas y en los salones de cirugía faltan el hilo de sutura
y los jabones, mientras suele escasear hasta la anestesia.

Tal vez en el deporte es donde la revolución ha cosechado sus mejores
frutos. No hay otro país latinoamericano, incluidos Brasil, México y
Argentina –los tres grandes de América Latina–, que hayan obtenido
tantas medallas como Cuba en los torneos internacionales. Sin embargo,
junto a esa innegable verdad está la de un Estado que se proclama dueño
de la voluntad y la vida de sus atletas y no los deja salir al exterior
a convertirse en profesionales y perseguir sus propios fines, lo que
provoca el espectáculo grotesco de jugadores de béisbol que tienen que
escapar en balsa para poder desarrollar su potencial deportivo como
libremente hacen los atletas del resto del mundo.

Cómo se sostiene el sistema
Si el balance final de medio siglo de comunismo cubano, objetivamente,
es tan negativo como se desprende de este recuento, ¿por qué el régimen
de los Castro ha sido uno de los pocos que sobrevivió a la debacle que
acabó con la URSS y sus satélites, pese a que este episodio significó,
además, el fin del cuantioso subsidio soviético a Cuba en 1991, entonces
calculado en $5,000 millones anuales y la caída súbita de la capacidad
de consumo de los cubanos en un cuarenta por ciento?

Según el gobierno de La Habana, esa capacidad de resistencia se debe a
la adhesión casi unánime de los cubanos al régimen, y al origen
autóctono del comunismo cubano. De acuerdo con esta explicación, no fue
un sistema impuesto por el Ejército Rojo como los que existían en
Europa, sino el resultado de una revolución surgida de la voluntad del
propio pueblo.

Sin embargo, tal vez la razón sea otra. El
régimen ha resistido porque
Fidel y Raúl Castro no permitieron la menor fisura que pudiera poner en
peligro el control que ejercen sobre absolutamente todas las
instituciones y órganos del poder, como sucede en Corea del Norte, país
que tampoco modificó su modelo esencialmente estalinista y tampoco ha
visto cambios sustanciales. En Cuba no hay espacio para la discrepancia
organizada en ninguna zona del poder. Ningún funcionario puede expresar
un criterio discrepante sin ser inmediatamente apartado de su cargo y,
en el mejor de los casos, condenado al ostracismo. El Partido, el
aparato administrativo, los militares y la policía, la prensa, los
jueces y fiscales: absolutamente todos los órganos de gobierno están en
las manos de los Castro y no existe el menor vestigio de instituciones
independientes.

El postcomunismo
En todo caso, lo probable es que con la desaparición de los hermanos
Castro el comunismo cubano llegará a su fin. ¿Por qué? Por cuatro
razones básicas:

* Porque en Cuba no hay otro heredero y las instituciones del sistema
–el Partido y el Parlamento fundamentalmente– son cascarones vacíos,
carentes de cualquier elemento de legitimidad que les permita transmitir
la autoridad de una forma aceptable para el conjunto de la sociedad y
para la propia estructura de poder.

* Porque esa estructura de poder ya no cree en el sistema, como
confirman una y otra vez los desertores de alto rango o los familiares
de los dirigentes que logran salir del país. Medio siglo de fracasos es
un periodo demasiado largo para que cualquier persona medianamente
inteligente pueda mantener la fe en ese minucioso desastre.

* Porque un país no puede excluirse permanentemente de la influencia de
su entorno. Tras la desaparición de la URSS y la conversión de China a
un capitalismo salvaje de partido único, el comunismo dejó de ser una
opción viable en el mundo contemporáneo. Cuba no puede ser
permanentemente la excepción marxista-leninista en una época en la que
ese modelo se extinguió por su propia crueldad e incapacidad.

* Porque los cubanos saben que hay salida a la crisis. No ignoran que en
el momento en que comience la transición el país va a recibir una ayuda
caudalosa de Estados Unidos y del resto del primer mundo, lo que
permitirá que la sociedad vea a muy corto plazo las consecuencias
positivas del cambio.

Obviamente, la recuperación de Cuba no será sencilla, como no lo ha sido
en ninguno de los países que abandonaron el comunismo en Europa, pero la
infusión de capital económico, junto al notable capital humano con que
cuenta la isla, aunados tras un cambio de sistema, auguran un futuro muy
prometedor para los cubanos si consiguen un grado razonable de sosiego
político. Cuando se llegue a ese punto, va a parecer casi inexplicable
que durante 50 años tres generaciones de cubanos vieron cómo sus vidas
se consumían al calor del error, la dictadura y la sinrazón de la
revolución cubana.

http://www.elnuevoherald.com/noticias/america_latina/cuba/story/339278.html

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