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Una clase en extinción

Sociedad
Una clase en extinción

El mismo país que importa el 90% de la alimentación básica, deja el
marabú crecer y desestimula la producción independiente con imposiciones
políticas.

Yodel Pérez Pulido, Camagüey

lunes 11 de junio de 2007 6:00:00

En 1956, cuando Fidel Castro desembarcaba en Las Coloradas e iniciaba la
ofensiva final contra el régimen de Batista, la realidad era obvia. La
población trabajadora agrícola, que se podía calcular en 2.100.000,
tenía un per cápita anual del 10% de los ingresos nacionales, según
estudios realizados entre los años 1956 y 1957 por una organización
llamada Agrupación Católica Universitaria (ACU), cuyo material ha sido
reeditado recientemente en Estados Unidos.

Testimonios verídicos y la historia misma de la Isla atestiguan que tan
desesperante situación, alongada por las paupérrimas condiciones de
vida, fue la que llevó a los campesinos a apoyar firmemente a los
"rebeldes" que les prometieron un futuro mejor.

Sin embargo, repasando la historia más reciente, otra realidad resulta
mucho más sobresaliente. El campesinado, ese que confió con absoluta
certeza en la guía de Fidel Castro, padece un exterminio notable y, como
especie exótica, peligro de extinción.

De primeros… a últimos

Cuba escribe su presente de una manera diferente. Cada día la tierra
produce menos y se eliminan importantes fuentes de autoabastecimiento
agrícola. La era de la exportación y formación de médicos en masa y una
"batalla de ideas" que sepulta las pírricas aspiraciones al desarrollo,
predominan. El campesinado ha sido obligado a mirar con desdén su otrora
espacio. Cada día quedan menos productores individuales y los que
subsisten apenas obtienen ganancias de lo que cosechan.

En la Isla, más del 50% de las tierras dispuestas para la agricultura
están ocupadas por las Unidades Básicas de Producción Cooperativa
(UBPC), en tanto las Cooperativas de Producción Agropecuaria (CPA)
ocupan el 10% y las de Créditos y Servicios (CCS) el 11,5%.

Todas estas organizaciones son propiedad gubernamental. En un reciente
discurso, Orlando Lugo Fonte, presidente de la Asociación de
Agricultores Pequeños (ANAP), no ha podido negar que la fuerza estatal
domina el 88% de la producción de maíz y frijoles, el 80 de los
frutales, el 62 de las hortalizas, el 95 del tabaco y el 70 del café.

Junto a ellas coexisten las granjas militares, que, en otro por ciento
nada despreciable de tierras, producen todo el alimento que mantiene al
Ejército. Garantizan, de cierta forma, su autoabastecimiento.

Los campesinos independientes, que se resisten a integrar las
organizaciones de producción colectiva, cosechan sus producciones en
menos del 3% de la tierra cultivable del país.

Con la aparición, hace más de 10 años, de los Mercados Agropecuarios,
numerosas han sido las medidas para intentar frenar la "corrupción" y el
"mercado ilícito" entre productores y revendedores. Las ya mencionadas
instancias estatales son las campeonas en "hechos delictivos" y "desvío
de recursos".

No obstante, la realidad confirma que quien tiene menos derecho a vender
en los indispensables agromercados, es el campesino independiente. Los
costos de su producción, para la que tiene que inventar cómo obtener la
mejor semilla, el transporte y los productos biológicos, hacen inviable
un intercambio comercial que ha ido desapareciendo.

Un informe del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, publicado por
el semanario Trabajadores, deja entrever, casi en tono de victoria, que
sólo permanecen en esta mínima forma de producción independiente 3.857
campesinos en todo el país. La cifra, mucho más abultada hace tan sólo
algunos meses, llegó a estos niveles con el colapso de la industria
azucarera y con la casi total desaparición del campesinado cañero. El
boniato, la yuca, la calabaza…, productos de ciclos muy cortos, son
ahora las pocas y casi únicas fuentes con que subsisten los que viven en
y del campo.

Las producciones son compradas por las cooperativas estatales a precios
irrisorios, y luego vendidas a la población por el doble de su valor real.

Muchos campesinos optaban, hasta hace muy poco, por trasladar sus
producciones a otros territorios. La policía económica, sin embargo,
prohibió a los transportistas privados conducir sus camiones si estos
cargaban productos agrícolas. Además de eso, quedó implantado un
decreto-ley que impide el trasiego de viandas, hortalizas o frutas fuera
de la localidad donde son cosechadas.

Tales medidas no tienen otra intención que obligar a los productores
particulares a vender sus cosechas al Estado o, en caso peor, a
olvidarse de la tierra y de sus frutos, para no pagar las multas de casi
1.500 pesos establecidas para los casos de violación de dichas
prerrogativas. No por gusto la disminución de la población rural se
estima en casi un 50%.

Campesinado político

Lo cierto es que una nueva especie de campesino está surgiendo. Las
noticias del sector ya no se basan en éxitos productivos, y mucho menos
en abastecimientos agrícolas para los ciudadanos.

Los hijos de los campesinos casi son obligados a abandonar el campo e
irse a la ciudad para convertirse en "trabajadores sociales",
"instructores de arte" o cuanto invento académico y compromiso político
se difunde y crea en el país.

Los campesinos de hoy, muy distintos a los de otrora, que rara vez se
involucraban en cuestiones políticas si un pedazo de tierra era legítimo
para sembrar, son más elogiados si ponen su palabra en favor de la
libertad de los cinco espías presos en Estados Unidos, la condena a
Posada Carriles o en apoyo a las "reflexiones" del Comandante.

Un repaso breve por la prensa oficialista del pasado 17 de mayo, "día
del campesino", hace legítimo ese fenómeno de cambio. Los reportajes no
hablan de aumento en la producción, rebajas en los precios, ni de
incentivos…

Un país que prácticamente no produce nada y que importa el 90% de la
alimentación básica, que olvidó lo que son las plantaciones de maíz,
desarmó centrales azucareros y los ensambló en Venezuela y Bolivia, para
dejar sin empleo ni esperanza a miles de obreros agrícolas, que deja al
marabú crecer y campear en tierras cultivables; obliga a su sector
campesino a apoyar la demanda castrista de frenar la producción de
biocombustibles y convertir el campo en una universidad gigante, masiva,
mediocre…

Aquel sector de la sociedad que confió en una era mejor, a partir de
1959, sufre un lamentable proceso de extinción. Y lo peor, un
agotamiento casi total de su capacidad productiva en virtud de la
elevación del adoctrinamiento político gastado, pero en el que la
Revolución Cubana fija su angustioso devenir.

http://www.cubaencuentro.com/es/encuentro-en-la-red/cuba/articulos/una-clase-en-extincion/(gnews)/1181534400

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