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Jugando a la disciplina

Sociedad
Jugando a la disciplina

El Estado endurece los reglamentos laborales y deroga las flexibilidades
dejadas por la crisis de los 90, todavía vigente.

Federico Fornés, Ciudad de La Habana

viernes 10 de noviembre de 2006 6:00:00

Anarcha B. es una técnico en informática que recorre la ciudad de este a
oeste para acudir a su trabajo. La mayoría de las veces llega tarde,
pero su jefe se hace el de la vista gorda.

“El transporte que teníamos se rompió, las guaguas están pésimas y las
botellas [autostop] no siempre funcionan”, alega la joven empleada,
quien acepta la lejanía de su empresa por los diez cuc (250 pesos) que a
fin de mes recibe sobre su salario.

A partir del 2 de enero del 2007 las cosas podrían cambiar para Anarcha
y la compasión de su jefe tornarse en sanciones. Al menos técnicamente.

Esa fecha marcará la entrada en vigor de las resoluciones 187 y 188 del
Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, un cuerpo de obligaciones,
regulaciones, prohibiciones y correctivos que intentará poner orden
donde siempre ha sido escaso: el mercado laboral cubano, lastrado desde
hace décadas por una metástasis de indisciplina, desidia y corrupción
para muchos incurable.

Las nuevas disposiciones son actualmente discutidas por los trabajadores
que deberán adecuarlas a las características particulares de sus
empresas, servicios y oficinas, pero sus lineamientos generales quedarán
incólumes.

“Por carecer de relojes para marcar las entradas y las salidas, en
muchos centros se recurre a una persona que lleve el control o un
listado, lo cual en el 95 por ciento de los casos no funciona por
amiguismo o sociolismo”, observó la profesora Victoria Menéndez en carta
abierta a la revista Bohemia.

En efecto, uno de los escollos que enfrentan las resoluciones es la
falta de tecnología para hacerse valer.

La crisis de los 90 dio cuenta de buena parte de los relojes
marcatarjetas y es evidente que el Estado no invertirá en comprar
nuevos. La alternativa fue poner tal dato en manos de los jefes de área,
lo cual, como se queja la profesora Menéndez, resulta inoperante.

Pero aún antes de la debacle económica de fin de siglo, descrita
oficialmente como período especial, muchos se las ingeniaban para
alterar las tarjetas y, más aventurados, hasta los propios relojes.

Si tal cosa fallaba, entonces se apelaba a la aquiescencia de los
superiores. No siempre se tenía éxito y eran comunes las sanciones, unas
más benevolentes que otras. El paternalismo casi siempre funcionaba para
las llegadas tardías, que si sumaban tres injustificadas, entonces
“había que tomar medidas”.

El fenómeno no es privativo de Cuba. En México, la Volkswagen tuvo que
acudir en 1999 a un sistema de lectores inteligentes de códigos de
barras y credenciales plásticas para poner fin a los fraudes. Esa
sofisticación es impensable para nuestro país.

De la a a la n se mueven los incisos de las obligaciones, casi todas
violadas a diario.

Entre ellas la de asistir puntualmente al trabajo; permanecer en su
puesto y no abandonarlo sin el previo conocimiento y autorización de su
jefe inmediato, cumplir el horario establecido para la alimentación y
las pausas de descanso.

El anecdotario de las infracciones es alucinante. “En medio de un
electrocardiograma el técnico me dejó solo en el cuarto y regresó a los
45 minutos” —cuenta un paciente aquejado de insuficiencia coronaria.
“Estaba sacando un turno médico a mi hermana”, se excusó el paramédico a
la vuelta.

Otra de las disposiciones es observar la estricta discreción con
respecto a las labores que se realiza y a los documentos e informaciones
que se utilizan en el desempeño del trabajo, no divulgando su contenido
sin la autorización correspondiente. El asunto no es nuevo y ya se
conoce como “secretismo estatal”.

Entre las obligaciones está la de no permitir el robo o la malversación
de recursos —una práctica cotidiana en la isla— e informar , en el marco
de setenta y dos horas, el cambio de domicilio o cualquier otro
efectuado por el área de atención del Comité Militar de su residencia.

Las prohibiciones son igual de profusas y desoídas. Una de ellas, la j,
hará más engorrosa la economía personal de Jacinto B, pues no permite
realizar actividades comerciales o de servicios por cuenta propia dentro
de la entidad laboral.

Como muchos, este mensajero de empresa lleva siempre algo para vender.
Ya sean litros de yogourt a veinte pesos, calcetines Adidas
—falsificados— a dos cuc o gorras Nike a diez cuc, “el caso es mover la
mercancía, sea lo que sea”, dice el empleado cuyas ventas al detalle
triplican o cuadruplican su sueldo mensual .

“Ahora tendré más cuidado, pero aquí todos compran, desde la mujer del
director hasta la moza de limpieza”, reconoce.

Otra de las ordenanzas censura uno de los fenómenos más extendidos en la
Isla: el consumo de alcohol e incluso advierte sobre las drogas, al
establecer como punible que un trabajador acuda a su empleo “bajo los
efectos de sustancias psicotrópicas”.

Si el consumo de estupefacientes es un hecho bajo asedio gubernamental a
partir de los 90 —sobre todo en los sectores juveniles— no menos lo es
el consumo de pornografía, incluso infantil, a través de la Internet.

La red de redes se introdujo en Cuba en 1996, previa autorización de
Estados Unidos, pero su expansión en el sector estatal no se produjo
hasta entrado el nuevo siglo, siempre bajo controles electrónicos. Nadie
accede sin identificación y clave previamente registradas.

Sólo el dos por ciento de la población posee computadoras personales en
sus hogares y de ese total una irrisoria cantidad se conecta a Internet
mediante contratos con servidores locales. Quien burle las disposiciones
incurre en delito y podría pagar multas y hasta perder el ordenador.

El inciso h de la resolución 188 que entrará en vigor en enero próximo
considera como una grave infracción introducir en la computadora
archivos, imágenes u otros ficheros que contengan pornografía, juegos
prohibidos y documentos falsos o permitir que otro lo realice.

No son pocos los casos de expulsiones de empleados por bajar material
pornográfico desde Internet o recibirlo por correo electrónico.

En la mayoría de estos episodios el móvil ha sido el placer individual.
Todavía el negocio de la pornografía es larvario en la Isla dado el
escaso mercado consumidor ante el poco número de ordenadores personales
o equipos digitales audiovisuales en poder doméstico.

“Cuando usted lee las resoluciones se da cuenta que está tipificando la
contravención, el delito, la anormalidad y las tendencias negativas”,
comentó recientemente un periodista en la radio.

El comunicador se quejaba de tanta corrupción laboral. “¿Hasta cuándo
este país puede seguir acomodando, no a sus mejores hijos, sino a sus
peores?”, preguntó
indignado.

A la pregunta muchos responden alegando que los salarios —pese a los
incrementos— siguen siendo volátiles y por tanto para nada estimulantes.

“Ellos hacen como si nos pagaran y nosotros hacemos como que
trabajamos”, tipifica el dilema un inspector de transporte. “Puro
teatro”, dice recordando el bolero cantado por la Lupe, a quien, por
demás, nunca ha escuchado.

URL:
http://www.cubaencuentro.com/es/encuentro-en-la-red/cuba/articulos/jugando-a-la-disciplina

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