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El papel de Cuba en el narcotrafico

Historia
El papel de Cuba en el narcotráfico

Contrabando, juego y consumo de drogas en la Isla entre los años veinte
del pasado siglo y comienzos de la revolución.

Eduardo Sáenz Rovner, Bogotá

lunes 26 de junio de 2006 6:00:00

Nota introductoria de la periodista Tania Quintero

Cuando en julio de 2002 el doctor Eduardo Sáenz Rovner, profesor titular
de la Facultad de Ciencias Económicas e investigador del Centro de
Estudios Sociales de la Universidad Nacional de Colombia, decidió
tomarse un año sabático, probablemente no pensó que el resultado de esos
doce meses le llevaría a la elaboración de un libro valiosísimo. El
volumen marca un antes y un después en un tema tan enjundioso como
escabroso: narcotráfico, contrabando y juego en Cuba entre los años
veinte y comienzos de la revolución.

Con 278 páginas y editado en 2005 por la Colección CES de la Universidad
Nacional de Colombia, La Conexión Cubana es hoy un texto imprescindible
para quienes con seriedad y equilibrio se hayan propuesto estudiar Cuba,
su pasado, presente y futuro.

A partir de una información aparecida en la prensa en 1956, Sáenz decide
adentrarse en archivos, bibliotecas y centros de documentación de tres
países. Vencidos ciertos escollos, logra investigar sin problemas en La
Habana, aunque el dogmatismo y la burocracia se lo impiden en Camagüey.
En Miami y otras ciudades estadounidenses puede trabajar con entera
libertad y más cómodamente. En su país recibe el calor y apoyo
necesarios para redactar el libro.

La saga sobre el narcotráfico, contrabando y juego en Cuba, que abarca
casi todo el siglo XX, no termina con La Conexión Cubana. El autor ha
retomado la investigación y en una segunda obra mostrará el desarrollo
de las redes de narcotraficantes cubanos y colombianos a partir de las
décadas del sesenta y setenta.

Entretanto, les ofrecemos un avance del libro, resumido en una
conferencia impartida en 2004 por el profesor Sáenz en México:
——————————————————–

A finales de diciembre de 1956, y con un cargamento de heroína evaluado
en 16.000 dólares, fueron capturados en La Habana los hermanos Rafael y
Tomás Herrán Olozaga. Rafael era químico, Tomás era piloto, y eran
hermanos gemelos originarios de Medellín, Colombia. También fueron
arrestadas dos mujeres colombianas, una de ellas había ayudado a
introducir la droga en Cuba, la segunda era la esposa de Tomás y
operaria como “courier” hacia Estados Unidos, aprovechando que era
estudiante universitaria en Filadelfia. Con los colombianos fue
capturado Antonio Botana Seijo, de nacionalidad cubana.

Los Herrán Olozaga confesaron que ya habían llevado drogas a Cuba en el
pasado, aparentemente estaban en el negocio desde 1948. Después de su
captura, todos, exceptuando Tomás, salieron baja fianza y se fueron para
Mérida. Tomás, aparentemente el jefe de la banda, estuvo un año preso en
Cuba y una vez libre regresó a Medellín. En febrero de 1957, agentes del
Servicio de Inteligencia de Colombia, ayudados por un oficial
antinarcóticos de Estados Unidos, allanaron el laboratorio de los Herrán
en las afueras de Medellín.

Los hermanos Herrán Olozaga provenían de la élite colombiana. Su
tatarabuelo y bisabuelo, Tomás Cipriano de Mosquera y Pedro Alcántara
Herrán, habían sido presidentes de la República durante el siglo XIX. Su
abuelo, Tomás Herrán, nacido en el Palacio Presidencial, firmó el
frustrado tratado para la construcción del Canal de Panamá en 1903. El
padre de los Herrán Olozaga fue cónsul de Colombia en Hamburgo y se casó
con una mujer emparentada con el principal clan de industriales de Medellín.

Los hermanos Herrán Olozaga fueron los pioneros en el procesamiento y
tráfico de drogas entre Medellín y Cuba y Estados Unidos a mediados del
siglo XX. Sus actividades en Cuba me llevaron a tratar de seguirles la
pista en el fondo del Departamento de Justicia de los Archivos
Nacionales de Estados Unidos y en el Archivo Nacional de Cuba.

La cantidad de información que encontré sobre el narcotráfico, el juego
y el contrabando en Cuba me llevaron a otra investigación, algunos de
cuyos resultados presento en esta conferencia.

La dinámica economía de Cuba tuvo una gran integración a las corrientes
migratorias y el comercio internacional durante las primeras décadas del
siglo XX. El desarrollo de las comunicaciones tanto marítimas como
aéreas contribuyó al contrabando y al narcotráfico. Los grupos de
narcotraficantes eran locales, compuestos primero por inmigrantes
radicados en Cuba, eventualmente por cubanos. Estos inmigrantes
desarrollaron redes con Europa, el Medio Oriente, Sudamérica y Estados
Unidos.

Cuba, por tanto, no fue una simple “víctima”, sino que jugó un papel muy
activo en el narcotráfico. De otra parte, la Isla tenía una herencia de
contrabando, un sistema ineficiente de justicia y una corrupción
rampante y generalizada.

Las personas condenadas por tráfico y consumo de drogas eran pobres,
pequeños traficantes o consumidores, generalmente de marihuana, o
inmigrantes chinos acusados de fumar opio. Los traficantes más
importantes de cocaína y morfina escapaban de la justicia y si eran
capturados salían bajo fianza.

II

Durante la prohibición del alcohol de los años veinte en Estados Unidos,
se llevaban grandes cantidades de licor de contrabando desde Cuba hacia
Norteamérica. El contrabando era principalmente de rones, aunque también
incluía vinos y otros licores. Había capitanes de barcos y tripulaciones
norteamericanas, aunque también había cubanos y marinos de otras
nacionalidades, como británicos y españoles.

El modo de operación de estos contrabandistas era cargar legalmente el
licor en Cuba (generalmente desde La Habana) y presentar un manifiesto
en el que declaraban como puntos de destino puertos generalmente en
Honduras, pero también en Belice, Guatemala, las Bahamas y México, para
en realidad dirigirse finalmente a la Florida, Luisiana, Georgia y Nueva
York.

La mayoría de las embarcaciones eran de bandera norteamericana,
británica, cubana y hondureña. Las naves que portaban esta última
nacionalidad pertenecían en realidad a los otros países y aparecían
matriculadas en Honduras para pretender una coartada supuestamente más
sólida. Cuando se les hacía un seguimiento, los capitanes de los barcos
recurrían a las mismas excusas: habían perdido su manifiesto o estaban
navegando a la deriva debido al mal tiempo o a daños en sus
embarcaciones. Los contactos en La Habana eran cubanos y
norteamericanos, quienes operaban a través de empresas comerciales
legales e incluso como agentes de aduana.

Las rutas de contrabando entre Cuba y Estados Unidos eran utilizadas
para el comercio ilegal de otros productos, como cargamentos de frutas
cubanas llevadas a la Florida, y cigarrillos norteamericanos
introducidos en la Isla. Y además, el trafico de narcóticos desde Cuba
hacia Estados Unidos corría paralelo al de licores.

Las
actividades de contrabando entre Norteamérica y Cuba se remontan por
lo menos al siglo XVIII. El historiador Manuel Moreno Fraginals señala
como el contrabando no tenía para muchos “una connotación delictiva”, de
hecho, varias ciudades debieron su prosperidad durante la Colonia al
contrabando.

En una comunicación de mediados de diciembre de 1924, la representación
diplomática norteamericana en Cuba informó: “La Habana se ha convertido
en la base principal para operaciones de contrabando (…) Cuba no es
solamente la base para el contrabando de licores, sino también para el
contrabando de narcóticos e inmigrantes ilegales”.

Droga e inmigración ilegal

El contrabando de inmigrantes ilegales entre Cuba y Estados Unidos era
principalmente de chinos, aunque también se reportaron numerosos casos
de contrabando de inmigrantes de diversas nacionalidades, desde
españoles hasta griegos y armenios, que se hacía en las mismas
embarcaciones del contrabando de licores.

Cuba se pobló con diferentes olas migratorias. Esto reflejaba su
composición étnica en las primeras décadas del siglo XX. Más de medio
millón de españoles, principalmente gallegos, asturianos y canarios,
constituían el 16 por ciento de la población de Cuba hacia finales de
los años veinte. Además, había numerosos residentes de origen chino,
jamaiquino, haitiano, árabe, norteamericano y europeo no español. Muchos
inmigrantes españoles prosperaron y se calcula que para 1932 casi 43.000
negocios estaban en manos de españoles en Cuba en diferentes ramos del
comercio, los servicios y la industria. Pero por encima de todo, los
españoles dominaban el comercio.

Las drogas ilegales venían inicialmente de Europa. Por ejemplo, se
reportó que dos barcos de la Compañía Transatlántica Española llevaban
narcóticos. Los barcos de esa compañía habían trasladado inmigrantes
españoles durante años en rutas que cubrían diferentes puertos españoles
antes de arribar al Nuevo Mundo. Los narcóticos provenientes de Europa
eran traídos también en buques alemanes e italianos. Estos narcóticos
provenían de Marsella, principalmente, y de Hamburgo.

El opio se llevaba a Cuba para el consumo de los chinos que vivían en La
Habana. Con la migración masiva de chinos a diferentes partes del mundo,
muchos emigrantes, generalmente solteros, pobres y solitarios, llevaron
el hábito de fumar opio a las tierras donde se establecieron.

Cuba fue el principal país latinoamericano receptor de inmigrantes
chinos. Entre 1847 y 1874 entraron por encima de 100.000 culies
(trabajadores con contratos de servidumbre) chinos a la Isla. Los chinos
fueron llevados para resolver un problema de oferta de mano de obra en
las haciendas azucareras. En una segunda oleada migratoria, esta vez de
personas libres, entre 1903 y 1929, llegaron alrededor de 20.000 chinos
a Cuba. Y aunque los inmigrantes chinos se encontraban por toda la isla,
La Habana se constituyó en su principal concentración urbana en las
Américas, después de San Francisco y Nueva York.

El Barrio Chino, versión habanera del Chinatown, creció y se consolidó
como punto de reunión de los asiáticos, aunque muchos de estos habitaban
y tenían sus negocios en diferentes puntos de la ciudad. Los chinos en
Cuba dominaban la distribución minorista de frutas y verduras, lo mismo
que otros negocios pequeños como la venta de comida y lavanderías.

Las estadísticas oficiales muestran que un alto número de los arrestos
por consumo de drogas en las primeras décadas del siglo se hacían entre
las personas de origen chino. Los reportes de la policía señalaban que
“los fumadores y viciosos del opio son casi todos chinos” y que de los
2.255 adictos por drogas ingresados al Lazareto del Mariel hasta 1936,
la mitad eran chinos.

Así como se usaba el opio entre los chinos, se consumía cocaína entre
grupos pudientes de personas blancas. En cuanto a la marihuana, aunque
se reconocía que se había expandido a diferentes clases, se subrayaba la
importancia de su consumo entre “malvivientes de color… procedentes de
los bajos fondos sociales”.

Hasta la década de los años treinta, la marihuana no se había
considerado un problema de salud pública en Estados Unidos. Se percibía
como un vicio de grupos étnicos minoritarios, bohemios, músicos de jazz,
marinos y otros elementos marginales de la sociedad. Cuando se empezó a
reportar que jóvenes anglos estaban consumiendo la yerba, comenzó una
presión por parte de grupos de educadores y comunidades religiosas para
ilegalizarla.

El mismo Buró Federal de Narcóticos estaba detrás de los esfuerzos para
criminalizar la marihuana, anunciándola como una droga que inducía a la
violencia entre quienes fumaban. Todas estas gestiones tuvieron éxito
cuando el presidente Franklin D. Roosevelt sancionó un decreto contra la
marihuana en 1937.

Curiosamente, y debido quizás a la legislación reciente y a las fuertes
campañas contra la marihuana en Estados Unidos, en Cuba se calificaban
sus efectos en peores términos que los efectos de otras drogas. “El más
maldito de los vicios”, lo llamó un autor, para quien los consumidores
de marihuana “sufren delirios furiosos (y cometen) no sólo gran número
de los delitos sexuales más atroces, sino los más violentos y feroces
crímenes”. Para otro, “la maldita yerba”, con la que “se embriaga sobre
todo la juventud”, era “una desgracia en nuestro país”. La marihuana era
uno de los principales vicios en Cuba, en compañía del alcohol, la
homosexualidad y “los placeres solitarios”.

‘El Gallego’ Fernández

Un buen ejemplo de un inmigrante español que prosperó gracias al tráfico
de drogas fue José Antonio Fernández y Fernández. Nacido en 1900,
Fernández llegó a Cuba a los veinte años de edad. A pesar de ser
asturiano, se le conocía como “El Gallego”. Recién llegado trabajó como
cantinero y un par de años más tarde compró un restaurante cerca de los
muelles en La Habana. En este establecimiento se hizo amigo de marinos
españoles de los barcos que traían narcóticos desde Barcelona y se
convirtió en distribuidor de las drogas traídas por estos marinos.

En 1927 vendió el restaurante y viajó a Estados Unidos y a varios países
latinoamericanos, en los que estableció contactos con miembros del bajo
mundo. Fue arrestado a finales de ese año, cuando regresó a La Habana y
los agentes de aduana le descubrieron varias botellas de cocaína
escondidas entre sus ropas, pagó una fianza y salió en libertad.

Con el comienzo de la Guerra Civil Española, el tráfico de varios
españoles se volvió irregular. Fernández hizo entonces contactos con
marinos de los barcos Istria y Aras de la Compañía Italiana di
Navigaciones. Estos barcos hacían paradas en Vigo y Cádiz, puertos que
ya estaban en manos de las tropas franquistas y recogían narcóticos.

En octubre de 1936, Ernesto Álvarez Digat, un farmacéutico de La Habana,
aceptó procesar heroína del opio que le entregó Fernández. Los paquetes
de opio provistos por Fernández traían la marca alemana Merck. Álvarez
alcanzó a procesar cinco kilos de heroína antes de ser arrestado y
condenado a un a
ño de prisión en 1938. Fernández también fue arrestado,
pero se le dejó libre por supuesta falta de evidencia.

El 24 de abril de 1940, los detectives se presentaron con una orden de
registro, revisaron su vivienda y encontraron siete libras de cocaína y
ocho libras de morfina. Fernández era un distribuidor muy importante con
conexiones con varios farmaceutas locales. Cuando se le incautaron las
drogas se notó en La Habana una crisis entre los drogadictos al aumentar
considerablemente su solicitud para ser internados en el Lazareto del
Mariel, por no poder obtener las drogas en la calle.

Cuando Fernández fue arrestado en 1940 no fue llevado a la corte gracias
a que su abogado pudo aplazar el juicio. Después de al menos una decena
de aplazamientos, y de presiones contra los testigos, Fernández fue
condenado a un año de prisión en 1943. Sin embargo, apeló y salió libre
con el pago de una fianza de 5.000 dólares.

Para evitar ser deportado, se apresuró en conseguir la ciudadanía
cubana. Su abogado era hermano del último secretario privado del
ministro de Relaciones Exteriores, lo cual probablemente le ayudó en sus
trámites, a pesar de tener cargos penales pendientes. La apelación fue
llevada a la Corte Suprema en 1945, la cual ratificó la condena de un
año. Fernández pagó la condena, no en la cárcel, sino en la Quinta
Covadonga, un agradable centro hospitalario de la comunidad asturiana,
argumentando razones de salud.

Todavía en 1950, El Gallego Fernández era importador de morfina traída
desde España y mantenía conexiones con otros traficantes importantes en
Cuba, como Abelardo Martínes del Rey, alias El Teniente, y Octavio
Jordán Pereira, alias El Cubano Loco, quienes traficaban con drogas
desde Perú y Espana para abastecer los mercados cubano y norteamericano.

Para entonces, el otrora humilde inmigrante había acumulado una fortuna
considerable. Era dueño de un almacén de cristalería y loza, y de una
mueblería, y socio de una fábrica de juegos de dominó. Poseía además un
edificio de apartamentos, cuatro casas en La Habana y una casa de recreo
en la playa. En apariencia, era otro ejemplo del comerciante español,
trabajador y exitoso como tantos otros.

Corrupción a destajo

A comienzos de los años cuarenta, Claude Follmer preparó un extenso
reporte para el Buró Federal de Narcóticos. Su visión global sobre la
situación en Cuba era negativa y culpaba a las autoridades policiales de
la Isla. “Como resultado de la ineficiencia y la corrupción de los
nacionales de policía, pasados y presentes, todos los vicios conocidos
en la civilización moderna han prosperado en Cuba durante muchos años.
En este momento, lo mismo que en años recientes, los crímenes
predominantes en Cuba son el asesinato, el juego, la prostitución y un
trafico extenso de narcóticos y marihuana”.

Recordaba Follmer que con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, los
narcóticos que antes llegaban a Europa fueron reemplazados por cocaína
peruana, que llegaba en barcos chilenos, y resaltaba: “en el momento
presente (1943) la República de Cuba está literalmente inundada con
cocaína peruana, la cual en el caso de La Habana es vendida a varios
miles de cocainómanos en esa ciudad”. Concluía que las autoridades no
hacían mayor cosa y que las drogas ilegales se vendían abiertamente.

Sin embargo, los reportes anuales presentados ante la Liga de las
Naciones por parte del gobierno cubano a comienzos de esa década,
senalaban que el consumo ilegal de narcóticos “no (tenía) mayor
importancia en Cuba”, aunque en privado Eduardo Palacios Planas,
comisionado de Drogas, reconocía el nivel de narcóticos y la poca
colaboración del gobierno cubano para combatirlo.

Para el embajador norteamericano Spruille Braden, la tolerancia con el
consumo y tráfico de drogas era parte de un ambiente generalizado de
corrupción: “…los manejos ilícitos y la corrupción en todas sus formas
son ampliamente dominantes en Cuba e involucran a funcionarios de alto y
bajo nivel. Incluso aquellos en los círculos inmediatos al presidente
(y) algunos miembros del gabinete (…) tienen un interés directo en las
ganancias que se obtienen de esas prácticas (…) En el presente, varios
funcionarios cubanos prominentes mantienen estrecho contacto con
aquellos que se sabe están comprometidos con el tráfico de drogas, y hay
razón para creer que algunos de esos funcionarios obtienen ingresos del
tráfico clandestino de drogas y de actividades ilegales asociadas”.

Para el historiador Jules R. Benjamín, la corrupción en Cuba era el
resultado de la combinación “de la herencia colonial (hispánica) en la
política cubana”, “la creciente corriente de dólares” proveniente del
gobierno norteamericano a través de los programas de Lend Lease durante
la Segunda Guerra Mundial y el precio favorable del azúcar en los
mercados internacionales.

Por su parte, Louis A. Pérez afirma: “La Segunda Guerra Mundial creó
nuevas oportunidades para el desarrollo económico cubano, sin embargo,
pocas de ellas fueron hechas realidad (…) Los fondos fueron utilizados
irracionalmente. La corrupción y los malos manejos incrementaron y
contribuyeron en buena medida a las oportunidades perdidas como la mala
administración y los cálculos erróneos”.

De todas formas, anotaríamos que la corrupción aumentó en todo el
continente durante la Segunda Guerra Mundial y los primeros años de la
posguerra: los controles de precio, los racionamientos, los préstamos y
programas del Export-Import Bank y del Lend-Lease, las listas negras
contra empresarios provenientes de los países del Eje, el nepotismo, la
rotación sin controles entre el sector público y el privado, el
aprovechamiento de los planes de fomento y de la protección a sectores
de grupos económicos determinados en detrimento de otros grupos y la
sociedad en general.

Un reporte del grupo antinarcóticos de la Policía Secreta de Cuba
informó sobre el arresto de 353 individuos durante 1946. La mayoría de
las personas arrestadas eran drogadictos (quienes eran enviados al
Lazareto en el Mariel) y pequeños vendedores, “peces chicos”. Además, la
casi totalidad de los arrestos y los decomisos tenían que ver con
marihuana y opio. En el caso de la marihuana, los expendedores y
consumidores se repartían más o menos por igual entre blancos y personas
de color (negros y mulatos). Entre los adictos al opio y sus derivados,
unas tres cuartas partes eran de origen chino. En cuanto a la cocaína,
la droga de preferencia de consumidores más pudientes, sólo se decomisó
durante el año un gramo en manos de un vendedor negro.

Los reportes presentados por Cuba al Consejo Económico y Social de las
Naciones Unidas también daban cuenta de persecución en casos de
marihuana entre las clases bajas. Por ejemplo, el reporte para 1946
señalaba que durante dicho año se habían perseguido 45 casos de drogas
en Cuba, de los cuales 33 eran por marihuana y 12 por drogas “no
especificadas”.

De todas formas, el caso de la estadía del mafioso Lucky Luciano en La
Habana a finales de 1946 y comienzos de 1947 marcó un punto de conflicto
en la política de narcóticos entre Estados Unidos y Cub
a, como veremos
en la siguiente sección.

Luciano era el hombre

En 1936, Salvatore Lucania, conocido como Lucky Luciano, nacido en
Sicilia en 1897 y radicado en Estados Unidos desde 1906, fue condenado a
una sentencia de 30 a 50 años por trata de blancas. Thomas E. Dewey,
como fiscal, fue quien logró su condena. A comienzos de 1946, el mismo
Dewey, como gobernador del estado de Nueva York, conmutó la pena con la
condición de que Luciano fuese deportado inmediatamente a Italia.
Luciano recibió el beneficio por haber colaborado con las Fuerzas
Armadas de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial a través de
sus contactos con el bajo mundo.

Después de la expulsión de Luciano de Estados Unidos había todo tipo de
rumores sobre que él quería regresar a algún punto del Hemisferio
Occidental para coordinar sus negocios en Norteamérica. Se mencionaban
países como Cuba y México, e incluso se decía que había conseguido un
pasaporte argentino y se encontraba en Buenos Aires.

Los norteamericanos avisaron a diversas autoridades cubanas sobre las
posibles intenciones de Luciano para radicarse en Cuba. Sin embargo,
Luciano entró tranquilamente, realizando varias etapas en su viaje y
llegando por avión a Camagüey en octubre de 1946. Aunque los
diplomáticos norteamericanos informaron sobre su presencia en diciembre,
las autoridades cubanas únicamente tomaron cartas en el asunto cuando
Luciano fue visto en el Hipódromo de La Habana en febrero de 1947.

Las presiones norteamericanas sobre el gobierno cubano para que
expulsara a Luciano de la Isla se dieron casi de inmediato. Harry J.
Anslinger, entonces director del Buró Federal de Narcóticos, ordenó un
embargo sobre la exportación de narcóticos legales con fines médicos a
Cuba, argumentando que la organización de Luciano podría apoderarse de
estos e introducirlos en el mercado ilegal. Anslinger condicionó el fin
del embargo a que Cuba expulsase a Luciano.

Luciano se daba la gran vida en La Habana en compañía de una joven
heredera neoyorquina con quien frecuentaba el Hipódromo y el Casino
Nacional. Además, se codeaba con políticos cubanos y con celebridades de
la farándula norteamericana que visitaban Cuba, como Frank Sinatra.

Luciano había conseguido el estatus de residente en Cuba gracias a las
influencias del diputado Indalecio Pertierra, gerente del Jockey Club.
También socializaba con los senadores Francisco Prío Socarrás (hermano
del presidente Carlos Prío Socarrás) y Eduardo Suárez Rivas (quien había
sido presidente del Senado en 1944 y 1945), y con Paulina Alsina, viuda
de Grau, cuñada del presidente Ramón Grau San Martín y quien oficiaba
como Primera Dama.

Como lugar de residencia, Luciano tomó en alquiler una casa en el lujoso
distrito de Miramar. Según un agente antinarcóticos norteamericano, la
casa pertenecía al general Genovevo Pérez Damera, jefe del Estado Mayor.
Luciano se asoció a Pertierra, Suárez Rivas, Manuel Quevedo (un antiguo
coronel del ejército cubano, ex gerente de Cubana de Aviación) y Antonio
Arias, para organizar Aerovías Q.

La compañía empezó a volar entre La Habana y Key West, en la Florida, y
el general Pérez Damera se aseguró de que sus aviones aterrizasen en el
aeropuerto militar de Columbia, en las afueras de La Habana, para así
evadir los controles de inmigración y aduanas. Además, la compañía
gozaba de exenciones tributarias concedidas por el gobierno.

Después de un fallido intento de asesinato de Luciano a finales de
diciembre de 1946, Pertierra consiguió que la policía del Palacio
Presidencial le asignara dos guardaespaldas. Tantas conexiones
permitieron a Luciano traer una decena de gángsteres norteamericanos
para ayudarle a manejar sus intereses en el Casino Nacional, igualmente
mantenía frecuentes relaciones con Meyer Lansky, su amigo y socio de
vieja data.

Un par de días antes de la Navidad de 1946, Luciano presidió una reunión
del “Quién es Quién” en la mafia norteamericana, en el lujoso Hotel
Nacional de La Habana. En esta singular cumbre se discutieron temas
relacionados con las inversiones y repartición de las ganancias en los
casinos de Estados Unidos y Cuba.

Después del embargo de drogas para uso medicinal impuesto por Anslinger,
Guillermo Bell, embajador de Cuba en Washington, le manifestó al
secretario de Estado, general George Marshall, la molestia del gobierno
cubano, especialmente por las declaraciones de Anslinger a la prensa. De
todas formas, se comprometió a deportar a Luciano en cuestión de días,
así dicho proceso tomase normalmente mes y medio. El presidente Grau y
su ministro Prío Socarrás firmaron un decreto que señalaba que, dados
los antecedentes de Luciano, lo declaraban “indeseable” y ordenaban su
deportación a Italia.

Declarado “extranjero indeseable”, Luciano permaneció detenido hasta que
abandonó Cuba en marzo de 1947. Irónicamente, unas semanas antes, en el
Bakir, carguero de bandera turca que transportó a Luciano hacia el
exilio, habían encontrado seis kilos de opio cuando la embarcación llegó
a Jersey City proveniente de Estambul.

Una vez en Italia, Luciano se radicó en Nápoles, donde era una
celebridad especialmente con los turistas y los marineros
norteamericanos, hasta que falleció de un infarto cardiaco en enero de
1962. Sus restos fueron finalmente enterrados en la cripta familiar de
los Luciano en Nueva York, el país que siempre añoró y que consideraba
su verdadero hogar.

Durante años, el Buró Federal de Narcóticos trató infructuosamente de
construir un caso contra Luciano sobre tráfico de drogas desde Europa.
Frustrado, Anslinger se lamentó por no haber logrado una condena por las
supuestas actividades delictivas de Luciano, y concluyó: “Él no (dejaba)
rastro porque no (había) rastro. Pero sabemos que él (era) el hombre”.

La pasión por el juego

En su segundo gobierno, entre 1952 y 1958, Fulgencio Batista promovió el
turismo y el juego en los casinos para no tener que depender
exclusivamente del mercado del azúcar. El juego, a propósito, no fue
llevado por los mafiosos norteamericanos a Cuba. Era una tradición
española que se remontaba a la épocas de la Colonia. El juego era parte
de la vida cubana. Un artículo publicado en El Papel Periódico de la
Habana en diciembre de 1790 rezaba así:

“No nos ha colocado en el mundo la Naturaleza para que juguemos, sino
para vivir con seriedad y emplearnos en acciones graves e importantes
(…) Debiera fijarse en todos los pueblos de la Isla, y hasta en todos
los árboles de ella, para infundir terror a tanto aldeano que olvidado
de la honrosa tarea de la agricultura, emplea los días y las noches en
tan torpes ocupaciones como son las cartas y otros instrumentos de este
vicio detestable”.

En 1832 José Antonio Saco escribió sobre el juego: “No hay ciudad,
pueblo ni rincón de la Isla de Cuba hasta donde no se haya difundido
este cáncer devorador (…) Las casas de juego son la guarida de nuestros
hombres ociosos, la escuela de corrupción para la juventud, el sepulcro
de la fortuna de las familias, y el origen funesto de la mayor parte de
los d
elitos que infectan la sociedad en que vivimos”.

El escritor norteamericano Carletton Beals advirtió en 1933 que “el
cubano exclusivamente adora al dios de la fortuna. Un jugador
empedernido gastará hasta la última moneda en tickets de lotería (…) La
propensión cubana para la diversión y el juego demuestra poca
consideración por el día de mañana”.

Una comisión de académicos norteamericanos, invitados por el gobierno
cubano, señaló en un reporte a mediados de los años treinta que “el
juego es un vicio extendido” entre todas las clases sociales y la compra
de tickets de lotería desestimulaba la capacidad de ahorro de los cubanos.

Una misión del Banco Mundial que visitó Cuba en 1950 y presentó un
voluminoso informe sobre el desarrollo económico de la Isla, señalo que
el juego iba contra el espíritu empresarial y la capacidad de ahorro del
país:

“El espíritu del juego en la economía distorsiona el espíritu de
empresa. Es una de las razones de la escasez relativa de capital y de
iniciativa empresarial en el desarrollo de nuevas industrias. Para el
dueño del gran capital, lo que se puede ganar en el fluctuante e
impredecible mercado del azúcar —casi comparable con la lotería— puede
enseguida opacar todas las ganancias posibles de una empresa nueva que
necesariamente tomaría mucho tiempo, trabajo y molestia…”.

“Para el hombre pequeño —en una economía en la que las oportunidades de
crecimiento en la industria y la promoción en el empleo parecen ser
pocas— un ticket de lotería o cualquiera de los muchos juegos de apuesta
que florecen en toda Cuba, puede parecer un uso más atractivo del dinero
que el ahorro. Además de proveer emociones, parecen ofrecer una mayor
esperanza de salir adelante que el proceso prosaico de ahorro constante,
planeación y trabajo duro”.

En 1959, unos meses después de la revolución cubana, el influyente
intelectual e Historiador de la Ciudad de La Habana, Emilio Roig de
Leuchsenring, escribiría en su libro Males y vicios de la Cuba
Republicana, sus causas y remedios:

“Desde los primeros tiempos coloniales hasta los presentes republicanos,
el juego ha sido el vicio máximo característico y contumaz del cubano”.
“Herencia directa de nuestros antepasados, los primeros españoles
establecidos en la isla, el juego arraigó bien pronto entre nosotros”.
“Esta viciosa afición tan violenta y extendida que bien puede llamarse
la pasión dominante de los cubanos…”.

En los años cincuenta había muchas quejas de los turistas
norteamericanos de que los estafaban en los casinos. Batista llamó a
Meyer Lansky, quien tenía relaciones de vieja data con los casinos en
Cuba, para reformar la industria. Batista también instruyó a la policía
para evitar las estafas a los turistas en los casinos.

Curiosamente, años atrás, el mismo Eduardo Chibás, fundador del Partido
Ortodoxo y crítico implacable de la corrupción, había defendido el
fomento del turismo en Cuba “como la más importante y trascendental de
cuantas empresas pudiera acometer nuestra patria para su definitiva
liberación política —a través de su no menos definitiva redención
económica—”.

En forma similar a las quejas de los norteamericanos en Cuba, Chibás
criticó a aquellos cubanos que “a ciencia y paciencia de nuestras
autoridades se dedican a explotar y piratear a todo género de desafueros
y violencia (…) explotan al turista (…) sin frenos ni sanciones (…) Es
más perjudicial que el turista se constituya en detractor de Cuba, que
dejar que se dirija a otras playas donde lo acojan y le brinden una
hospitalidad más en consonancia con las normas de civilización”.

En 1955 se abrió un casino en el Hotel Nacional, propiedad del gobierno,
que puso a Lansky a manejarlo. El gobierno expidió una ley dando
beneficios tributarios para la construcción de nuevos hoteles, y
facilitando la instalación de casinos en los hoteles y clubes nocturnos.
Lansky tomó ventaja de esta ley y empezó a construir en 1956 el
hotel-casino Riviera, que fue inaugurado en diciembre de 1957.

Entre 1952 y 1958 se abrieron 28 nuevos hoteles en Cuba. Pero contrario
a lo que afirman escritores como Enrique Cirules, los mafiosos
norteamericanos como Lansky, que se dedicaron al negocio de la hotelería
y el juego durante los años cincuenta en Cuba, no estaban involucrados
en el narcotráfico.

Después de todo, los casinos eran legales, altamente rentables. Cirules
no muestra prueba alguna para sustentar su argumentación. De hecho, en
nuestra investigación no hemos encontrado ningún indicio serio que
conecte a personajes como Lansky o el mismo Lucky Luciano con el tráfico
de drogas en Cuba.

La conexión andina

Durante la Segunda Guerra Mundial y con la ocupación japonesa de las
plantaciones de coca de los británicos y holandeses en Asia, aumentó la
demanda de coca peruana. Al finalizar la guerra y con la reapertura de
las fuentes de aprovisionamiento asiáticas, la demanda legal por hoja de
coca peruana cayó de forma precipitada.

Sin embargo, para ese entonces, Perú ya se había convertido en la
primera fuente de cocaína ilegal en el Hemisferio Occidental. Los
reportes señalaban el fuerte aumento en los decomisos de cocaína
proveniente de Perú y transportada desde puertos peruanos y chilenos.

Traficantes de diferentes nacionalidades, además de peruanos, traficaban
desde Perú. Varios de ellos eran cubanos. La cocaína peruana era
transportada en barco, pasaba a través del Canal de Panamá y llegaba a
Cuba, tanto para el consumo de la droga en la Isla como para su
reexportación hacia Estados Unidos.

Anslinger se puso en contacto con el embajador peruano en Washington y
logró que se cerraran las fábricas de cocaína legales en Perú. El
tráfico ilegal cayó como resultado de la condena a varios traficantes
importantes, entre los que estaba el grupo del peruano Eduardo Balarezo,
ex marinero nacido en 1900 y radicado en Long Island. El grupo de
Balarezo estaba compuesto principalmente por peruanos y chilenos,
quienes llevaban la droga en vuelos comerciales o como marinos en los
barcos de la Grace Line.

Balarezo fue condenado a cinco años de cárcel en una prisión federal
norteamericana. Seis de sus socios fueron también llevados a juicio. Una
quincena de traficantes fueron arrestados en 1949. Entre 1950 y 1951 se
arrestaron decenas de procesadores de cocaína en Perú, incluyendo
aquellos que venían operando como empresarios legales durante años.

Un artículo de la revista Bohemia de septiembre de 1950 mencionaba los
lugares de consumo en Nueva York y cómo cubanos y puertorriqueños
distribuyan la cocaína en una “complicada madeja (en) que se
interconectaban Lima-La Habana-Nueva York”. La organización de Abelardo
Martínez, El Teniente, y Octavio Jordán, El Cubano Loco, importaba las
drogas a Cuba desde Perú, vía Panamá, y España, y las distribuía para el
mercado de la Isla y para Norteamérica, a través de Nueva York y Miami.
Meses después, El Teniente fue arrestado en Perú en compañía de otro
traficante, después de haber adquirido dos kilos de cocaína.

Tras la disminución del tráfico desde Perú, el contrabando de cocaína
desde Bolivia aumentó considerablemente. Irónicamente, a comienzos del
siglo XX, la cocaína consumida en Bolivia con fines medicinales era
importada desde Alemania, Bélgica y Francia. Durante la primera mitad
del siglo XX, Bolivia era un país productor de hoja de coca, mas no de
cocaína procesada, y tanto los terratenientes bolivianos —productores
legales de hoja de coca— como el gobierno enfatizaban esa diferencia y
se resistían a atender las campañas para erradicar el cultivo de la
Sociedad de las Naciones primero y de las Naciones Unidas después de la
Segunda Guerra Mundial.

Desde que se empezó a reprimir el tráfico de cocaína desde Perú, Bolivia
pasó a suplir parte de la oferta. Así, por ejemplo, enviaban cocaína
boliviana hacia Argentina. En octubre de 1951 se descubrió una banda que
tenía un laboratorio en las afueras de La Paz. Varios de sus integrantes
eran de origen sirio-libanés. A pesar de que semanas después se
descubrió otro laboratorio relacionado con la misma banda en Cochabamba,
los acusados en el primer allanamiento fueron liberados, ya que la ley
boliviana no contemplaba los procedimientos punitivos para condenar el
procesamiento de cocaína.

El Teniente envió a La Paz, en abril de 1955, a otro cubano, Manuel
Méndez Marfa, para pagar a Rames Harb la suma de 10.000 dólares por un
cargamento de drogas. Harb tenía un laboratorio en La Paz y otro en
Rurrenbaque, una población al norte de la capital, y contaba con la
protección de Freddy Henrich, un alto oficial de la policía boliviana,
quien a su vez hacía frecuentes viajes con cocaína a Arica, un puerto en
el norte de Chile. Otro cubano, un tal Jorge Juan Lemes García, por
ejemplo, fue arrestado ese año en Bolivia en posesión de cocaína lista
para ser enviada a La Habana. Lemes enviaba la cocaína a Cuba a su
asociado en La Habana Antonio Ledesma.

Aparentemente, la droga era reenviada a Estados Unidos. Mario Spechar,
otro traficante boliviano, le vendía droga a los cubanos. Según el
Ministerio de Gobierno boliviano, los envíos de cocaína de Bolivia a
Cuba llegaban a 30 kilos mensuales en 1958. Buena parte de esa cocaína
era reexportada hacia Estados Unidos.

Ecuador también tenía nexos con el tráfico orientado a Cuba y Estados
Unidos. El cubano Jesús Moms, alias Orejitas, estaba asociado con El
Teniente y viajaba entre Ecuador y Cuba llevando cocaína. Había campos
cultivados con amapola en las provincias de Riobamba e Imbabura. En
Guayaquil, Joffre Torbay, un químico de origen libanés, era uno de los
principales narcotraficantes. Torbay estaba asociado a Méndez Marfa.

Quito también se convirtió en un importante centro de procesamiento y
tráfico de drogas. Un médico, Enrique Alarcón, era el principal
traficante en Quito. Alarcón además le vendía armas a los políticos
liberales colombianos que se encontraban enfrascados en los conflictos
con el Partido Conservador durante los años cincuenta. A su vez, dos
colombianos, Carlos Rodríguez Téllez y Guillermo Cadena, el primero de
ellos bogotano y ex militar, compraban grandes cantidades de pasta de
opio en Ecuador para procesarla en Colombia.

Rodríguez Téllez y Cadena trabajaban para Guillermo Mesías, jefe de
depósitos de la subsidiaria de los Laboratorios JGB en Pasto, una
capital de provincia al sur de Colombia. Mesías tenía un asociado en
Ipiales (población fronteriza entre Colombia y Ecuador), Alejandro
Montenegro, un médico que también tenía una droguería. Guillermo Lozano,
otro colombiano, quien sostenía ser abogado y exiliado político, era
otro contrabandista de drogas entre Ecuador y Colombia. Otro ex capitán
del ejército colombiano, un tal Quinteros (sic), era otro traficante
entre los dos países, mientras que Luis Cortez, un ecuatoriano radicado
en Quito, traficaba con Colombia y Perú.

En 1953 el agente del Buró Federal de Narcóticos, George White, se hizo
pasar por un comprador de drogas y ayudó a la policía ecuatoriana a
capturar seis hombres y una mujer y a decomisar drogas evaluadas en
medio millón de dólares en Quito.

Contacto en Francia

Durante buena parte del siglo XX, Marsella fue un centro de
procesamiento y contrabando de derivados del opio. Además, era un puerto
cosmopolita, visitado por buques y marinos de todo el mundo, y un centro
de contrabando de todo tipo de artículos. Sus organizaciones criminales
estaban dominadas por personas de origen corso.

A su vez, buena parte de los opiáceos llegaban a Marsella provenientes
de Beirut, otra ciudad cosmopolita y rica como La Habana. Los
traficantes libaneses le vendían la base de morfina a los corsos de
París y Marsella. La base era procesada del opio por parte de
traficantes en Aleppo, Siria. A su vez, traficantes cubanos, algunos de
origen cubano-libanés, también traficaban con opio y base de morfina
provenientes de Turquía y Siria y que enviaban desde Beirut.

Los corsos Paul Mondolini, Jean Batiste Croce y Josef A. Bistoni, y el
francocanadiense Lucien Rivard, habían usado Nueva York, Montreal y
Ciudad de México para el tráfico de heroína. Sin embargo, dada la
presión de las autoridades de esas ciudades, empezaron a utilizar Cuba
desde 1955.

En la Isla tenían como centro de operaciones La Habana y Camagüey.
Gracias a la presión de la Interpol, Croce y Bistoni fueron arrestados
en la capital cubana en octubre de 1956 y deportados a Francia.
Mondolini también estaba perseguido por la policía francesa por robo de
joyas. A pesar de que sobornó a varias autoridades en Cuba y logró que
un miembro del gabinete intercediera por él, Fulgencio Batista lo hizo
deportar a Francia. Meses después, al dejar la prisión en Francia en
julio de 1957, continuó realizando viajes a Cuba.

En vísperas de la revolución

Quiero presentar unos datos sobre condenados por narcotráfico y consumo
de drogas en la Isla en vísperas de la revolución Cubana. En Cuba las
penas por narcotráfico, aunque no tan severas como en Estados Unidos,
eran más fuertes que en la mayoría de los países. En Gran Bretaña y
Australia, por ejemplo, las penas eran de semanas, máximo unos cuantos
meses, y en muchos casos se limitaban a una simple multa. El problema de
la impunidad en Cuba estaba en las cortes, no en las leyes.

A finales de los años cincuenta, tal y como había ocurrido en el pasado,
las cortes cubanas condenaban los delitos por tráfico y consumo de
drogas siguiendo criterios de clase social. Las personas juzgadas y
encarceladas, a quienes no se les fijaba fianza, eran de origen humilde
y generalmente condenados por tenencia o tráfico de marihuana.

No encontramos casos de personas pudientes y condenadas por delitos
relacionados con cocaína, por ejemplo. La lectura de unos treinta
expedientes de los años cincuenta en el Archivo Nacional de Cuba muestra
los siguientes resultados:

Todos eran varones y eran enviados al Reclusorio Nacional para Hombres
en la Isla de Pinos. Generalmente eran solteros y jóvenes, cinco de cada
seis tenían entre 25 y 36 años de edad.

Un 60 por ciento eran vecinos del área metropoli
tana de La Habana; cinco
eran de Oriente, tres de Camagüey; dos de Matanzas y uno de Las Villas.
Eran pobres, artesanos o jornaleros, con ocupaciones ocasionales.

Casi la mitad eran clasificados como “mestizos” (mulatos básicamente),
aunque un 25 por ciento eran blancos (incluido un español), los demás
negros y un chino (los chinos habían sido el grupo étnico más perseguido
por drogas en el pasado).

El reducido número de extranjeros en esta muestra tiene que ver con que
las grandes migraciones hacia Cuba habían terminado con la Gran
Depresión de los años treinta.

Siendo de origen cubano la gran mayoría de los condenados, tenían
instrucción al menos básica (en esto tenía que ver los altos niveles de
alfabetización en Cuba, incluso antes de la revolución), únicamente
algunos convictos campesinos se declaraban como analfabetos.

Algunos eran reincidentes y sólo en casos aislados el acusado había sido
convicto por otros delitos, como violación y/o lesiones personales. Sus
crímenes tenían que ver básicamente con estupefacientes y el único que
se especificaba abiertamente era la marihuana.

Panorama en 1959-1960

Con la revolución desaparecieron el turismo masivo, los casinos y el
narcotráfico en Cuba. El turismo y los casinos desaparecieron no por
decreto, sino porque a medida que se agudizaron las confrontaciones
entre Castro y el gobierno de Estados Unidos, los turistas
norteamericanos empezaron a dirigirse a otros destinos (a pesar de que
Castro hizo esfuerzos para no perderlos) y los hoteles sencillamente
quebraron.

En cuanto al narcotráfico, éste también desapareció, no sólo porque el
nuevo gobierno se encargó de perseguirlo (en un comienzo trabajando de
forma mancomunada con el Buró Federal de Narcóticos de Estados Unidos),
sino también porque los empresarios privados, tanto grandes como
pequeños, legales e ilegales, desaparecieron rápidamente.

Ernesto Betancourt, representante de Castro en Estados Unidos, había
declarado en abril de 1958 que una vez en el poder sacarían a los
mafiosos de la Isla. Tan pronto triunfó la revolución, Castro prometió
la protección de los negocios legítimos norteamericanos en Cuba, pero no
los negocios de “esos gángsteres” dueños de casinos.

Sin embargo, los primeros en protestar por el posible cierre de los
casinos fueron los trabajadores de los hoteles y cabarés, ya que los
ingresos provenientes de los lugares de juego pagaban sus salarios.
Charles Baron, vicepresidente ejecutivo del Hotel Riviera, advirtió que
si se cerraban los casinos no era rentable operar los hoteles de lujo.

El 10 de enero de 1959 Castro envió un mensaje a los turistas y empresas
norteamericanas. Este mensaje, reproducido en la primera pagina de The
Havana Post, decía:

“Quiero invitar a los turistas y a los hombres de negocios
norteamericanos a regresar a Cuba con la seguridad de que ellos serán
bienvenidos por todas las ciudades de nuestro país. Hemos regresado a la
normalidad en Cuba, en una Cuba en la que hay libertad, paz y orden, una
tierra hermosa de gente feliz. Nuestros hoteles, comercios y oficinas
están abiertos y queremos que nuestros amigos de los Estados Unidos
vengan y vean esta hermosa tierra de Cuba que puede ser contada como uno
de los países donde la libertad y la democracia son una realidad”.

El primer ministro José Miró Cardona declaró por televisión el 16 de
enero: “El criterio del gobierno es absolutamente contrario al
restablecimiento del juego en ninguna de sus formas y ese pensamiento no
será modificado”. Pero el mismo Castro desautorizó a Miró Cardona al día
siguiente.

La Comisión de Turismo de Cuba fue reorganizada y se empeñó en una
campaña para estimular el turismo en la Isla. El 6 de febrero Castro
anunció que aunque se oponía a los casinos, estos continuarían abiertos
para mantener los empleos. Castro permitió el juego en cuatro hoteles y
en dos clubes nocturnos. Irónicamente, el gobierno tuvo que seguir
trabajando con los mafiosos norteamericanos en la administración de los
casinos y hoteles.

En abril de 1959, Castro declaró en una conferencia de prensa en Nueva
York que su gobierno quería hacer del turismo la principal industria de
Cuba. Su idea era traer entre dos y tres millones de turistas anuales.
En julio de 1959 Castro anunció que durante los cuatro años siguentes el
gobierno gastaría 200 millones de dólares para estimular el turismo. El
gobierno realizó esfuerzos para seguir atrayendo turistas
norteamericanos, incluso insistiéndole a la Sociedad Norteamericana de
Agentes de Viajes, ASTA, para que no cancelase su reunión anual, que
tuvo lugar en La Habana en octubre de 1959.

La convención fue inaugurada por el mismo Castro en el gigantesco teatro
Blanquita. Esa noche Castro asistió a una cena en el Capitolio ofrecida
por el presidente Osvaldo Dorticós a unos 2.000 delegados de ASTA.
Castro fue muy amable con los delegados y firmó autógrafos durante hora
y media. Raúl Castro también asistió y compartió la mesa con el
embajador norteamericano Philip Bonsal. El Departamento de Relaciones
Públicas del Ministerio de Estado elaboró un folleto dirigido a los
visitantes.

Sin embargo, los eventos de esos días (los disparos de las baterías
antiaéreas contra el ex comandante de la Fuerza Aérea revolucionaria que
se había asilado en Estados Unidos y quien lanzó volantes contra el
gobierno desde un avión, la renuncia y captura del comandante
revolucionario Huber Matos en Camagüey, ordenada por Castro, quien se
dirigió a Camagüey para acusarlo de supuesta traición) contrarrestaron
los encantos de Castro ante los delegados de ASTA. Según Bonsal, “cuando
los agentes de viaje partían, escasamente estaban con un ánimo optimista
en cuanto a reservaciones futuras. Se fueron convencidos de que promover
el turismo norteamericano a Cuba sería una pérdida de tiempo”.

Para 1960, el turismo norteamericano había prácticamente desaparecido de
la Isla. De ahí que el gobierno cubano buscase formas de estimular el
turismo latinoamericano y auspició el tercer Congreso de Organizaciones
Turísticas de la América Latina (COTAL), en La Habana en abril de 1960.
Seiscientos representantes de 18 naciones recibieron la bienvenida del
presidente Dorticós en el mismo teatro que había acogido a los delegados
de ASTA seis meses antes. Además de las actividades en La Habana, los
visitantes realizaron excursiones al interior de Cuba para conocer los
centros de atracción turística levantados por la revolución.

Cuando Anslinger reclamó la deportación de los mafiosos que
administraban los casinos en Cuba y señaló que estos eran responsables
por el tráfico de drogas de Cuba hacia Estados Unidos, Castro le pidió
una lista y le afirmó que estaba dispuesto no sólo a deportarlos sino
también a fusilarlos.

En junio de 1959, el mafioso norteamericano Santo Trafficante, dueño de
los hoteles Capri y Comodoro y del casino Sans Souci, fue arrestado.
Curiosamente, y debido a su apellido, algunos sostenían que tenía que
ser narcotraficante, pero después de dos meses fue deportado y enviado a
Estados Unidos.

El Hotel Capri no fue confiscado por el gobierno de forma arbitraria,
incluso en abril de 1959 recibió una línea de crédito —ampliada en
octubre de ese mismo ano— por parte de la banca de fomento estatal. La
compañía no pudo pagar dada la caída del turismo y el hotel, sus locales
comerciales y el casino pasaron a manos del Estado.

Durante 1959, el Hotel Riviera también tuvo pérdidas considerables. Sólo
en noviembre de 1959 las pérdidas totalizaron casi 800.000 dólares.
Finalmente, el hotel fue nacionalizado en octubre de 1960, cuando el
gobierno cubano expropió un sinnúmero de empresas norteamericanas.

En cuanto a los narcotraficantes de antes de la revolución, algunos
cubanos reiniciaron sus negocios en países latinoamericanos, incluido
México, donde ya tenían sus redes. Los corsos escogieron Sudamérica,
principalmente Argentina. Y redes de cubanos, no necesariamente los
mismos que traficaban en los años cincuenta, desarrollaron nuevas redes
en Miami durante la primera mitad de los sesenta y se asociaron o
compitieron con colombianos desde finales de esa década. Pero esas son
otras historias, y parte de otro estudio.

* Conferencia impartida por el Dr. Eduardo Sáenz Rovner, profesor
titular de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional
de Colombia, el 17 de marzo de 2004, en el Instituto de Investigaciones
Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México.

URL:
http://www.cubaencuentro.com/es/encuentro_en_la_red/cuba/historias_de_fondo/el_papel_de_cuba_en_el_narcotrafico/(gnews)/1151294400

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