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La Isla de la senectud

Sociedad
La Isla de la senectud

Si el éxodo masivo ha sido una forma de ‘votar con los pies’, la crisis
de la natalidad equivale a una ‘huelga de vientres vacíos’.

Julián B. Sorel, París

Hace unos días, la prensa oficialista empezó a analizar por primera vez
el envejecimiento de la población de la Isla.

Durante largo tiempo el asunto había sido un tabú de máximo orden, en un
país cuyo gobierno ha tratado siempre de proyectar una imagen nacional
de dinamismo, entusiasmo y pueril unanimidad. Pero en mayo pasado, el
periódico Juventud Rebelde le dedicó al tema un artículo publicado en
dos partes, bajo un título que parece sacado de un culebrón venezolano
de los años ochenta: “Vientre sin semilla”.

En síntesis, el escrito de 17 folios viene a decir que las cubanas en
edad fértil no paren lo bastante para que se mantenga el nivel de
población actual (han pasado de 4 hijos por mujer en 1965 a 1,5 en la
actualidad) y, en consecuencia, hay cada vez menos niños y más viejos.

En el periodo 1990-2000, cada nuevo día la Isla amaneció con 85 ancianos
más y 227 jóvenes menos. De continuar esta tendencia, a la vuelta de una
década Cuba tendría más jubilados que personas en edad laboral y hacia
el año 2035 contaría con más de un millón de octogenarios.

El trabajo, firmado por cinco periodistas, tiene el mérito de enunciar
el problema, aunque luego lo enreda en una espesa casuística de
anécdotas, “testimonios” y comentarios que impiden al lector ir al
meollo del asunto. Ni las causas reales ni las consecuencias mediatas
figuran con claridad en el texto, que da vueltas y más vueltas en torno
al asunto, con evidente preocupación de no caer en la incorrección
ideológica.

Y es que la crisis demográfica cubana tiene una carga política demasiado
peligrosa para cualquiera que se gane los chícharos escribiendo en las
‘papelas’ gubernamentales.

La versión oficial

A lo largo de casi medio siglo, la versión oficial de esta tendencia
demográfica fue a la vez primaria y triunfalista: el descenso de la
natalidad era prueba irrefutable de la modernización de la sociedad
cubana y del desarrollo que el castrismo había aportado al país.

Si crecía la proporción de viejos y la pirámide demográfica se
ensanchaba por arriba hasta adquirir el perfil de un trompo, era por dos
razones: a) la expectativa de vida había aumentado gracias a los avances
de la medicina socialista y b) nacían menos niños porque las mujeres,
dueñas de su sexualidad y liberadas de la esclavitud doméstica, tenían
actividades más interesantes a las que consagrar su tiempo y esfuerzo.
Más o menos —afirmaban— lo mismo que había ocurrido en Francia o en
Suecia, durante ese período.

Nadie pone en duda que los avances de la ciencia han contribuido a
alargar la duración media de la vida humana —tanto en India como en
Malawi o Guatemala—, ni que la función social de las mujeres ha cambiado
—sobre todo en Occidente— y que esa mutación ha repercutido en las tasas
de fecundidad.

Es casi una perogrullada afirmar que esas transformaciones habrían
ocurrido también en Cuba, con castrismo o sin él. Otra cosa es querer
apuntar esos logros científicos y esas tendencias colectivas en el haber
del socialismo; son más bien las sociedades capitalistas de Europa y
América del Norte las que han incubado el 99 por ciento de esos cambios.

El mundo soviético —cuando existía— y los restos del imperio que han
sobrevivido —Cuba, Corea del Norte— se han limitado a copiar y tratar de
aclimatar al contexto totalitario los frutos obtenidos por los países
democráticos, desde la vacuna contra la polio hasta 1a píldora
anticonceptiva y los ordenadores.

Pero el problema del rápido envejecimiento de la población, tal como se
manifiesta actualmente en la Isla, tiene otros aspectos que no concurren
en los países desarrollados y que es necesario airear aquí.

La otra versión

En el capítulo de las causas, cabe destacar la función que desempeñan la
represión, el fracaso económico del régimen y las desesperantes
condiciones en las que malvive la mayoría de los cubanos. La crisis
insoluble de la vivienda, la escasez de agua y electricidad, las
dificultades del transporte, la mala alimentación, la falta de ropa y
zapatos, y, sobre todo, la convicción de que nada de eso va a mejorar en
el futuro, constituyen otros tantos elementos disuasivos de la natalidad
en la Isla.

El resultado es que las tasas de aborto y emigración de Cuba figuran
entre las más altas del planeta —al igual que los índices de suicidios—.
En esas condiciones, muchísimas mujeres jóvenes se niegan a tener hijos;
otras aplazan la decisión en espera de marchar al exilio y tenerlos allí.

Si en estos años el éxodo de más de un millón de cubanos ha sido una
forma de “votar con los pies” en contra de la dictadura, la crisis de la
natalidad viene a ser el equivalente de una “huelga de vientres vacíos”
contra un sistema donde el propio cuerpo es casi lo único que escapa —a
ratos— al control del gobierno.

Respecto a las consecuencias, el asunto no puede ser más ominoso. El
aumento exponencial del número de ancianos, unido a la disminución de la
población activa, es un factor adicional de empobrecimiento para una
sociedad que ya padece índices muy bajos de productividad y de creación
de riqueza.

Por más que la propaganda oficial destaque las medidas de protección a
la tercera edad dictadas por el gobierno, esos arbitrios no pasan de ser
paliativos mínimos, en un país donde la jubilación promedio es de cinco
o seis dólares mensuales y las condiciones de vida en que transcurre la
vejez son aun peores —si cabe— que las de la juventud.

Porque a las restricciones económicas impuestas por el régimen, que ha
impedido toda capitalización privada a quienes no son miembros de la
nomenklatura, se añaden la quiebra de los valores familiares, la feroz
insolidaridad que genera la actitud de “sálvese quien pueda”
predominante hoy en la Isla y la imposibilidad práctica, para la mayoría
de los viejos, de emprender a estas alturas el camino del exilio.

El aspecto más visible de esta situación son los miles de ancianos que
mendigan o pasan el día tratando de vender cigarrillos o alguna otra
fruslería en calles y parques de La Habana y otras ciudades. Un giro
siniestro de los últimos años ha sido el reclutamiento de algunos de
ellos para perpetrar actos de repudio contra los disidentes. Esta
especie de ‘Brigadas Seniles de Respuesta Rápida’ ha demostrado
particular ahínco en el cumplimiento de su innoble misión.

Un gigantesco asilo geriátrico

La grave situación demográfica —que es tan sólo un aspecto de la crisis
general del país— subraya lo que ya parecía obvio: si el castrismo
perdura algunos años más, Cuba se convertirá inexorablemente en eso que
en los medios diplomáticos se denomina un basket case, o sea, una nación
que sobrevive básicamente de las dádivas y
la ayuda internacional.

Si los cubanos no consiguen sacudirse pronto el vetusto aparato estatal
que el castrismo les ha impuesto y no logran transformar rápidamente la
estructura económica y poblacional del país, la Isla llegará a ser un
gigantesco asilo geriátrico cuyos internos serán cada vez más pobres y
dependientes de la caridad ajena —ya sea el petróleo de Hugo Chávez, las
remesas de los parientes de Miami o los envíos de las ONG humanitarias—.

En esa configuración, la espiral de emigración, envejecimiento y pobreza
seguirá cerrándose y el país perderá definitivamente toda posibilidad de
volver a ser algún día una nación libre y próspera.

Para entonces, el periódico Juventud Rebelde —si todavía existe— tal vez
decida ponerse un nombre más acorde con la realidad nacional y pase a
llamarse Vejez Obediente.

URL:
http://www.cubaencuentro.com/es/encuentro_en_la_red/cuba/articulos/la_isla_de_la_senectud

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