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Haz lo que digo, no lo que hago

Leyendo la prensa
Haz lo que digo, no lo que hago

En peligro los artesanos: ¿Quién tiene el monopolio de las mulatas, el
Che y los carros viejos?
Eva González, Ciudad de La Habana
jueves 9 de febrero de 2006

Un extenso artículo del periódico Juventud Rebelde (órgano de la
Juventud Comunista) publicado el pasado 29 de enero, hace una crítica
demoledora de los productos que se venden en las populares ferias de
artesanías de la ciudad de La Habana.

El texto arremete contra lo que denomina seudo-arte, que ofrece falsos
códigos de la identidad nacional, al reducir “lo cubano” a elementos
como el tabaco, el ron y la mulata. Igualmente, por exhibir para su
venta reproducciones —tanto pintadas sobre lienzo como elaboradas en
barro o en papier mâché— de los automóviles de los años cincuenta, cuyos
originales, cual reliquias prehistóricas, ruedan aún por las calles de
la capital.

Los autores del artículo lamentan también que la imaginación desbordada
de los artesanos, en su afán por vender sus productos a los turistas
ansiosos de suvenires, no paran mientes en utilizar entre sus temas
“figuras emblemáticas de la Revolución” (fundamentalmente la imagen del
Che Guevara) o personas relacionadas con las luchas ideológicas libradas
por el régimen, como es el caso del niño-dios Elián González.

La crítica sería válida, al menos en algunas de sus propuestas, si no
fuera porque elude cuidadosamente mencionar que todas las galerías y
tiendas de suvenires del Estado, que venden sus productos en los muy
valiosos “pesos convertibles”, están literalmente atestadas de
camisetas, llaveros y hasta fosforeras con una gran variedad de imágenes
del Che, listas para ofrecer a extranjeros que buscan comprar a precios
“módicos” un fragmento de nuestra “identidad”.

La boina negra con la estrella al frente, símbolo inequívoco del
legendario guerrillero, es uno de los más populares y solicitados
productos del mercado turístico socialista.

Por sólo citar dos casos, en las tiendas del Museo Nacional de Bellas
Artes y en la famosa librería La Moderna Poesía, de la calle Obispo, se
pueden adquirir afiches, postales, almanaques y otras chucherías por el
estilo, en que aparecen el sempiterno Guevara envuelto en las volutas de
humo de un puro habano, el sonriente Camilo Cienfuegos o el invicto
Castro con su perpetuo traje verde olivo.

Aunque estos ejemplos son suficientes, puede nombrarse también el
festival kitsch que exhiben los mostradores de la Terminal 3 del
Aeropuerto Internacional José Martí: allí sí es lícito y artístico
vender figuras de barro de colores chillones con representaciones
recurrentes, tales como la negra nalguda con pañuelo a la cabeza o la
mulata de prominentes curvas, el negro bembón fumando tabaco y las
infaltables reproducciones sobre platos, jarras o ceniceros que muestran
la Catedral de La Habana, el faro de El Morro o La Giraldilla. Toda una
triste parodia de la identidad nacional. Por supuesto, no faltan el ron
y el tabaco.

La imagen de Cuba

Los “periodistas” que escribieron el referido artículo dicen haber hecho
un recorrido por las ferias artesanales de la capital. Pero, con toda
seguridad, no han paseado la ciudad como parte (o siguiendo) de uno de
esos grupos de turistas que andan en busca de algún guía en las empresas
turísticas oficiales.

De haber sido así, habrían comprobado cómo es común que muchos de estos
guías —entrenados en escuelas de turismo y que han pasado numerosos
cursos de “actualización” y de “cultura cubana”— afirmen a sus clientes
que Cuba es el país del ron, el tabaco y la mulata y, de paso, los lleve
a las tiendas de ron y a los estancos de tabaco, para estimularlos a una
compra de la cual obtienen una jugosa comisión.

Dicho guía también recibe comisión cuando vende excursiones a los
turistas, entre ellas una noche en Tropicana, el cabaret más famoso de
la Isla, cuya carta de presentación en afiches y revistas del Estado son
las muy promocionadas “mulatas de fuego”, que en el cuerpo de baile de
ese centro nocturno exhiben generosamente sus carnes, casi desnudas, al
compás de la contagiosa rumba.

El espectáculo es toda una invitación a disfrutar de la muy extendida
propaganda de la sensualidad y el erotismo del trópico refrendados en la
mulata como producto nacional. Tal arquetipo no fue creado precisamente
por los artesanos. ¿Esa es la imagen de Cuba que consideran apropiada
estos reporteros? Los emplazo a que se presenten en el lugar y
comprueban honestamente cuántos cubanos hay en el público… y dónde
trabajan los cubanos que pueden ir allí.

Antonio Fernández, director de la galería Villa Manuela, de la Unión
Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), citado en el mismo
artículo, deplora también la profusa elaboración de reproducciones de
automóviles en las ferias y anota que los carros antiguos que ruedan por
la ciudad deben disfrutarse en su versión real, que es, en su opinión,
“una prueba de la ingeniosidad criolla, algo que lleva a preguntarse
cómo es que todavía andan y corren”.

Las palabras de Fernández resultan tan ingenuas, que no se sabe si darle
un aplauso o una nalgada. Los automóviles antiguos de Cuba —sean de los
años cincuenta o incluso de años anteriores— ruedan y corren todavía
“porque son propiedad privada”.

Si se tratara de propiedad estatal, hace mucho tiempo habrían pasado a
ser chatarra oxidada y muerta, como ha quedado demostrado después de un
sinnúmero de generaciones de parque automotriz del Estado, fenecido sin
remedio. Mientras los carros de antes de 1959 se mantienen, aun con
diversos grados de conservación o de cuidados, circulando por las calles
y prestando un servicio de transporte que las autoridades no han sido
capaces de satisfacer, aunque hoy amenacen con acabar con éste.

El patriarca y sus comparsas

Si aplicamos el ya entrenado oficio de los cubanos de la Isla de leer
entre líneas lo que se publica en los medios oficiales, los artesanos
deberían poner las barbas en remojo. Aquí nada de lo que se dice desde
un periódico es casualidad, y esta verborrea del artículo dominical
pudiera ser la avanzada que pretende ir sembrando la opinión en la
sociedad y en el cubano común, de que los artesanos son un foco de
capitalistas empeñados en dar una imagen de Cuba aferrada a su pasado,
una especie de gremio de corruptos con el que es necesario acabar.

No es la primera vez que en este país se sataniza algo para después
destruirlo. Al margen de la calidad, dudosa o no, de algunos productos
de las ferias artesanales —de una variedad que las tiendas estatales no
son capaces de ofrecer— y de sus precios (siempre inferiores a los de
aquellas), lo que se oculta tras esta campaña es la intención de
terminar con todo vestigio de iniciativa económica privada.

Todo apunta a un retorno al centralismo extremo, donde se anula la
voluntad económica del individuo en aras de un colectivismo digno de una
comuna china, algo que ya apuntaba la cúpula dirigente en los discursos
de finales del año 2005. Hoy están en peligro los artesanos, mañana
serán las paladares o los choferes
de alquiler: nadie estará a salvo
mientras todos sigamos a merced de los caprichos del patriarca y sus
comparsas.

URL:
http://www.cubaencuentro.com/es/encuentro_en_la_red/cuba/articulos/haz_lo_que_digo_no_lo_que_hago

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